Defender la libertad de expresión parece una cuestión abstracta, hasta que le parten la cara a un amigo y descubres que incluso estar a su lado tiene consecuencias. Somos más los que queremos vivir en una sociedad donde podamos pensar, discutir y expresarnos libremente sin que por ello se nos señale o se nos golpee. Y eso sí que merece la pena defenderlo. Escribo estas líneas mientras a mis redes llega un meme de Mari Carmen jugando al bingo y luego montada en un coche de alta gama pidiendo gasolina a un Euro, justo después de que los medios anunciaran su muerte. Y lo veo después de visualizar otro meme viejo que se ríe de la paliza recibida por mis amigos Rubén y Jorge.
David Acera
Esta foto la publiqué en mis redes sociales a finales de noviembre de 2025. Somos mi amigo Rubén Rosón y yo, en el concejo de Lena. Se nos ve bastante felices, la verdad. La acompañaba entonces de un texto en el que explicaba que había regresado al valle del mi güelu, Jaime el del Pedregal, buscando una pequeña cabaña donde escribir y había terminado encontrando algo mucho más interesante: la antigua casa familiar de mi tío Antón, en el valle del Huerna, convertida hacía ya veinte años en alojamiento rural. Explicaba también que, con el apoyo de Rubén, hombre apasionado donde los haya y que siempre está cuando lo llamas, había decidido poner en marcha un proyecto de turismo rural comunitario en aquel lugar con tanto arraigo.
Lo conté con bastante detalle, naturalidad y sobre todo ilusión. Fueron muchas las personas que se interesaron por el proyecto, me animaron y compartieron aquella publicación en sus muros con ganas de visitarnos en ese rincón de Lena. Lo que no recibí entonces fue la llamada de ningún periodista interesándose por el tema, por el proyecto, por el modelo de turismo comunitario. Nada. Tampoco se hizo viral en X.
Volví a publicar la misma fotografía en septiembre, esta vez por un motivo mucho más triste. A mi amigo Rubén le habían dado una paliza durante las fiestas de San Mateo de Oviedo, mientras colaboraba en una caseta decorada con una bandera arcoíris. Lo hicieron al grito de maricón, rojo de mierda y arriba España. Rubén no se calló, denunció, y los responsables están ya en manos de la justicia. Lo que pasa es que cuando no te callas, te siguen apaleando, pero de otra manera. Miles de mensajes de odio y amenazas inundaron sus redes sociales, las de sus amigos y las de su familia. Y Rubén siguió sin callarse. Volvió a denunciar lo sucedido, siguió defendiendo sus ideas y continuó participando en las movilizaciones sociales en las que cree. Entre ellas, las que reclaman soluciones al problema de la vivienda en Asturias y en España. Y ahí encontraron algunos un nuevo filón. Resulta que defendíamos el derecho a la vivienda mientras teníamos una empresa cuyo objetivo era el turismo rural comunitario. ¡Un escándalo mayúsculo!
El problema es que no habían descubierto absolutamente nada. Primero, porque nunca hemos ocultado el proyecto. Lo contamos públicamente, con nuestros nombres y nuestras caras, cuando todavía no había ningún escándalo que fabricar alrededor de ello. Y segundo, porque no existe contradicción alguna entre lo que decimos, y lo que hacemos.
Lo que me cuesta más entender es que haya medios de comunicación que compren ese relato y lo eleven a la categoría de noticia. Hay medios que nunca pierden la oportunidad de situarse a la vanguardia de la estupidez más tóxica. Ya conocemos ese ecosistema de agitación, con personajes como Vito Quiles, Eduardo Inda y otros altavoces de la ultraderecha, en el que cualquier cosa sirve para fabricar un ataque o generar violencia.
Tengo casa y precisamente por eso entiendo la angustia de quienes no consiguen acceder a una vivienda o viven pendientes de la próxima subida del alquiler. Nuestro país tiene un problema muy serio que exige soluciones, así en plural, y yo al menos trato de escuchar y formarme. Pero convendría no confundir la turistificación que está vaciando de vecinos los centros de nuestras ciudades con un proyecto rural que pretende contribuir a mantener la vida de un pueblo.
En nuestro pueblín todavía hay cuadras, hay que mirar al suelo cuando caminas, los gallos cantan por la mañana y los perros corren sueltos y queremos que siga siendo así. Nos gusta que quien nos visite conozca el chigre comunitario, compre en la tienda rodante o al panadero. Es la manera de mantener los servicios en las pequeñas aldeas. Un turismo que no llega a los pueblos para sustituir la vida que existe sino que ayuda a sostenerla. De hecho, una de nuestras primeras iniciativas fue trabajar codo a codo con nuestros vecinos, y aportar económicamente, para ayudar a recuperar unas fiestas que llevaban años sin celebrarse.
Pero hay algo que me preocupa mucho más que cualquier titular sobre nuestro proyecto rural. Que después de que a una persona le den una paliza, haya quienes se dediquen a rebuscar en su vida para encontrar algo con lo que desacreditarla. Como cuando, después de una violación, se empieza a preguntar si la víctima había bebido unas cervezas, si llevaba minifalda o a qué hora volvió a casa. Al final parece que quien tiene que dar explicaciones es quien ha sufrido la agresión, mientras los agresores desaparecen de la conversación. Y, en este caso, el señalamiento acaba alcanzando también a sus amigos y entorno más cercano.
Tengo casi cincuenta años y crecí en una familia que también pagó el precio por defender sus ideas. Sé que la vida resulta más cómoda cuando uno se calla y espera que otros hablen por él. No pienso hacerlo. Seguiré defendiendo aquello en lo que creo. No ostento ningún cargo de representación política, soy un trabajador del mundo de la cultura pero pondré el cuerpo siempre que haga falta. Seguiré contando cuentos y sacando adelante proyectos. Y seguiré luchando contra lo que considero injusto y argumentaré con razonamientos, porque lo que es injusto es injusto lo diga Agamenón o su porquero. Y por supuesto estaré al lado de mis amigos, de mis vecinas y de mis vecinos.
Defender la libertad de expresión parece una cuestión abstracta, hasta que le parten la cara a un amigo y descubres que incluso estar a su lado tiene consecuencias. Somos más los que queremos vivir en una sociedad donde podamos pensar, discutir y expresarnos libremente sin que por ello se nos señale o se nos golpee. Y eso sí que merece la pena defenderlo.
Escribo estas líneas mientras a mis redes llega un meme de Mari Carmen jugando al bingo y luego montada en un coche de alta gama pidiendo gasolina a un Euro, justo después de que los medios anunciaran su muerte. Y lo veo después de visualizar otro meme viejo que se ríe de la paliza recibida por mis amigos Rubén y Jorge.
Ojalá algunos pusieran en defender la convivencia y los derechos de la mayoría la mitad del empeño que dedican a buscar enemigos y a difundir odio y violencia. Nos iría bastante mejor. Fuerza siempre, amigo Rubén.
Descansa en paz, Mari Carmen.
DdA, XXII/6491

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