Las argumentaciones de Gascón, Molina y otros habituales del diario son a menudo de una cutrez que deshonra la historia de El País. Yo no digo que Joaquín Estefanía, Elvira Lindo, Manuel Vicent o Javier Cercas marquen el único nivel aceptable. Lo que sí digo es que si una mañana consulto el diario con la intención de saber qué pasa en mi país y me encuentro que se ataca por tierra, mar y aire a los que exigen una vivienda digna y a los políticos que les apoyan, entonces, más que diversidad, lo que detecto es un dispositivo ideológico del que estoy lejísimos.
David Pablo Montesinos
Acabo de anular mi suscripción a El País. Es posible hacerlo. Pese a las leyendas, que indican que salirse del diario es más tortuoso que una novela de Kafka, resulta que a mí sólo me ha supuesto perder la ridícula cifra de tres cuartos de hora. Vamos, que algo para lo que me podían tener varios días se resolvió en un rato.
Ironizo, sí, por si alguien no se da cuenta. El País es como las compañías telefónicas, dificulta todo lo que puede los abandonos, con lo cual, tratándose de un tipo revenido como yo, no hace sino cargarte de más razones para irte. Por cierto, es de traca que cuando me ve convencido, la telefonista me ofrezca cambiar a una suscripción que te da lo que tenías por un precio tres veces menor. Vamos, que uno no puede relajarse, debes pasarte la vida amenazando con pirarte para obtener unas condiciones que no te daban pero resulta que sí podían darte. Qué quieren, a mí me parece otra razón más para largarme. Llamémoslo cuestión de ética.
Llevaba tiempo rumiándolo, pero esta mañana he encontrado el detonante para decidirme a romper este viejo noviazgo. A vueltas con el acontecimiento del momento, el movimiento social por la vivienda digna, me encuentro que tres de los cuatro artículos de fondo están dedicados al asunto. Uno es de una señorita que ironiza sobre la instagramización de la rebeldía a la que asistimos con la acampada de Sol. Los otros dos son de los últimamente inevitables Estefanía Molina y Daniel Gascón. Por si no los leen, yo les indico. Mantra habitual: rechazo a la política de pancarta, inanidad de la protesta social frente a la acción parlamentaria normalizada y, sobre todo, mucha hiel contra Podemos, que ese ya sabemos que es un clásico
Pues bien, resulta que tras insistir con las llamadas, como si uno tuviera la mañana para perderla, consigo que una señorita muy bien adiestrada me conteste. Tengo que darle explicaciones, contestar a una supuesta encuesta. Doy inicialmente motivos banales, pero como insiste decido entrar al trapo y le conmino a que transmita a sus jefes mi opinión: si un diario que tanto ha hecho por la democracia en España ya no se distingue apenas de El Mundo o ABC, entonces no tengo por qué serle fiel y prefiero irme a otro. Aquí viene la polémica. “¿No acepta usted la diversidad en nuestro periódico?” Tiene su miga que yo tenga que debatir este asunto con una comercial al teléfono, pero sí, es a pesar de todo una buena pregunta.
No quiero insultar, pero yo no pago una cantidad nada despreciable por leer artículos de gente mediocre que hace valer argumentos pobrísimos. Las argumentaciones de Gascón, Molina y otros habituales del diario son a menudo de una cutrez que deshonra la historia de El País. Yo no digo que Joaquín Estefanía, Elvira Lindo, Manuel Vicent o Javier Cercas marquen el único nivel aceptable. Lo que sí digo es que si una mañana consulto el diario con la intención de saber qué pasa en mi país y me encuentro que se ataca por tierra, mar y aire a los que exigen una vivienda digna y a los políticos que les apoyan, entonces, más que diversidad, lo que detecto es un dispositivo ideológico del que estoy lejísimos.
Son columnas de opinión, claro, pero mi sensación es que en la sala de máquinas del único gran diario nacional supuestamente no reaccionario se está apostando por desactivar cuanto antes la algarada que estalló tras Maricarmen. En todo caso, hay mucho interés en que el asunto no sea electoralmente explotado por los rojos. Demasiado para mantener la fidelidad a una suscripción que, por cierto, hace años ya que dejó de ser barata. Lo siento, como dijo Kay a Mike Corleone: “En este momento no creo sentir ningún amor por ti”.
DdA, XXII/6484

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