jueves, 8 de octubre de 2026

NECROPOLÍTICA: QUIÉN MERECE VIVIR Y QUIÉN RESULTA PRESCINDIBLE


Ocurre cuando alguien firma un recorte en su sillón de cuero y en la vida real, en la de abajo, eso se traduce en una cama menos de hospital, en una lista de espera de meses para un diagnóstico que debió llegar a tiempo, o en una carta de desahucio que le destroza el alma y el techo a una familia o a una mujer de casi noventa años, de la noche a la mañana. No es una fatalidad ni un castigo divino; es una estrategia calculada.


Singlutemia Maralar

Necropolítica. Este término ha saltado de los manuales de sociología a la crudeza de nuestras calles porque no es un concepto abstracto de despacho ni una teoría lejana para ponerse estupendas en un debate; es la gestión del poder que, lejos de cuidarnos, decide con una fría y repugnante precisión, quién merece vivir dignamente y quién resulta absolutamente prescindible. Se siente en las entrañas cuando la política deja de ser un servicio colectivo y se transforma en el negocio privado de cuatro espabilados que se enriquecen desmantelando, sin vergüenza alguna, lo que es de todos.
Ocurre cuando alguien firma un recorte en su sillón de cuero y en la vida real, en la de abajo, eso se traduce en una cama menos de hospital, en una lista de espera de meses para un diagnóstico que debió llegar a tiempo, o en una carta de desahucio que le destroza el alma y el techo a una familia o a una mujer de casi noventa años, de la noche a la mañana. No es una fatalidad ni un castigo divino; es una estrategia calculada. Nos mean encima y quieren que digamos que llueve. Y algunos... lo dicen.
Es la derecha en este país, servil y alineada sin disimulo con el extremismo global de tipos como Trump o Netanyahu, un modelo de sociedad basado en la ley del más fuerte, en el desprecio absoluto por quien sufre y en el mercadeo con nuestros derechos más básicos. Nos están llevando a una asfixia lenta pero implacable. Una asfixia económica que le aprieta el cuello a la mayoría trabajadora mientras engorda los bolsillos de fondos buitre y grandes corporaciones.
Nos están desahuciando a pedazos, coño. Te echan de tu casa entregando el barrio a la especulación salvaje del alquiler; te desahucian de la sanidad pública para obligarte a contratar un seguro privado que no te va a servir de nada cuando enfermes de verdad; te desahucian del cuidado de tus mayores, de la educación de tus hijos y de la mínima certeza de que el Estado va a estar ahí cuando el cuerpo o la vida no den para más.
Y en este camino devastador hay dos tipos de gente. Por un lado, los que jamás los votaríamos. Por otro, los "Antonios", encandilados por el ruido mediático y la bandera, que les regalan su voto pensando que son "de los suyos". Ay, Antonio, nunca serás de los suyos... Jamás lo seréis, José Luis. Para quien legisla únicamente para las élites y los grandes patrimonios, un trabajador que cobra mil doscientos euros y vota a la derecha sigue siendo exactamente eso, un número prescindible, un pringado al que usar. No hay ni un ápice de patriotismo en privatizar el hospital donde te curan ni en abandonar a los viejos que construyeron esto.
Frente a la frialdad de quienes legislan sin escrúpulos ni memoria, nos queda recordar y defender las vidas sencillas, trabajadoras y dignas que este sistema desgasta antes de tiempo; a esa gente que sostuvo nuestros barrios a fuerza de ternura, manos curtidas y generosidad, y a la que las instituciones fallaron miserablemente cuando más falta hacía. Por esa dignidad que no supieron ni quisieron respetar, defender lo público, defender un lugar donde vivir y morir, no es un debate teórico de café, es una cuestión de pura supervivencia.
Defendernos de la ultraderecha es la última trinchera entre la barbarie y la vida. Ni un paso atrás, por las que se fueron, por Maricarmen, y por las que venimos detrás, que también nos iremos, pero que antes, queremos incomodar y resistir.

DdA, XXII/6490

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