martes, 17 de marzo de 2026

NETANYAHU, MEJOR VIVO Y CONDENADO, QUE MUERTO


Félix Población

Se ha venido especulando estas semanas, casi desde el mismo momento de la muerte del anterior líder supremo de Irán, con la posibilidad de que igual suerte hubiese corrido Benjamin Netanyahu, máximo responsable con su gobierno del genocidio en la Franja de Gaza, con el respaldo de Estados Unidos. Al parecer, fue el gobierno israelí también quien llevó al gobierno de Trump a comenzar los ataques contra Irán, por lo que igualmente Netanyahu tiene responsabilidad máxima en la guerra contra el régimen iraní, a la que añade la que sostiene contra la milicia proiraní de Hezbolá en Líbano. Nadie puede asegurar actualmente si Netanyahu está vivo o muerto. Ciertamente, como propaganda de guerra afín a su causa, desde Irán no dejan de difundirse amenazas de muerte contra el primer mandatario israelí, conscientes las autoridades del país persa de la mala imagen que se ha ganado Netanyahu después de arrasar la Franja de Gaza y asesinar a casi veinte mil menores. Pero, tal como leemos hoy en el editorial de Diario Red, el primer ministro israelí no  merece morir entre las víctimas israelíes que la defensa iraní está causando con sus misiles por haber decidido su gobierno el ataque a Irán. Es deseable que la persona a quien la Corte Penal Internacional ha acusado de genocidio y crímenes de guerra no muera durante la guerra que él mismo ha desatado con consecuencias imprevisibles para la humanidad, si no se para a tiempo. "A los grandes criminales políticos -leemos- hay que llevarlos a juicio, interrogarlos ante millones de espectadores y no regalarles jamás el honor de una muerte violenta. Netanyahu no debe morir como un soldado. Eso es lo que a él le gustaría; morir como su hermano. Netanyahu debe morir consumido por la vejez en la celda de una cárcel palestina después de ser juzgado como criminal de guerra, con todas las garantías, en una Palestina libre y soberana". Habrá quien diga, tal como vamos, que esta posibilidad es bastante remota, pero es la que correspondería a los tribunales internacionales de justicia, como ocurrió con los máximos responsables de Holocausto al final de la Segunda Guerra Mundial. Aquello, sin embargo, no fue suficiente para que hoy en día estemos en lo mismo, con el pueblo palestino como víctima. 

DdA, XXII/6290

¿SERÁ EL FIN DE UN IMPERIALISMO DISFRAZADO DE LIBERTAD?


Ricardo Miñana

Las declaraciones de Donald Trump no solo resultan patéticas, sino profundamente cínicas. Conviene hacerse una pregunta simple: ¿quién quiso atacar a Irán, un país soberano?. La iniciativa partió de Israel, y de nadie más. Sin embargo, Trump actúa como si todo fuese una obligación moral de Occidente, cuando en realidad parece rodeado de círculos sionistas a los que obedece sin el menor cuestionamiento.
Y ahora llega la escena más absurda: después de alimentar tensiones y respaldar esa escalada, Trump pretende pedir ayuda a la Organización del Tratado del Atlántico Norte para derrotar a Irán. ¿Acaso el llamado “pueblo elegido” ya no puede sostener por sí solo la guerra que impulsó?.
La realidad muestra dos hechos evidentes. Primero: Irán sigue en condiciones de combatir. Segundo: controla un punto estratégico del planeta, el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte vital del petróleo mundial.
Tal vez haya llegado el momento de poner freno a este imperialismo disfrazado de defensa de la libertad. Miles de muertos, pueblos devastados y generaciones enteras marcadas por guerras que no nacen de la necesidad de defenderse, sino de la ambición de poder y dinero. Ante semejante espectáculo, resulta difícil no sentir un profundo desprecio hacia quienes juegan con la vida de millones desde despachos cómodos, incluidos muchos dirigentes de la propia Unión Europea que predican democracia mientras actúan con una hipocresía cada vez más evidente.

DdA, XXII/6290

GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXVII): VERDADES QUE SE AGOTAN Y MENTIRAS QUE NO SON LO QUE ERAN


José Ignacio Fernández del Castro

«En lo que no pensó jamás el doctor Alegre fue en los estragos que Stanley Black y su versión de Siboney estaban haciendo en su hijo, allá arriba, en su dormitorio. Con los primeros compases Carlitos había sentido algo sumamente extraño y conmovedor, explosivo y agradabilísimo, la sensación católica de un misterio gozoso, quizás, aunque la verdad es que demasiado cálida y veraniega como para ser tan 
católica. Y además a Carlitos se le cayó el rosario, pero ni cuenta se dio, o sea, el colmo en él. Y con mayor intensidad aún sintió la palabra fiesta vagando perdida por el jardín florido e iluminado que imaginaba allá afuera, esperando la alegría de los invitados de sus padres, bronceados, profesionales, cultos, viajeros, discretos y sumamente simpáticos, casi siempre. Siboney ya había terminado, pero él continuaba sintiendo algo demoledor, tirado ahí 
en su cama, ignorando siempre que lo suyo tenía que ver mucho más con el ardor de estío que con el fervor de la iglesia parroquial de San Felipe. Y sólo atinó a rascarse la cabeza al ver exacta la puerta de la calle 
que no había logrado cerrar y, entrando por ella, ella.»
 Alfredo Marcelo BRYCE ECHENIQUE (Lima, Perú, 19 de febrero de 1939- 10 de marzo de 2026): Fragmento del “Capítulo Primero” de 
El huerto de mi amada (2002).

Acaba de morir el último gran escritor relacionado directamente con el llamado boom latinoamericano (y el primero del postboom)… Pero seguirá enseñándonos a mirar el mundo con una sonrisa (siempre revolucionaria, como aquella con la que rechazara, por sus convicciones democráticas, la Orden de El Sol del Perú que le concediera Alberto Fujimori en 1995; o la que derivara con frecuencia en justa ira en los tres volúmenes, Permiso para vivir, 1993, Permiso para sentir, 2005, y Permiso para retirarme,2021 , de sus Antimemorias) y vivirlo desde sus paradójicas obsesiones (que lo son colectivas):  el amor, la soledad, la enfermedad (la depresión, muy concretamente) y la felicidad.
Pero nadie es perfecto y ahí están esas acusaciones gaditanas de plagio de algunos artículos…
En cualquier caso, superada, acaso, la fe en cualquier ente supramundano; desvaída, tal vez, la voluntad de vivencia religiosa; distraída, quizá, la atención de todo dogma; separada ya, probablemente, la actitud del culto a la personalidad, podremos, sin duda, percibir nuestros propios paraísos (terrenales)sentir nuestros propios placeres (mundanos)luchar por nuestros propios anhelos (posibles)... Y, desde luego, podremos hacer todo ello desacralizando símbolos; reconfigurando su sintaxis, su semántica y, sobre todo, su pragmática para hacerlos nuestros, para “colectivizarlos” de otros modos, para convertirlos, simplemente, en signo de retos comunes y necesarios con independencia de su origen y condición. ¿No es acaso la paloma, esa especie de rata voladora, el símbolo de la paz?, ¿alguien le ha preguntado a los gusanos si están de acuerdo?.
Liberados de cualquier representación personalizada, los símbolos deben ser utilizados con libertad como expresión de lo que nos es común, de lo que puede ser capaz de aglutinarnos, de lo que nos mueve en aras de una lucha compartida, de la defensa de unos derechos... O de la alegría, también compartida, de una fiesta mecida por los cálidos acordes de Siboney. Porque no hay que tener miedo tampoco a frivolizarlos… A fin de cuentas, las verdades se nos van agotando y las mentiras no son ya lo que eran.

DdA, XXII/6290

IRÁN NO ESTÁ EN GUERRA CON EL PUEBLO NORTEAMERICANO, DICE LARIJANI



Ana Cardo

Ali Larijani, el actual secretario de Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, es también licenciado en Matemáticas y Ciencias de la Computación por la Universidad Tecnológica de Sharif, máster en filosofía occidental por la Universidad de Teherán, en la que también se doctoró en esta materia con un trabajo sobre la metafísica, las ciencias exactas, la intuición y los juicios sintéticos en la filosofía de Kant. Su formación y conocimientos permiten creer que sus opiniones respecto a la agresión que está sufriendo su país desde hace tres semanas por parte de Israel y Estados Unidos, así como sobre el desarrollo que puede tener la guerra con la que Irán se enfrenta a la misma, merecen ser tenidas en cuenta. Larijani se ha referido estos días, con carácter de certidumbre, a que funcionarios estadounidenses, catalogados por el secretario del Consejo Supremo de Seguridad iraní como ""miembros de la red Epstein", han ideado una conspiración para crear un incidente similar al del 11-S de 2001 en Nueva York para culpar del mismo a Irán. Aquellos terribles atentados de Al Qaeda dieron lugar primero a la invasión de Afganistán, en agosto de aquel año, y posteriormente de Irak, en marzo de 2003. Ali Larijani resaltó que su país "se opone radicalmente a tales esquemas terroristas y no está en guerra con el pueblo estadounidense". Las declaraciones de Larijani nos llegan cuando abundan cada vez más los comentarios en USA, como los del periodista Tucker Carlson, otrora afín a Trump, acerca de la probabilidad de que tropas terrestres estadounidenses sean desplegadas contra Irán a raíz de una gran incidente en Estados Unidos, similar en cuanto a su impacto en la opinión pública al 11-S*.


DdA, XXII/6290

lunes, 16 de marzo de 2026

¿ESTAMOS ASISTIENDO A LA EXTINCIÓN SILENCIOSA DEL GATO MONTÉS?

EL CONFIDENCIAL  DdA, XXII/6289

PROFUNDA DEGRADACIÓN MORAL DE TRUMP: LA GUERRA COMO ESPECTÁCULO


Ricardo Miñana

Las palabras del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, apuntan a algo que debería estremecer a cualquier conciencia: la idea de que, en medio de una guerra y de vidas humanas que se pierden, alguien pueda hablar de “diversión”. Según él, personas están muriendo mientras Donald Trump trata la situación casi como un espectáculo. Si realmente se utilizan esos términos para describir un conflicto armado, no se trata solo de una torpeza política: es una degradación moral profunda.
Lo más inquietante no es únicamente la dureza de esas palabras, sino la reacción tibia de buena parte de los medios occidentales. Cuando la muerte se relativiza o se trivializa en el discurso público, el problema deja de ser solo político y pasa a ser ético. Las guerras ya son suficientemente trágicas como para convertirlas en material de retórica frívola.
También resulta inevitable preguntarse cómo un líder que emplea ese tipo de lenguaje puede seguir representando a millones de personas. Un presidente debería encarnar prudencia, responsabilidad y humanidad, especialmente cuando se habla de conflictos que cuestan vidas. Cuando esas cualidades parecen ausentes, la imagen que queda es la de un dirigente incapaz de comprender el peso de sus propias palabras.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la reputación de un político, sino la dignidad de la política misma. Porque cuando la muerte de seres humanos se menciona como si fuera parte de un juego, lo que se revela no es fortaleza ni liderazgo, sino una inquietante falta de empatía. Y en un mundo ya marcado por demasiados conflictos, eso es quizá lo más peligroso de todo.

DdA, XXII/6289

“DEUS LO VULT”: LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

 

Escribe el firmante en El viejo Topo que entre analistas y observadores internacionales existe la preocupación de que un incidente —por ejemplo un ataque de falsa bandera atribuido a Irán— pudiera justificar una escalada religiosa de dimensiones imprevisibles. La destrucción de Al-Aqsa sería percibida por el mundo musulmán como una agresión intolerable, desencadenando un conflicto de alcance global. La gravedad del problema reside en que, bajo esta lógica, la guerra deja de obedecer a los principios racionales que han guiado tradicionalmente el pensamiento estratégico.

Eduardo Luque

“Deus lo vult” —Dios lo quiere— fue el grito que recorrió Europa cuando en 1095 el papa Urbano II llamó a la Primera Cruzada. Aquella consigna, invocada por multitudes convencidas de combatir en nombre de Dios, sintetizaba la lógica de una guerra en la que la política, el territorio y el poder aparentaban servir a la fe de Cristo. Casi un milenio después, el eco de aquel grito parece reaparecer en el discurso de ciertos sectores del poder occidental. No se trata solo de un conflicto geopolítico en Oriente Medio: cada vez con mayor claridad, se pretenden ocultar los intereses espurios de esta guerra bajo el manto de la ética religiosa. Estamos asistiendo a una nueva forma de guerra de religión.

Durante años, los análisis dominantes han interpretado los conflictos en Oriente Medio y en otros lugares en términos estratégicos: control energético, hegemonía regional, rivalidades entre potencias, cambios de régimen…. Sin embargo, esa lectura puede resultar insuficiente para comprender una dimensión más profunda y perturbadora. Para determinados sectores ideológicos en Estados Unidos, la guerra no sería únicamente un instrumento político, sino que se vendería como parte de un imaginario que interpreta los acontecimientos históricos como episodios de una narración bíblica. En ese marco, el conflicto con Irán adquiere una significación especial. No solo porque el país persa representa uno de los centros espirituales del islam chií, cuya autoridad religiosa se encarnaba en figuras como Ali Jamenei, sino porque algunos discursos dentro de círculos políticos y militares estadounidenses lo presentan como un enfrentamiento civilizatorio entre el cristianismo y el islam. En esa interpretación, la guerra deja de ser un medio racional para alcanzar objetivos políticos y se convierte en una lucha sagrada.

Las declaraciones públicas de ciertos dirigentes vinculados al poder estadounidense reflejan esa mentalidad. El actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha justificado bombardeos y operaciones militares con un lenguaje que trasciende el cálculo estratégico, describiendo la guerra en términos de destrucción total del enemigo. Se jacta del sufrimiento que provoca: “Tendrán muerte y destrucción desde el cielo día y noche”…  “Esta nunca ha pretendido ser una lucha justa, y no está siendo una lucha justa. Les estamos golpeando mientras están en la lona, que es exactamente como debe ser”. Por su parte, la telepredicadora Paula White, asesora espiritual en la Casa Blanca en esta administración, no duda en utilizar un lenguaje apocalíptico al referirse a los conflictos internacionales, invocando la victoria divina frente a los enemigos. “golpear, golpear, golpear, golpear, golpear…. Contra todo enemigo que se alce del suelo, tú nos darás la victoria Dios, oigo el sonido de la victoria….”

Más inquietante aún es la penetración de estas ideas dentro del propio aparato militar. Organizaciones dedicadas a preservar la neutralidad religiosa en las fuerzas armadas estadounidenses como la “Fundación para la libertad religiosa en el ejército” han denunciado durante años la presencia creciente de corrientes evangelistas radicales que interpretan la política exterior en clave apocalíptica. Para estos sectores, el enfrentamiento con Irán no sería una simple confrontación estratégica, sino parte del plan divino que conduciría al Armagedón, la batalla final descrita en la tradición bíblica.

El concepto de Armagedón ocupa un lugar central en esa cosmovisión. Según ciertas corrientes del sionismo cristiano, el conflicto definitivo en Oriente Medio precedería a la segunda venida de Cristo. Paradójicamente, en esa narrativa los judíos desempeñarían un papel instrumental: la existencia de Israel y la reconstrucción del templo de Jerusalén serían condiciones necesarias para desencadenar los acontecimientos profetizados. En ese contexto adquiere una importancia simbólica extraordinaria la Mezquita AlAqsa, uno de los lugares más sagrados del islam y situado en el recinto donde antiguamente se alzaba el Segundo Templo de Jerusalén. Para sectores ultranacionalistas religiosos en Israel y para algunos movimientos cristianos fundamentalistas en Estados Unidos, la destrucción de la mezquita y la construcción del llamado Tercer Templo formarían parte del cumplimiento de las profecías bíblicas.

Este escenario alimenta temores que, aunque puedan parecer extremos, no son del todo infundados. Entre analistas y observadores internacionales existe la preocupación de que un incidente —por ejemplo un ataque de falsa bandera atribuido a Irán— pudiera justificar una escalada religiosa de dimensiones imprevisibles. La destrucción de Al-Aqsa sería percibida por el mundo musulmán como una agresión intolerable, desencadenando un conflicto de alcance global.

La gravedad del problema reside en que, bajo esta lógica, la guerra deja de obedecer a los principios racionales que han guiado tradicionalmente el pensamiento estratégico.

Desde Carl von Clausewitz sabemos que la guerra ha sido entendida como “la continuación de la política por otros medios”. Pero si quienes toman decisiones interpretan el conflicto como un mandato divino, ese principio deja de tener validez. La política se diluye en la teología, y el cálculo estratégico cede paso a la fe.

En un escenario así, conceptos como interés nacional o equilibrio de poder pierden su centralidad. Para los creyentes en esa narrativa apocalíptica, el objetivo no es la victoria militar ni la estabilidad geopolítica, sino la aceleración de los acontecimientos que conducirían al fin de los tiempos. La guerra se convierte entonces en un fin en sí mismo: una herramienta necesaria para precipitar el cumplimiento de las profecías.

La historia ofrece precedentes inquietantes. Las Cruzadas medievales y las guerras de religión europeas demostraron hasta qué punto la fe puede movilizar sociedades enteras hacia conflictos devastadores. En ambos casos, la convicción de luchar por una causa sagrada permitió justificar una violencia ilimitada. Cuando la guerra se presenta como un mandato divino, el enemigo deja de ser un adversario político y pasa a encarnar el mal absoluto.

La cuestión que hoy se plantea es si el liderazgo político y militar occidental está comenzando a operar bajo una lógica similar. Si se trata únicamente de la retórica de unos pocos fanáticos, el riesgo podría ser limitado. Pero si esas ideas se extienden dentro de las instituciones que controlan el mayor aparato militar del planeta, la situación adquiere una dimensión mucho más preocupante.

En ese caso, el mundo podría encontrarse ante un tipo de conflicto radicalmente distinto del que describen los manuales de geopolítica. No una guerra por recursos, fronteras o hegemonía, sino una guerra escatológica, interpretada por algunos de sus protagonistas como el preludio del fin de la historia.

El eco del viejo grito de las Cruzadas —Deus lo vult— nos recuerda que la religión ha sido, en determinados momentos, una fuerza capaz de transformar la política en cruzada y la guerra en misión sagrada. La inquietante pregunta es si lo será ahora.

TOPOEXPRESS DdA, XXII/6289

CASTILLA Y LEÓN: MÁS DE LO MISMO, SE QUEME O SE DESPUEBLE LA REGIÓN

Lazarillo

Por el inmovilismo conservador que caracteriza a una mayoría de sus moradores, era de esperar el resultado que acaba de darse en las urnas en Castilla y León. Y eso que esta vez, está comunidad soportó en los últimos años los incendios forestales más extensos de su historia, con un balance arrasador en las provincia de León y Zamora. No ha habido reacción. Quienes de modo tan ineficaz están gestionando el patrimonio natural de esta comunidad autónoma, no sólo no han perdido votos sino que los han ganado (de 382.157 a 424.663), y de poco vale que el PSOE, socorrido por el también esperado desastre de la izquierda alternativa, haya logrado dos procuradores más. Castilla y León superará con el gobierno del Partido Popular, auxiliado por la extrema derecha, los cuarenta años al frente de esta comunidad autónoma, en donde tres provincias, tres, las tres de la región leonesa (León, Zamora y Salamanca), vienen sufriendo una una de las pérdidas de población más significativas del país. Nada se hizo ni nada se hará para evitarla, porque quienes deberían haberlo hecho durante casi cuarenta años parece que tiene asegurado el voto de por vida. Quedamos a la espera de lo que ocurra este verano en los montes de la región. Igual Mañueco restituye en su puesto al consejero responsable de Medio Ambiente durante esos desastres, visto lo votado.

DdA, XXII/6289

¿PUDO NO HABER SIDO UN ERROR LA MASACRE DE LA ESCUELA DE MINAB?

 


Félix Población

Leí ayer un artículo de Ali Bahreini, embajador y representante permanente de la República Islámica de Irán ante la Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, en el que bajo el titular Minab: cuando el misil más preciso del mundo eligió una escuelael autor asegura que los tres misiles de crucero Tomahawk que fueron lanzados desde un buque de la Armada estadounidense  no fueron un error,  sino que el objetivo era el que fue, teniendo como fin causar el mayor terror posible entre la población civil al comienzo del conflicto. Para Baharani, la precisión del arma es tanta que resulta difícil creer que se trata de una equivocación. Aquella mañana de sábado no se pretendió destruir una instalación militar, asegura el embajador, sino una escuela primaria de niñas. Tres fueron los misiles que impactaron sobre el centro escolar y ocasionaron la masacre al comienzo de los ataques aéreos contra aquel país por parte de Israel y Estados Unidos. Pensar que lo que afirma el articulista puede ser cierto espanta, pero hay que reconocer que su propósito bien podía ser ese, espantar a un país para hacerlo más vulnerable. Además, después del espanto genocida en la Franja de Gaza  cualquier otro espanto similar en el escenario de Oriente Medio puede ser posible. Y si no, ahí tenemos el balance de los ataques del Estado de Israel al sur del Líbano. También espanta el porcentaje de niños asesinados entre el total de la población civil. Decía ayer Elvira Lindo en el diario El País que el relato había muerto, que en las guerras ya no hay intención de encubrir las acciones bélicas con buenas razones como exportar la democracia o liberar a las mujeres, ahora se sobreentiende que la infancia bombardeada es un efecto colateral. Me parece que en la Franja de Gaza se asesinó a casi veinte mil menores palestinos porque ningún Estado como el de Israel se ha caracterizado tanto por asesinar niños y niñas palestinos a lo largo de décadas, ante el silencio y la indiferencia de occidente. (Siempre recordaremos a nuestros medios de información negando a las víctimas su condición de asesinadas). Puede que lo de la escuela iraní no haya sido un error. Como tampoco parece que sea un efecto colateral que de 850 víctimas mortales causadas por el Estado de Israel entre la población civil libanesa, más de un centenar sean niños y niñas. Cabe preguntarse ante ello ¿a qué infierno nos conduce lo que está ocurriendo en los últimos años y qué le está faltando a la humanidad para tratar de evitar que la barbarie a la que asistimos  prosiga?

DdA, XXII/6289

domingo, 15 de marzo de 2026

EL AFFAIRE EPSTEIN INTERPELA A LOS PUEBLOS A RECUPERAR SU CAPACIDAD DE JUICIO

 El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.

 

Fernando Buen Abad Domínguez

Hacer que se pudra la moral de los pueblos no es un “daño colateral”, es una estrategia central. Un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, más manipulable, menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor. La indignación selectiva remplaza a la ética estructural, y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva no busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que no esté atravesada por la humillación y el abuso. 

Tal affaire Epstein no es únicamente un expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra que semejante horror no desemboque en una revisión profunda de las estructuras que lo hicieron posible. 

Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los pueblos reciben signos sin abrigo crítico, expuestos a narrativas que no buscan comprender sino administrar la indignación. El escándalo se dosifica, se serializa, se convierte en mercancía informativa y, finalmente, desmoraliza a los pueblos. La repetición de nombres, cifras y detalles sórdidos produce saturación y apatía moral. Así, lo que debería provocar conmoción ética duradera se diluye en el consumo rápido de noticias manipuladas. El problema no es sólo la falta de información, sino su organización al servicio del espanto. 

En ese contexto, la respuesta gubernamental parece tibia, no por ausencia de claridad, sino porque ha sido sistemáticamente desarmada. Esa tibieza no es espontánea, es el resultado de décadas de pedagogía del cinismo. Se enseña, explícita o implícitamente, que el poder siempre escapa, que la justicia es un teatro selectivo y que la indignación profunda es ingenua o inútil. El caso Epstein, con su entramado macabro de élites financieras, políticas, mediáticas y culturales, confirma esa lección perversa, hay crímenes que, aun siendo evidentes, no encuentran un castigo político proporcional cuando rozan el corazón de la burguesía global. El mensaje es devastador para la salud intelectual de los pueblos, porque erosiona la idea misma de responsabilidad histórica. Esa toxicidad macabra de la burguesía no se manifiesta sólo en la acumulación obscena de riqueza, sino en la naturalización de la impunidad. 

Es macabra porque se alimenta de la cosificación pedófila del otro, porque convierte cuerpos en objetos intercambiables y silencios en placeres burgueses. Y es tóxica porque contamina el tejido simbólico, cuando los responsables no enfrentan consecuencias claras, se instala la noción de que el daño es negociable, que la ética puede subordinarse al prestigio, al dinero o a la influencia. La muerte, la violencia y la explotación se vuelven externalidades del éxito. En ese marco, la tibia reacción institucional no es una falla del sistema, es su funcionamiento normal. 

Sin embargo, el daño más profundo no reside sólo en los hechos, sino en la forma en que son narrados y procesados socialmente. La intemperie semiótica impide construir un relato emancipador que vincule el crimen con sus causas estructurales. Se personaliza el mal en el apellido Epstein para proteger al sistema que lo produce. Se habla del “monstruo” como excepción, evitando nombrar la red de complicidades, los valores que la sostienen y las prácticas económicas que la legitiman. Al aislar el horror, se protege la normalidad que lo incubó. Así, la burguesía aparece como espectadora escandalizada de su propio reflejo, fingiendo sorpresa ante una violencia que es coherente con su lógica de dominación. 

Es necesaria la defensa de la salud intelectual de los pueblos con mucho más que indignación episódica, se requieren herramientas críticas para leer el mundo, para conectar los puntos, para resistir la fragmentación del sentido. Exige una alfabetización política y ética capaz de transformar el escándalo en conciencia histórica. Cuando esa salud está debilitada, la sociedad reacciona con espasmos de desprecio que no alteran el orden existente. Se condena el hecho, se lamenta la tragedia, se espera el próximo tema. El poder respira aliviado. 

Un humanismo radical no puede conformarse con la administración del escándalo. Debe insistir en la dignidad como principio no negociable y en la memoria como práctica política. Recordar no es repetir morbosamente, sino comprender para transformar. El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia. 

Por eso, la ética de la semiótica se vuelve una exigencia ineludible frente a la inmovilidad de los gobiernos, porque no basta con constatar el silencio institucional, es necesario interrogar los sistemas de signos que lo hacen tolerable. Cuando los estados eligen la parálisis, también eligen un lenguaje, una coreografía discursiva hecha de eufemismos, dilaciones procesales y declaraciones vacías que simulan preocupación mientras consolidan la impunidad. La ética semiótica obliga a desnudar esas operaciones, a mostrar cómo el poder gobierna no sólo mediante leyes o policías, sino mediante relatos que normalizan la inacción y transforman la ausencia de justicia en un hecho administrativo. 

Callar, archivar, diluir responsabilidades o desplazar la atención, no son actos neutros, son decisiones simbólicas que impactan a la sociedad con la aceptación del abuso pedófilo y necrófilo como parte del paisaje sin confrontar la mentira, sin romper la anestesia narrativa y sin devolverle a los pueblos la capacidad de leer críticamente al capitalismo que impone todo, incluso –y sobre todo– con la complicidad de no moverse. 

LA JORNADA MX. DdA, XXII/6288