Año VIII - Nº 1.991 / 31I12

PUNTOS DE PÁGINA

SOBRE LOS HORRORES DEL FRANQUISMO
Luis Arias

Ni entro ni salgo en que el juez Garzón tuviera o no la potestad para llevar a cabo un proceso contra el franquismo. Pero no resulta nada fácil explicarse que el país que retuvo a Pinochet y que también se ocupó de asuntos relacionados con los crímenes de la última dictadura argentina no sea capaz de enfrentarse a sus fantasmas de su pasado más reciente, es decir, al franquismo. Y me inquieta que la derecha española se sienta atacada cada vez que se arremete contra la represión de aquel periodo. Desde el Paleolítico siempre se honró a los muertos, y se diría que todo intento de dignificar la memoria de víctimas del franquismo es tomado desde ciertos ámbitos como una especie de venganza. No hay ningún motivo para obviar aquello que hemos sufrido como país, para obviar lo mucho que hemos perdido. No somos menores de edad para que se nos oculte aquello que la historia certifica, con o sin procesos judiciales.

@La Nueva España, 31I12

TODO COMENZÓ EN GRECIA, ¿ACABARÁ TODO EN GRECIA?
Leonardo Boff

Estamos asistiendo a la agonía de un paradigma milenario que aparentemente está terminando su trayectoria histórica. Puede demorarlo todavía decenas de años, como un moribundo que resiste, pero el fin es previsible. Con sus recursos internos no tiene condiciones de reproducirse. Tenemos que encontrar otro tipo de relación con la naturaleza, otra forma de producir y de consumir, desarrollando un sentido general de dependencia ante la comunidad de vida y de responsabilidad colectiva por nuestro futuro común. De no iniciar esta conversión, dictaremos para nosotros mismos la sentencia de desaparición. O nos transformamos o desapareceremos. Hago mías las palabras de Celso Furtado, economista-pensador: «La gente de mi generación ha demostrado que está al alcance del ingenio humano conducir a la humanidad al suicidio. Espero que la nueva generación compruebe que también está al alcance del ser humano abrir camino de acceso a un mundo en el que prevalezcan la compasión, la felicidad, la belleza y la solidaridad». Siempre y cuando cambiemos de paradigma.

+@Revista Amauta, 30I12

ALEMANIA IMPONE "REPARACIONES DE GUERRA" A EUROPA
Juan Torres

La derecha política alemana y sus grupos de poder económico se empecinan en hacer creer, y en creerse ellos mismos, que la causa de ese peligro es el mal comportamiento de sus socios a cuyos gobiernos tilda de manirrotos (a pesar de que, como en España, hayan incurrido en menos incumplimientos fiscales que la propia Alemania) y a cuyos ciudadanos acusa de haber vivido por encima de sus posibilidades. Y esa creencia le lleva a imponer las nuevas reparaciones en forma de programas de austeridad (mal llamados de austeridad, como ya he escrito en varias ocasiones porque sólo se centran en recortar los gastos vinculados al bienestar social para abrir la puerta a la provisión privada) que, como ocurrió hace poco menos de un siglo, provocaron un efecto perverso del que quizá todavía estamos pagando sus consecuencias. No podrá ser de otro modo porque imponer el empobrecimiento y la recesión a los demás pueblos no podrá evitar, como dijo Keynes entonces, que antes o después se produzca la venganza. En el mejor de los casos, en forma de desintegración europea que igualmente pagará la propia Alemania. Y en el peor, más vale ni siquiera pensarlo.

+@Sistema Digital, 30I12

LA ABSOLUCIÓN DE CAMPS
Clara Isabel Laína

Excelente pregunta la que se hace la señora Cospedal. ¿Quién repone la honorabilidad de los señores Camps y Costa? Eso mismo me pregunto yo respecto a mi abuelo, un civil que fue juzgado por un tribunal militar en consejo de guerra y condenado simplemente por defender sus ideas sin una sola mancha de sangre en sus manos. Su delito fue presidir una ejecutiva del PSOE en el exilio interior. Por supuesto, fue condenado, y con suerte, solo a prisión.
Cuando, después de tantos años, un juez intenta dar la posibilidad a las familias de buscar ese preciado derecho que ella reclama, no vengar, restituir esa honorabilidad que les arrebataron aunque ya no puedan verlo, ese resarcimiento, el reconocimiento de la injusticia que con ellos se cometió, la justicia admite a trámite una querella contra el único juez que se atreve a pedir únicamente la posibilidad de ejercer ese derecho que ella reclama, dentro, según parece, de toda legalidad. Por no mencionar el origen del colectivo que pone esa querella. Cada vez más, como ciudadana, tengo miedo a necesitar la ayuda de la Justicia en algún momento de mi vida, cada vez la percibo como más ciega, sorda y muda.

@El País, 27I12

"PÚBLICO" COMO SÍNTOMA
Vicenç Navarro

¿Cómo puede ser que de más de diez millones de españoles que votan a partidos de izquierda, o de casi tres millones de sindicalistas, y de más de dos millones de asociaciones sociales progresistas, sólo 87.000 se suscriban a Público? ¿Cómo es que la mayoría de personas que votan y/o se consideran de izquierdas leen primordialmente prensa que no es de izquierdas? Hay una falta de movilización de las izquierdas (y de sus instrumentos) en promover la suscripción a Público, permitiendo un dominio casi absoluto de las derechas y de lo que se llama centro (que es derecha moderada) en los medios de mayor difusión de España.
Si cada lector que encuentra Público de interés y simpatiza con sus contenidos se suscribiera, tendríamos Público para años. Que esto no ocurra es un síntoma de un problema mayor que la posible pérdida de tal rotativo (que es en sí una enorme pérdida). Es un indicador más de esta falta de movilización de las izquierdas para crear foros de expresión de todas las izquierdas, como es, y esperemos que continúe siéndolo, Público por muchos años.

+@Público, 26I12

JUSTICIA LIBRE
Francisco Vicente Agulló Sánchez

Imagínense por un momento que al juez Garzón lo declaran culpable de extralimitarse en sus funciones. Imagínense que entonces los delincuentes que nos roban el dinero público son absueltos. Imagínense que cualquier delincuente político pueda pleitear ante su juez instructor y recibir la absolución de la Justicia, con la clara demostración de que es culpable. No me queda otra que preguntar, ¿quién pone a tanto incompetente con tantas responsabilidades? ¿Quién tiene el poder para que esos delincuentes se salgan con la suya? ¿Quién tiene la desigualdad como norma y la inmunidad como hábito?
Mientras la Justicia no sea verdaderamente libre, España no funcionará. Imagínense que en España hubiera una Justicia libre, con unos gestores eficientes, y todo ello redundando en la comunidad.

@Público, 25I12

IMPUNIDAD VERSUS DEMOCRACIA
Emilio Silva

La democracia española nació estrecha, frágil y tutelada, dejando en sus amplias cunetas derechos, colectivos sin representación y problemas del pasado pendientes. La impunidad se ha convertido en estos años en una cultura que deteriora la vida pública. Quienes deberían responder por graves actuaciones políticas, han construido un sistema en el que en numerosas ocasiones se van de rositas; una realidad que produce indignación. Uno de los hombres que iba a testificar en el juicio, Jesús Pueyo, falleció el pasado 4 de enero a los 89 años. Ansiaba que su frágil salud le permitiera dar por fin testimonio ante la Justicia de la desaparición de su padre y de otros seis familiares directos en la localidad aragonesa de Uncastillo. Pueyo llevaba tres décadas pidiendo a las instituciones una ayuda que nunca recibió. Su labor, el fin del silencio para miles de víctimas y la dedicación de cientos de activistas que se empeñan en la recuperación de la memoria histórica, ha desatado lo que durante muchos años estuvo bien atado.

+@Público, 24I12

OCHO ARGUMENTOS SOBRE MEGAUPLOAD
Ignacio Escolar

Pensar que el cierre de Megaupload acabará con la piratería digital es tan ingenuo o tan falaz como lo que hizo George W. Bush al declarar el fin de la Guerra de Irak encima de un portaaviones a los dos meses de comenzar la invasión. Ya cerró Napster y dio igual.

+@Escolar. net, 23I12

DOS TEXTOS DEL PROXIMO LIBRO DE EDUARDO GALEANO "LOS HIJOS DE LOS DÍAS"

En la madrugada del 9 de marzo del año 1916, Pancho Villa atravesó la frontera e incendió la ciudad de Columbus, mató a algunos soldados, se llevó unos cuantos caballos y municiones. Y al día siguiente regresó a México para contar su hazaña. Esta fugaz incursión de los jinetes de Pancho Villa fue la única invasión que los Estados Unidos sufrieron en toda su historia. En cambio, este país ha invadido y sigue invadiendo casi todo el mundo. Desde 1947, su ministerio de guerra se llama Ministerio de Defensa y su presupuesto de guerra se llama Presupuesto de Defensa. El nombre es un enigma más indescifrable que el misterio de la Santisima Trinidad.

+@Crónica Popular, 20I12

SIN FACEBOOK

Atilio A. Baron

Días pasados cometí un “error imperdonable”: criticar acerbamente a la secretaria de Estado Hillary Clinton cuando ante el quinto asesinato de un científico iraní se limitó a encogerse de hombros y decir que aquello era resultado de las provocaciones de Teherán al negarse a suspender su programa nuclear. Dije entonces, y lo repito ahora, que la Clinton es “el eslabón perdido entre las aves carroñeras y la especie humana”, recordando su carcajada cuando le comunicaron el linchamiento de Khadafi. Pero mi “error” fue postear esa opinión en Facebook: pocas horas después se me prohibió el acceso a mi cuenta y tomar contacto con más de mis siete mil seguidores. Lo que vino después es una historia kafkiana, aún inconclusa, para tratar de recuperar el acceso a mi cuenta.

+@Página/12, 20I12

GARZÓN Y LA TRANSICIÓN
Vicenç Navarro

El Tribunal Supremo no es consciente del enorme desprestigio que el enjuiciamiento de Garzón por el caso de los desaparecidos significa para la Justicia española y para el Estado español. En el programa de humor de mayor audiencia en Estados Unidos se señalaba que, en la misma manera que Bolivia, sin mar, tiene Ministerio de Marina, España tenía Ministerio de Justicia. ¿No se dan cuenta de la vergüenza que están originando los miembros del Tribunal Supremo con su comportamiento, en el ámbito internacional? Por mera coherencia democrática debería haber manifestaciones a lo largo del territorio español en protesta por el insulto que el enjuiciamiento de Garzón supone a todas las fuerzas democráticas de España y del mundo.

+@Público, 19I12

LA POBREZA TIENE NOMBRE
Arcadi Oliveras

La pobreza tiene nombres y el nombre se llama Nestlé, Coca cola, Samsung, Bayer, el banco de Santander y compañía. Estos son los responsables que, además, coinciden con los responsables de la crisis económica, entre ellos el banco de Santander, los especuladores y el mayor de los fraudulentos de España que se llama Emilio Botín. Así hay que decir las cosas y creo que vale la pena saberlo.


+@ATTAC, España, 19I12

POESÍA NECESARIA

Al vino


Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy.
Toma un cántaro de vino,
siéntate a la luz de la luna

y bebe pensando en que mañana

quizá la luna te busque inútilmente.

Omar Khayyam

Archivo

Oda al Aire

No, aire,
no te vendas,
que no te canalicen,
que no te entuben,
que no te encajen
ni te compriman,
que no te hagan tabletas,
que no te metan en una botella,
¡cuidado!,
llámame
cuando me necesites,
yo soy el poeta hijo
de pobres, padre, tío,
primo, hermano carnal
y concuñado
de los pobres, de todos,
de mi patria y las otras,
de los pobres que viven junto al río,
y de los que en la altura
de la vertical cordillera
pican piedra,
clavan tablas,
cosen ropa,
cortan leña,
muelen tierra,
y por eso
yo quiero que respiren.
.....

+@Oda al aire
Pablo Neruda

  

Clarin www.piensaChile.com

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martes 31 de enero de 2012

CELA CONDE HABLA DE CELA: LOS OJOS DEL VAGABUNDO


Félix Población

Este Lazarillo, visto el silencio inmerecido que sobre la literatura de Cela se ha dejado sentir ahora que se cumple el décimo aniversario de la muerte del escritor (Premio Nobel de Literatura en 1989), tuvo a bien solicitar de su hijo, el profesor y también escritor Camilo José Cela Conde, un breve artículo que glosara la personalidad del autor de La Colmena y las razones que, a su criterio, han influido para que al cabo de un decenio este país nuestro no tuviera apenas memoria de su obra literaria, cuya primera etapa es sin duda sobresaliente. En lugar del breve artículo solicitado, Cela Conde ha tenido la deferencia de enviarme el texto de una conferencia, organizada por Victorio Polo en Murcia el mismo año (2002) de la muerte del escritor gallego: Te mando el texto que leí en mi intervención -me dice-. Es mucho más largo (diez veces más) de lo que me pedías pero, en la medida en que la electrónica no ocupa lugar (o casi) tal vez fuese interesante incorporarlo a tu Diario del aire aunque sólo fuese a título de rescate de reliquias. Mi agradecimiento por lo que sigue, pues más que agradecimiento merece a los ojos de quien debe a Cela buena parte de sus querencias literarias, allá en la distante adolescencia:

Camilo José Cela Conde

Nací el diecisiete de enero de 1946. Ese día nevaba en Madrid, las calles se encontraban cubiertas de hielo y en las aceras abundaba la escarcha que deposita en invierno la madrugada.Mi padre murió el diecisiete de enero de 2002. Un día en el que el cielo de Madrid soltaba torrentes de agua y las nubes, preñadas de oscuro, anticipaban lo que iba a ser una noche larga de duelo.Entre esas dos fechas quedan cincuenta y seis años durante los que estuve cerca y lejos de mi padre, a veces en el mismo momento. ¿Puedo decir que llegué a conocerlo? Quizá sí, en la medida en que pueda decirse que cabe conocer a alguien. O tal vez no, porque –lo dijo Wittgenstein- asomarse a la mente de otro es una tarea inalcanzable.
Mi padre fue un escritor harto conocido y nada hermético; no es difícil tropezar con quien asegura haber compartido momentos íntimos con él y hasta convierte en profesión la circunstancia. Pero, por otra parte, los Camilo José Cela abundan, y la variedad es un tanto dispersa. Existió un CJC huraño y otro divertido, uno hirsuto y otro encantador. Hubo el escritor terrible, azote de periodistas, y el académico un tanto envarado, y el huésped de las fiestas de la patrona que cerraba, por agotamiento, las tabernas de los pueblos, y el hijo tierno de una madre joven de ojos azules, y el cronista impenitente de la España de la postguerra, y el poeta, y el actor de cine, y el torero, y el marqués. Hubo tantos Camilo José Cela que quizá no diese tiempo, en una vida completa, de conocerlos a todos.¿Con cuál habríamos de quedarnos?
La memoria se diluye con el tiempo. Las ideas se anquilosan, los recuerdos tiemblan y, en su lugar, aparece un cliché como recurso cómodo para negar la frase terrible del “ya no me acuerdo”.Cuando el tópico ocupa el lugar que corresponde por derecho propio al esbozo de la imagen auténtica, el novelista puede darse de manera ya definitiva por muerto. En su lugar aparece otra cosa, una página en los libros de texto tal vez, o puede que una estatua, o tan solo la lápida del cementerio. En la de mi padre no figura la palabra “escritor”, por cierto. Es el último episodio de un olvido que parece fruto de la maquinación del fatum. Porque hubo muchos Camilo José Cela, sí, pero sólo uno de ellos corresponde a lo que de verdad importa. El escritor.
¿Qué tal si probamos a recuperar su huella?Permítaseme hacerlo espigando algunas de las cosas sobre las que volví poco después de la muerte de mi padre. Como las fotografías, por ejemplo. He desempolvado unas cuantas por si pueden servirnos de falsilla para este viaje años atrás en busca del escritor ya desaparecido. Con la máquina de retratar por medio, los testigos disponen de una herramienta utilísima para avivar la memoria, para alentar el recuerdo, para volver sobre las emociones perdidas. Veamos qué da de sí la muleta.
El vagabundo se retrató un buen día, en un alto del camino, con la mirada perdida a las puertas de un oratorio románico. Sigamos la dirección que marcan sus ojos. Quizá nos lleven hacia los años aquellos en que acariciaban algunas de las páginas más hermosas que ha dado la literatura contemporánea en lengua castellana. Puede que nos acompañen hasta las tierras lejanas que se vertían en el cuaderno al mismo ritmo en que iban quedando atrás en la memoria. Los ojos lo son todo, a condición de que sepamos asomarnos a ellos.
¿Qué mira, cuando mira, un escritor? ¿Qué imágenes se le dibujan en la mente? ¿Le sucede como a nosotros, que decimos que vemos y a lo mejor estamos ciegos?Lo que aquí se ve es un hombre aún joven, de barba oscura y poblada y con la mirada –esa mirada que queremos rastrear- perdida a lo lejos. Lleva boina y está sentado en la escalinata que queda al pie del pórtico de una iglesia románica del Pallars Sobirà. Junto al mentón se yergue un cayado para atestiguar que el camino por los senderos de la montaña no es fácil, que es menester algún que otro sostén a menudo. El hombre aún joven descansa, hace un alto en el camino que le habrá de llevar más tarde, paso tras paso, al valle de Arán y al condado de Ribagorza en el Pirineo de Lérida. En la fotografía no se ve, pero el hombre toma notas de su viaje, apuntes y mapas dibujados un tanto al desgaire, con la confesión anticipada de que no tienen por qué ser tomados al pie de la letra. No se responde más que de la buena voluntad, dice, y acierta. La buena voluntad es garantía suficiente y más aún si la esgrime un hombre aún joven y solitario como un lobo que anda perdido por las nieves. El lobo no es mal espejo de caminantes, dice el hombre tan sabio como solitario. Acierta de nuevo.El personaje de la fotografía verterá un día sus planos y sus notas en el manuscrito del libro cuyo título no es difícil de adivinar con lo ya apuntado. En el libro ese hombre se llamará a sí mismo el viajero, siempre en tercera persona, sin apear jamás el artículo ni añadirle nunca al sustantivo coletilla alguna. Antes, en otras de sus caminatas por tierras de judíos, moros y cristianos, por los campos andaluces, por la Mancha entera, el hombre de la barba, la boina y el cayado tomaba el nombre del vagabundo. De eso tiene pinta en la fotografía, bien es cierto. El vagabundo. El bastón, la boina y la barba avalan tal condición. El cayado también, al alcance de la mano. Los ojos que otean el horizonte lo subrayan. El vagabundo de la Alcarria, del Guadarrama, de la sierra de Gredos. Del Pirineo.
Con estos trazos sabemos ya algo de lo que el viajero, el escritor, el vagabundo ve. Ve palabras, o tal vez las imagina. En realidad es lo mismo. En la realidad de un escritor el mundo que mira y el mundo que inventa son uno solo. Se funden en la mirada que se vierte en líneas, en los renglones que devienen cuartillas, en las páginas que, puestas una tras otra, encuadernadas y cosidas, forman un libro.El viajero había escrito y publicado varios libros antes de echarse al camino en busca de algo nuevo que mirar. Quizá le asustara aquello otro que, a través de su imaginación, había saltado a la notoriedad hasta convertirse en el mundo de veras, en la historia del momento que contrastaba con la otra historia oficial de los periódicos, los discursos y los partes oficiales después de una guerra tremenda que los vagabundos no acertaron nunca a dejar en el olvido.
¿A quién busca el hombre de la boina, el bastón y la barba? ¿A don Felipe, tal vez? En el Valle de Arán el vagabundo perdió a su amigo don Felipe, artillero de oficio, y lo estuvo llamando a gritos hasta enronquecer mientras coronaba el puerto de la Bonaigua. El amigo del vagabundo iba también de boina y cayado; se conoce que o lo exigía el terreno o lo daban las aficiones.Aunque puede que no, que no sea el artillero perdido quien adivina el vagabundo a lo lejos. Quizá sea otro de los muchos amigos de siempre, de los viejos amigos a los que rendiría con el tiempo el homenaje de recuperarlos por un instante en sus páginas otra vez. Puede que busque a Pascual, que lo recuerde en su último viaje hacia el banquillo en el que, tras besar el crucifijo que le tendía el padre Santiago, terminó sus días escupiendo y babeando.
"La familia de Pascual Duarte" es un libro que se escribió cuando Charo Conde y Camilo José Cela andaban de novios y, por tanto, mi padre vivía en la casa de mis abuelos de la calle de Claudio Coello, número 91, esquina Lista (que luego se llamó Ortega y Gasset). Muchos años después yo también viví en esa misma casa, con mi abuela Camila –su marido, mi abuelo Camilo, había muerto bastante antes. Recuerdo muy bien el piso, que ya no existe. Un pasillo enorme en zigzag, con habitaciones oscuras salvo aquellas que daban a algún patio. Salones y más salones, pero sólo dos retretes exiguos y un cuarto de baño. Un frío espantoso a pesar de la calefacción central, y la caldera, apenas tibia, renqueante como si hubiese de explotar a las primeras de cambio. En los años que pasé allí mi abuela dormía en el cuarto que había sido de mi padre, uno de los que tenían derecho a balcón pero cerrado a menudo para que no se colase por las rendijas de la madera el viento que bajaba de la sierra del Guadarrama.
Mi padre escribió "La familia de Pascual Duarte" dos veces. La primera, porque sí; la segunda, por mor de las cosas de los juzgados. Cuando copió su propio manuscrito lo hizo cuidando de poner la misma letra en las mismas cuartillas aunque, ¡ay!, las de la segunda vez eran de papel de hilo y llevaban un membrete lujoso, casi aristocrático, en el que se lee en letras versales el lema de “Real Academia Española” impreso con tinta azul.
Para escribir la primera vez el Pascual Duarte mi padre utilizó una pluma estilográfica que conservo. Una Parker, tal vez –la marca ha desaparecido del plumín, borrada por el óxido-, de cuerpo jaspeado en tonos de nácar que tiran a verde. La pluma está deformada en su parte trasera, y él decía que era a causa del calor de la mano, pero el testimonio de un escritor puede ser puesto en duda cuando resulta tan literario. Las demás plumas de mi padre fueron ya las Mont Blanc de toda la vida, las de cuerpo grueso y negro y mucho más grandes.
El escritor se hizo vagabundo en el "Viaje a la Alcarria" y volvió a la vida de la ciudad en el "Pabellón de reposo", los libros siguientes si dejamos de lado las recopilaciones de artículos como "Esas nubes que pasan". Todos esos textos se escribieron en la casa de la calle de Alcalá, la misma en la que vivían mis padres cuando yo nací. Se trataba de un piso pequeño en el que Camilo José Cela no tenía una habitación que le sirviera de despacho, quizá porque no lo necesitaba. Escribía un tanto a vuelapluma en la mesa del salón, que servía lo mismo para un roto que para un descosido. Era natural. El día se lo pasaba en la oficina de la Vicesecretaría de Educación Popular, en la censura, vamos. Las noches, muy a menudo, en el diario Arriba, vigilando que le metiesen en el periódico la columna con su colaboración de la que dependía no poco el que la familia pudiese comer durante la próxima semana. Incluso los caballos más flacos engordan algo cuando tienen encima el ojo de su amo.Al viaje por la Alcarria se llevó mi padre lápices y unos cuadernos como los de colegial para ir tomando notas. La pluma estilográfica le hubiese sido más bien inútil. Como tantas veces se ha dicho, Camilo José Cela la utilizaba al estilo de las plumas de ave de los recados de escribir de antes, mojándola en el tintero, y se limpiaba luego los dedos –para desesperación de mi madre- en los pantalones. En la mochila enorme que se llevó para el viaje cabían, cierto es, la pluma y el tintero, y hasta el escritorio mismo casi habría cabido, de haber hecho falta. Pero los equilibrios necesarios para andar del papel al frasco de la tinta en el viaje continuo de ida y vuelta, apoyándose en el equilibrio precario de las rodillas, hubiese sido demasiado artístico incluso para quien se vanagloriaba de escribir en cualquier parte.
¿Qué miraba entonces el escritor? ¿Lo sabremos, por ventura, o habrá que constatar que hemos perdido ya la huella de sus ojos?
La fotografía tiene autor esta vez, Karl Wlasak. Enseña un hombre jovencísimo, sin barba, ni boina, ni cayado, que oculta la mirada porque la reserva para una cuartilla del bloc de notas en el que escribe, pitillo en mano, con el dedo como garfio de halcón sobre el lápiz. Es el mismo dedo que habrá de deformarse con el paso del tiempo a fuerza de escribir las infinitas líneas de un mismo y único viaje.El joven que no es todavía un vagabundo, no del todo, el que no lleva boina, ni cayado y sí el pelo sujeto como con gomina para atrás, se arremanga la camisa. El joven que terminará siendo un vagabundo oculta por el momento la mirada que habrá de dejar más tarde perdida tras la raya de las aguas en las que se hunden los pescadores. Unos días antes ese mismo joven, a punto de zarpar, se pasea por la habitación de su casa, pone derecho un cuadro, huele unas flores. Ya sabe hacia dónde habrá de dirigir sus pasos. Es, de forma oficial, el viajero, aunque todavía no el vagabundo. El viajero está casado y sabe, porque lo dice, que los viajeros casados, cuando se echan a andar, tienen siempre a última hora una persona que les calienta el desayuno.Menos en el último de los viajes. A ése vas, lo quieras o no, con el desayuno frío detenido en las entrañas.
A la vuelta de la Alcarria, y por imposiciones del editor, mi padre tuvo que pasar sus notas a limpio y escribir el libro en sólo ocho o diez días. A favor de su oficio hay que decir que las prisas no se vieron reflejadas en el texto. Parece, muy al contrario, el fruto de un trabajo mucho más apacible y sereno. Quizá sea que no existe un viaje primero y uno último y media docena, o más, por medio. Hay solo un viaje, uno tenaz y continuo tras el rastro del velero perdido bajo las nubes que ocultan el horizonte. El viaje continuo te lleva a veces, bien es cierto, por lugares que no habías previsto visitar de antemano. Los vagabundos entran raras veces en las ciudades pero, en ocasiones, las nubes altivas imponen su criterio y les meten en el bullicioso tumulto de alguna que otra capital. Los vagabundos recorren entonces las calles cantando por lo bajo, pensando en los misterios de las caras de las casas, acordándose quizá de que pasaron hace tiempo por esa misma avenida de ventanas cerradas y persianas bajas cuando iban camino de la Alcarria. El viajero, antes de irse de casa, apunta que se despide de su hijo pequeño, cinco meses apenas, que duerme tumbado boca abajo como un cachorro porque tiene calor.Hace calor en la ciudad en el mes de junio y más aún cuando las nubes se cierran negándole el paso al viento que mueve, miles de leguas más lejos, los veleros.El viajero que está ya camino de la Alcarria baja por las tapias del Retiro y cruza la Puerta de Alcalá. Se llega hasta Cibeles y toma después por el paseo del Prado. No consta si, desde allí, acertó a mirar hacia la izquierda asomándose casi a la puerta del caserón de la calle de Felipe IV, a tiro de piedra desde la acera que lleva al Jardín Botánico. De hacerlo, se habría encontrado con el portal bajo llave. Los vagabundos no entran en la Real Academia de la Lengua Española y menos aún de madrugada.
Pero no adelantemos acontecimientos. La ciudad que recorre el viajero de salida hacia la Alcarria es Madrid, lugar que sería el personaje, y el nudo y la coartada de otro de sus libros más notorios, La colmena.La colmena se escribió en muchos lugares, una versión tras otra hasta llegar a la quinta y última, la que rescató mi madre de las llamas de la chimenea de la casa de Ríos Rosas cuando mi padre, un tanto desesperado, había decidido terminar el libro por la vía más urgente y dramática. El pueblo de Cebreros fue testigo de lo que le costó a Camilo José Cela parir el que quizá sea su libro más famoso. Trabajaba en un rincón de la cocina de la casa del Azoguejo, por la noche, escribiendo en una mesa de mármol procedente del Café Madrid. Decía mi padre que el tablero de mármol partido por la mitad y remendado luego procedía de una lápida de cementerio y que, pasando los dedos por debajo, se podía leer con el tacto, como en Braille, el nombre del muerto. Tampoco puedo dar fe: la mesa no se encuentra ya en casa. Ángel Fernández, El Cartujo, el dueño del café de Cebreros, se la regaló a mi padre y está ahora, es de esperar, en la fundación de Iria Flavia.Fue todo un detalle por parte de El Cartujo. Mi padre se pasaba una gran parte del día en el café Madrid, jugando al dominó y a la garrafina con el dueño, pero debo confesar que si Camilo José Cela era quien ganaba casi todas las partidas es porque hacía trampas.
Ya se ha dicho que el punto final de "La colmena", un tanto accidentado, se puso en la casa de Madrid del número 54 de la calle de Ríos Rosas, el primer hogar que yo recuerdo como tal, salvando todas las distancias necesarias con respecto a lo que son los hogares de las familias normales. En Ríos Rosas mi padre ya era un escritor si es que alguna vez no lo había sido antes. Un escritor a tiempo completo, vamos. Pero su taller era todavía un tanto confuso. Escribía a veces en una mesa de cristal baja junto a la chimenea, sentado en un sillón muy cómodo para cualquier cosa excepto para escribir con el cuerpo erguido. Cuando se cansaba había disponible una mesa redonda como de marquetería que mis padres conservaron, un tanto achacosa ya, hasta los últimos días de su matrimonio y que no tengo ni idea de dónde puede andar ahora, si es que aún existe. De hablar, daría fe de no pocos apuros y muchas cuartillas.
El Madrid aquél, el de "La colmena", echó al escritor y a su mujer de la ciudad y los llevó en volandas hacia una isla alejada y tranquila. Dicen que en busca de un lugar donde poder seguir doblando los dedos sin necesidad de doblar, además, el alma. Quién sabe. Puede que no, que el viaje hacia el oriente, mar adentro, no tuviera otro propósito que el de buscar los veleros perdidos tras el horizonte.En la mar la mirada llega muy lejos, a condición de que los ojos estén despiertos y el alma, en paz.
"La catira" fue el primer libro de mi padre que se escribió en Mallorca, pero no en ninguna de sus sucesivas casas de Palma sino en Villa Clorinda, una casa patricia del Puerto de Pollensa a la que llegaron Charo y Camilo José en busca de un lugar donde llenar las páginas del libro. Vino después Judíos, moros y cristianos, un viaje por las tierras de Castilla otra vez. Con la diferencia de que, en esta ocasión, el vagabundo no se detendría a las puertas de la Real Academia Española cerrada a cal y canto en el amanecer madrileño. Le serían abiertas en una ceremonia memorable.
La fotografía retrata ahora al vagabundo –barba y mirada firme; el cayado no se ve; la boina queda lejos y se cambia por un frac- en manos de Eugenio Suárez, el amigo que intenta hacerle el nudo de pajarita de la corbata. Contra todo pronóstico, de la manera más impensable, alterando las leyes firmes de la naturaleza, la de la gravedad, la de las fuerzas electromagnéticas, la de la lógica de enunciados, la de los principios de la termodinámica, el velero ha remontado el viento hasta meterse en tierra, cruzar la Meseta y plantarse en la cuna de los inmortales. El vagabundo, de barba todavía, va a ser investido académico de número en la institución más exclusiva que existe en el país, una que no deja que se incorporen a sus filas los vagabundos –ni de madrugada ni en la sesión plenaria- y menos aún si éstos se muestran barbados. Pero la Real Academia acepta al vagabundo en particular de la fotografía y le da medalla y cordón como a cualquier otro académico numerario. Le asignan la silla con la letra Q mayúscula. A cambio sólo tendrá que leer un discurso y comprometerse a ir por allí algún que otro jueves después de la hora de la siesta.
Lo hará sólo de tarde en tarde.No tiene tiempo para más. El pacto con el demonio quiere que cualquier vagabundo que escribe un libro continúe aplicado de por vida a la tarea de componer las cuartillas en las que confluye aquello que supo atrapar su mirada. No se puede empezar viaje ninguno si no se tiene el empeño, si no se hace la promesa íntima de que todo él será trasladado con orden y esmero, por encima de las tachaduras, hasta las páginas.El viaje comienza a veces antes de que los veleros suelten sus amarras. Cuando le das un beso a un niño dormido. Cuando caminas haciendo resonar tus pasos por las calles vacías. Cuando miras hacia las nubes en busca de un augurio. Cuando cuentas el destino amargo de Pascualillo quien, llegado el momento último, se descompuso un tanto al faltarle la presencia de ánimo. Todo eso y mucho más cabe en las páginas, en los libros, en las cartas que van puntuando el viaje como si se tratara de las comas de una oración interminable. A veces los signos de puntuación están de más cuando el viaje dura mucho, tanto como para tener que narrarlo por medio de nuevas fórmulas mágicas. Se pueden estirar las frases convirtiéndolas, al eliminar comas y puntos, en una sola a lo largo de trescientas hojas. Se puede volver sobre los amigos que desaparecieron mientras uno subía por los caminos de un puerto un poco más solitario. Se pueden invocar las nubes de la ciudad y, cuando quedan a mano, extraer de ellas las mil historias del miedo y de la angustia que siguen a todas las guerras, como quien saca las frutas del cuerno de la abundancia. Ya no recuerdas en qué recodo del viaje estás y, ¿sabes?, corres el riesgo de perderte. Hay quienes te dicen al oído que no es verdad, que jamás fuiste un vagabundo errante por los campos que separan el río Miño del Bidasoa, que tu lugar es otro, que la honra se mide con instrumentos que nada tienen que ver con una boina, o una barba, o un cayado. Los veleros que navegan viento en popa, sin más rumbo que aquél que traza la brisa sobre las aguas, a veces se pierden al toparse con una isla que no aparecía dibujada sobre las cartas de la navegación. Entonces las niñas que tocan el piano se mueren de tisis y de desesperanza. Las cartas de la navegación son importantes. Sin ellas cabe perderse al llegar a tierras remotas. Sin ellas quizá hasta te digan que el vagabundo es una leyenda indigna para quien atesora laudos y condecoraciones.
Poco a poco, sin apenas entender lo que sucede, el vagabundo ése de quien era difícil encontrar una foto fuera de los libros se convierte en personaje público, en carne de deseo de las crónicas de sociedad. Una mañana las noticias que vienen desde la Europa del norte desencadenan la locura. El premio de los premios, el que sólo obtienen los vagabundos muy cuidadosos en la tarea de verter sus recuerdos sobre el papel, es suyo ya.El velero se estremece. Cuando creía haber llegado a la isla de la fuente de la eterna juventud una laja oculta le rasga la obra viva. ¿Será posible que el recodo más feliz del viaje sea también una trampa, la amenaza peor que existe para cualquier vagabundo que creía haber logrado convertirse en un lobo solitario? ¿Quedará tieso el dedo curvado sobre la pluma que iba desde el papel al tintero, de ida y de vuelta, una vez y otra, con un ritmo que se antojaba invulnerable y eterno? ¿Será un recodo como cualquier otro del camino o, por el contrario, la etapa última y estéril, el final de las palabras escritas con una letra diminuta y las tachaduras tan cuidadosas como bellas? Las nubes te habían murmurado al oído susurros que ahora parecen callar porque el velero, con los fondos abiertos, ya no flota. Su madera es recia pero densísima, más que el agua, madera de guayacán, madera de boj, madera de mangle. Siempre que sucede eso hay que entornar los párpados, musitar una plegaria a los dioses que no existen y salir huyendo hacia dentro, hasta allí donde quedan la boina y el cayado, donde se refugiaron las hebras caídas cuando las tijeras se abrían paso a través de la barba. Hay que volver atrás, en ocasiones.El vagabundo certifica que es así sin necesidad de poner por testigo a dios alguno. Lo hace en las páginas finales de aquel primer viaje que fue luego el único, el permanente, el crucial, el admirable, mientras volvía de aquella Alcarria que nunca llegó a abandonar del todo. El vagabundo caminó por donde quiso y, por donde no quiso pasar, dio la vuelta…Retirarse del camino por el que no hay que pasar. Eso es lo que debe hacerse. Dar la vuelta. ¿Serás todavía capaz de sacar fuerzas de la nada cuando lo cómodo es caer en la tentación de lo más fácil, de aquello que jamás tuviste cerca de ti cuando, bastón en mano, te adentrabas por el filo de la raya de Francia?¿Sabrás dar la vuelta a tiempo sobre tus mismos pasos?
La fotografía última no viene. Es la imagen del antiguo viajero que humilla la testuz ante un rey remoto en el mes de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve, cuando en la ciudad que queda muy arriba, en medio de la mayor oscuridad de las nieves del invierno, se celebra el ceremonial de la corte. Reverencia, medalla, diploma. Concierto excelso. Un premio que no es uno más; es el premio de los premios, el que está muchos codos por encima de cualquier otro imaginable.¿Qué debió pensar allí el viajero, aquél que en las faldas de los Pirineos nos decía que deseaba morir en el camino mismo como un viejo caballo y con las abarcas puestas?Las abarcas deslucen en el protocolo rígido y pomposo de la corona de Suecia. Frac, camisa blanca, chaleco y pajarita de color negro. Los demás galardonados llevan estas últimas prendas también blancas; el luto es un privilegio especial para los vagabundos capaces de alargar a los guardiaciviles una tarjeta de visita con letra de bulto que pone De la real academia española de la lengua. A partir de ahí la oscuridad del invierno se vuelve niebla negrísima de la mano de las nubes que pasan. Ya no llueve mansamente y sin parar, ahora nieva y la raya del monte termina borrada entre los copos que caen sin ganas. Las nieves son el mejor amigo de un lobo solitario pero, en esta ocasión, el vagabundo no sabe darse a tiempo la vuelta. Quizá no tenía a mano ni la boina, ni el bastón, ni el aderezo hirsuto de la barba. Su mirada se apagó mientras el lobo solitario huía nieve adentro.La luz desapareció del iris del vagabundo años antes de que pudiera, por fin, cerrar los ojos.

ADELSON Y LOS CASINOS COMO SÍMBOLO DEL SISTEMA


Ana Cuevas

El macrocomplejo de juego y ocio que se pensaba instalar en Los Monegros aragoneses (Gran Scala o Gran Estafa como lo llamábamos por esta tierra) acabó volatizándose no sin antes escribir una de las páginas más esperpénticas de garrulismo del Gobierno aragonés. Corría el final del año 2007 cuando los promotores de GS solicitaron alfombra roja al Pignatelli para presentar a bombo y platillo su proyecto. Vendedores de humo con antecedentes delictivos que embaucaron al personal con el tintineo de las máquinas tragaperras. La trama de esta aventura no tiene desperdicio.

Traficantes internacionales de armamento, estafas de casinos virtuales, sociedades encubiertas que se ubicaban en paraísos fiscales y hasta algún que otro crimen conyugal aderezaban el imaginario de esta malograda aventura. Pero cuatro años más tarde, tras modificar leyes, crear una polémica brutal en la sociedad aragonesa, gastarnos unos buenos cuartos en agasajar a estos bucaneros y especular con falsas expectativas de riqueza para la comarca, todo ha quedado en agua de borrajas. No vayan a pensar que los responsables políticos reconocieron después haberse equivocado. A día de hoy siguen sacando pecho y amartillando que, de presentarse una ocasión similar, volverían a hacer justo lo mismico.

Aquí somos así. Nos van las empresas surrealistas. Y más si están envueltas en luces de neón y evocan el acento de Las Vegas. Como en la Comunidad de Madrid, que lejos de escarmentar en cabeza aragonesa, se abre de brazos y piernas a la disparatada oferta de míster Adelson. Lo de oferta lo digo con retranca. Porque el multimillonario ya pide a priori que se le regale el suelo, se cambien las leyes inoportunas, se le exima de impuestos, poder contratar por debajo del salario de miseria o que se le construyan infraestructuras y otras fruslerías que, amén de costar un dineral al erario público, tendrían un impacto social y medioambiental muy negativo.

Los casinos podrían ser un símbolo del sistema. La fortuna, como en Wall Street, depende del azar y de las tramposas jugadas de los trileros. Pero igual que en el mundo financiero, la banca siempre gana. Se puede ser pardillo y jugarse hasta la camiseta propia. Pero con la escualida caja común ya no caben más apuestas. ¡No va más, señorías!

lunes 30 de enero de 2012

NADIE ESTÁ A SALVO DE LOS EFLUVIOS DEPREDADORES DE LOS VIVIDORES


Fernado Buen Abad

Con gran esmero la burguesía ha perfeccionado una legión mundial uniformada ideológicamente con los más preclaros valores decadentes del capitalismo: Los “vividores”. Su trabajo es vivir del trabajo de otros, su placer es contar en silencio el número de víctimas a las que han saqueado algo, de algún modo: Una cena, un préstamo, un contrato, una recomendación, un libro, un empleo… un billetito. Los límites no existen y operan, individualmente o en grupo, siempre y cuando, a ese grupo, se le pueda sacar algo. Aunque sea un halago a su arte de vividor. Los tenemos por todas partes. Alertas. Su arte mayor es disfrazarse de corderos.

No pocas veces el talento organizativo de los “vividores” los conduce a gobernar países o a infiltrarse en esferas directivas clave. En algunos lugares se hacen llamar “monarcas”, en otras partes se dicen “excelencia”, “presidente”, “ministro”, “asesor”… la escala puede ser a nivel de compadres, de amigos, de vecinos, de familias o de matrimonios. No hay fronteras, no hay límites de edad ni freno a las ambiciones de un vividor amateur o profesional, hombre o mujer.

Es posible rastrear la Historia y obra de los “vividores” incluso a través de las artes. Los “vividores” se han hecho retratar, dibujar, esculpir… hay efigies, monedas, billetes y literatura plagadas con las andanzas épicas, líricas y dramáticas de “Grandes Vividores” capaces de acabar con la vida, las riquezas, las energías y la paciencia de pueblos, comunidades o individuos… minuto a minuto. Algunos lo definen como síndrome de vampirismo o complejo de Drácula. En su acenso la burguesía compendió todas las habilidades de los “vividores” y las perfeccionó. Su obra maestra se llama plusvalía pero sus destrezas se expanden a todas las esferas de las relaciones sociales expresándose claramente en la lucha de clases y en la creación del proletariado, masa inmensa de la que toda la burguesía chupa incesantemente para poder sobrevivir. El vividor es un parásito. Desarrollaron su ética y su estética, su política, su poética, su moral y su economía. Y nos la imponen. Ahora están de moda las series televisivas de vampiros. ¿Será una epifanía burguesa?

Nadie está a salvo de contaminarse con los efluvios depredadores de los “vividores”. Al fin y al cabo son paradigma de “la vida fácil”, de la vida regalada, del mundo del disfrute pagado por el trabajo de los demás… en suma son un emblema del individualismo, de la egolatría y del tufo de superioridad de clase que les hace creer que son “más listos” que todos los demás y que, por eso, se merecen el premio de vivir a las costillas de otros. Son una plaga y son una náusea. Forman, a diestras y siniestras, partidos políticos, iglesias, asociaciones, colegios, agencias de publicidad, claustros y academias. Crean escuelas enteras, poseen pedagogía y didáctica desde sus casas, en las sobremesas, en los cálidos consejos familiares o en las reuniones directivas de las empresas… tienen grados y tienen especialidades, tienen premios y tienen canonjías y prebendas que, ¡por supuesto!, se pagan con lo que le sacan a los que de verdad trabajan, a los pueblos, a la clase trabajadores, esté donde esté.

Son insaciables, reproducen en escala individualista la lógica de la acumulación capitalista y el colmo de su moral es que se sienten ejemplo y triunfo de la escala de los valores burgueses. Por eso muchos “vividores” estampan sus nombres y sus firmas en empresas, burocracias, bancos, latifundios e iglesias… Por eso se hacen adorar en ceremonias de usura desaforada, por eso fundan bolsas de valores, economías financieras y fondos monetarios. Por eso los “vividores” fabricaron siervos imitadores (“vividores” también) y los pusieron a gerenciar gobiernos cuyas tareas centrales son, claro, generar fondos para el salvataje permanente de sus amos “vividores” multinacionales. Negocio redondo.

Hay una lista larga de razones por las cuales los “vividores” se sienten intocables. Una de las más absurdas, pero más publicitadas, es que ellos son un símbolo, casi secreto, que sirve para representar la complejidad de una conducta paradigmática del capitalismo, un ser y modo de ser que encarna directamente toda la ideología de la clase dominante volviéndola, con artimañas de todo género, valor supremo, verdad absoluta, ejemplo totalizante a seguir con disciplina y como dogma irrefutable de un sistema en el que la fuerza productiva de la clase trabajadora se aliena y reduce a botín de “vivos”. Garantizan la bravura de su viveza con fuerzas represivas para el cuerpo y para la conciencia. Para eso inventaron, entre otras cosas, buena parte de la industria del “espectáculo”, del “entretenimiento” y de la “educación”. Eso será hasta que el proletariado decida “tomar el cielo por asalto”, inicie de verdad la Historia humana, deje atrás toda división de clases y ponga en orden el mundo entero. Esta vez ya sin “vividores”.


IGNACIO ESCOLAR: HAY INVERSORES INTERESADOS POR "PÚBLICO"


Félix Población

Medio año antes de su aparición en los quioscos, Ignacio Escolar empezó a trabajar en el proyecto del diario Público. Quienes saben de periodismo son muy conscientes de que esa etapa preparatoria es decisiva para la buena recepción de cualquier rotativo en su primera andadura comercial. Discurrió ésta de modo excelente bajo la dirección de Escolar, entre septiembre de 2007 y enero de 2009, mes en que fue destituido, sin que se pudiera discernir a ciencia cierta qué factores influyeron en esa decisión por parte de Mediapubli, que eligió entonces a Félix Monteira, periodista adscrito a la redacción del diario El País desde la fundación de este medio. Teniendo en cuenta la profesionalidad y buen hacer de Escolar, parece claro que las razones no debieron ser periodísticas, aunque esto sería él quien debería confesarlo.

Por eso, a la hora de evaluar las posibilidades que tiene Público de mantenerse en pie una vez solicitado el concurso de acreedores por parte de la empresa editora, las opiniones de Ignacio Escolar -cuya columna de última página es sin duda una de las más leídas del diario- son muy dignas de tener en cuenta, máxime si las formula después de la entusiasta campaña de solidaridad emprendida en las últimas fechas para que el periódico siga adelante.

Escolar ha dicho hoy -en conversación on line con los lectores de Público- que todo se resolverá, para bien o para mal, en las próximas dos o tres semanas. El plazo se me antoja muy corto para esperar lo mejor después de los negros presagios aventurados hace otras tantas semanas, sobre todo si Ignacio sigue sosteniendo que el momento es muy complicado y existen serias posibilidades de que Público se vea obligado a cerrar.

“Sin embargo -añade-, soy más optimista que hace unos días porque la ola de apoyo a Público está siendo inmensa. Las ventas en el kiosco están subiendo y hay inversores que se han interesado por el diario. Sería muy triste que Público cerrase porque hay 300.000 lectores en su edición de papel (y cinco millones de usuarios únicos en la web) para los que este diario es hoy imprescindible. Además, el proyecto está muy cerca de cuadrar sus números. Las pérdidas son ahora mínimas comparadas con la facturación: a poco que mejorase la situación económica, Público podía ser una cabecera rentable”.

El ex director del diario también respondió categóricamente a un lector que reprocha a Público pedir ahora ayudas después de haber recibido subvenciones millonarias: "Es falso que Público haya recibido millones de euros en subvenciones. Del total de ingresos del diario en estos años, apenas un 2,7% ha venido de publicidad de las administraciones públicas. Es un porcentaje muy inferior al de la mayoría de los medios españoles".

También es interesante lo que Escolar opina de la profesión en los adversos tiempos que corren: "El futuro de este oficio es pésimo a corto plazo. No hay otro sector -salvo el del ladrillo– donde se haya destruido un porcentaje mayor de puestos de trabajo. ¿A largo plazo? Yo quiero ser optimista, aunque cueste. A la prensa le ha tocado una crisis doble: coyuntural (la de todos) y estructural, con la llegada de Internet. La estructural es letal ahora porque en la web no se generan los mismos ingresos que tuvo el papel. Pero, a la larga, la web dará a los periodistas una autonomía e independencia que no hemos tenido jamás".

NIÑOS PALESTINOS EN LA CÁRCEL ISRAELÍ DE AL JALAME


Harriet Sherwood

Vídeo: http://www.guardian.co.uk/world/video/2012/jan/23/cell36-aljalame-prison-israel-solitary-confinement-palestinian-children

La celda es apenas más ancha que el delgado y sucio colchón que cubre el suelo. Detrás de un muro bajo de hormigón hay un retrete de cuclillas, cuyo hedor no tiene escapatoria al no haber ventana en la celda. Las ásperas paredes de hormigón disuaden a los niños de apoyarse ociosamente y la luz constante impide el sueño. Sólo la entrega de la comida por la rendija en la parte inferior de la puerta marca el tiempo y separa el día de la noche.

Es la celda 36 en las profundidades de la prisión Al Jalame, al norte de Israel. Es uno del puñado de celdas donde se aíslan a los niños palestinos durante días o semanas. Un menor de 16 años alegó que se le había encerrado en la celda 36 durante 65 días. La única escapatoria es la visita a la sala de interrogatorios donde se encadena a los niños a una silla con grilletes en pies y manos mientras se les interroga, algunas veces durante horas.

A la mayoría se les acusa de tirar piedras a los soldados o a los colonos; a otros de lanzar cócteles Molotov; y a algunos de delitos más graves, tales como tener vínculos con organizaciones militantes o de utilizar armas. También se les saca información sobre las actividades y simpatías de sus compañeros de clase, familiares y vecinos.

Al principio casi todos niegan las acusaciones. La mayoría dice que se les ha amenazado; algunos informan de violencia física. El abuso verbal, tal como “eres un perro, un hijo de puta”, es común. Muchos sufren de agotamiento por falta de sueño. Día tras día se les encadena a la silla para luego devolverlos a la celda de aislamiento. Al final, muchos firman declaraciones bajo coacción.

Estas alegaciones y descripciones proceden de declaraciones juradas proporcionadas por menores a una organización internacional de derechos humanos y de entrevistas realizadas por The Guardian. Otras celdas en las cárceles de Al Jalame y Petah Tikva también se utilizan para aislamiento, pero la celda 36 es la que más se cita en los testimonios.

+@The Guardian/PiensaChile


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Titulares de Democracy Now