miércoles, 7 de octubre de 2026

LAS HISTORIAS ENTERRADAS DEL FRANQUISMO ALLÍ DONDE FLORECEN LAS AMAPOLAS

Ed. Crítica, 2026, 375 pags.

Félix Población

La palabra del alma es la memoria, dice el autor en la introducción de este muy recomendable libro en el que se escarba en la ruinas de la dictadura franquista, a la que Alfredo González Ruibal se viene dedicando desde hace veinte años en su calidad de antropólogo contemporáneo. Se trata de una historia minúscula en la que se revelan cuestiones mayúsculas de lo que fuimos y lo que somos, leemos. 

Para ello empieza González Ruibal por la última trinchera del final de la guerra civil española, más que la de la paz la de la victoria franquista. Para ello hay que situarse en la Ciudad Universitaria de Madrid, campo de batalla durante buena parte del conflicto. A través de la basura se puede conocer cómo vivieron, murieron y mataron los protagonistas de la lucha. También los restos de lo que quedó enterrado en el lugar donde se produjo la rendición oficial. El segundo capítulo lo dedica el autor a exponer sus investigaciones en algunos de los 300 campos de concentración que se calcula existieron en España tras la victoria de los sublevados. Madrigueras de hombres, las llama Ruibal. 

Las fosas sin nombre ocupan el siguiente capítulo, con la reseña de los objetos hallados que duelen y las exhumaciones por Dios y por España. El capítulo cuatro se abre con el titular "La ruina. El paisaje de la posguerra" y en el mismo se hace balance de los años que van de 1939 a 1942, los más duros, y los que prosiguen hasta 1946, con numerosas muertes por inanición, epidemias y otras enfermedades. El autor estudia arqueológicamente la hambruna de ese periodo aciago y estudia como se vivía entre los escombros y en las cuevas, haciendo una estratigrafía de la miseria. 

Al destacamento de presos, obreros y familiares en el Valle de de los Caídos dedica González Ruibal el quinto capítulo, para pasar en el siguiente a estudiar la guerrilla antifranquista en el monte, para lo cual investiga los lugares que habitaron los guerrilleros durante la posguerra en algunas zonas del país. Los tres últimos capítulos ofrecen una panorámica de las aldeas y la desaparición de las sociedades campesinas, así como una detallada descripción del expolio llevado a cabo por la familia del dictador en el Pazo de Meirás, con un último capítulo dedicado al chabolismo, consecuencia de la inmigración del campo a la ciudad, y que se prolongó hasta más allá de la dictadura.

El autor termina su magnífica obra, en la que no falta un muestra fotográfica de los hallazgos encontrados durante las investigaciones, con un epílogo a destacar al que Ruibal da por título País de tormentas y amapolas, donde dice que su propósito con su libro ha sido escribir una arqueología de la dignidad, no tratar de devolverla a nadie porque nunca la perdieron las personas de las que se habla: "La tarea de quienes estudiamos el pasado consiste simplemente en recordar esa dignidad cotidiana, que siempre ha estado ahí, muchas veces oculta o desatendida, porque nos encontramos demasiado ocupados alabando a los "Grandes Hombres que trajeron la Democracia a España". O porque no nos parecía suficientemente relevante en la historia de la lucha contra el franquismo".

Estima Alfredo González Ruibal que quienes vivieron dignos y dignas en un periodo indigno merecen todo nuestro respeto y nuestra memoria, advirtiéndonos finalmente que en estos tiempos que él considera de retorno a la barbarie, "quizá no haya nada más importante que recordar la integridad de quienes rechazaron ser crueles o doblegarse ante la crueldad". La dignidad de Martina Barroso al tejer un zapatito de esparto para su sobrina, antes de ser fusilada. O la de José Alba, que se llevó una corbata nueva al lugar de su fusilamiento. La del enterrador Leoncio Badía, que ayudó a buscar los restos de los republicanos asesinados. La de los presos, la de las mujeres solas sacando adelante a sus familias, la de los campesinos emigrantes, la de los chabolistas. 

El autor, como profesional de la arqueología contemporánea, ha decidido mantener y alumbrar esa memoria enterrada entre las ruinas, allí donde florecen las amapolas, con una sensibilidad y rigor científico dignos de gratitud.

DdA, XXII/6489

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