Singlutenia Maralar
Que todo el amor del mundo cabe en un útero es una certeza que solo las que lo hemos experimentado podemos describir. Nueve meses en los que nuestro cuerpo deja de ser nuestro para convertirse en una arquitectura sagrada; en un refugio donde la vida se trenza en el silencio más absoluto. Carne creando carne. La existencia abriéndose paso en una intimidad que raya en lo divino. Sin embargo, esa biología majestuosa y emocional tan deslumbrante choca de frente, demasiadas veces, con una realidad desoladora cuando la medicina olvida la dignidad.
El viaje de la maternidad encierra una paradoja sangrienta. A la mujer se la venera en abstracto mientras lleva, permitidme que lo llame "milagro", el milagro dentro, pero con frecuencia se la despoja de su condición de persona en cuanto cruza la puerta de una consulta médica. Casi desde las primeras semanas de gestación, el acompañamiento se transforma, en no pocos casos, en una cadena de protocolos fríos, juicios paternalistas y miradas deshumanizadas. Hay profesionales que parecen gestionar el proceso como si inspeccionaran a un animal de carga antes del matadero, que pasan de ti y que responden a tus temores como si fueran histerias y que te hacen sentir que tus tiempos son un estorbo en la agenda del quirófano. La violencia obstétrica se disfraza de condescendencia, de maniobras no consentidas, de desinformación deliberada y de una brutalidad rutinaria que deja cicatrices invisibles mucho más profundas que las del periné.
El clímax de este choque entre la belleza romántica del embarazo (para quien así la sienta) y la crueldad acontece en el parto, un instante absolutamente único e irrepetible en la historia del ser humano. Lo que una mujer experimenta cuando su cuerpo se abre para dar paso a otra vida no se puede explicar a quien no lo ha habitado. Parir es una tempestad donde conviven la preocupación más devoradora, el miedo más primario, una vulnerabilidad absoluta, la incertidumbre del abismo, el dolor más salvaje que la carne puede soportar y, sosteniéndolo todo, un amor de infinitas dimensiones. Pero además, se siente también una soledad insondable, la intuición de estar caminando en el filo entre la vida y la muerte completamente sola. Y en esta soledad tan amenazante, es precisamente donde nace la valentía obligada de la mujer. Ninguna mujer elige ser heroica; el sistema la fuerza a serlo para sobrevivir a su propio hijo. Lidiar con el dolor del parto requiere coraje; hacerlo mientras se combate cierto desprecio, la prisa o la frialdad de quien sostiene el bisturí exige una fortaleza casi sobrenatural. El tipo que me ayudó a traer a este mundo a mi hijo, hace ahora diecinueve años, era una especie de bucanero que me hablaba como si tirara cada palabra a la basura, que me rajó el periné sin previo aviso y que me lo cosió con una originalidad que aún hoy se ve.
El parto fue espantoso, marcado por ese trato desgarrador que empañó lo que debió ser un santuario. Pero cuando lo recuerdo, cada 21 de septiembre es obligado, siento que el tiempo ha hecho su trabajo purificador. La brutalidad del momento se ha disuelto con los años y la magia insondable de ese útero que lo dio todo permanece intacta. Aquel horror no pudo con la inmensidad del amor que nació esa noche.
Qué bestialidad tan inconmensurable es esto de la maternidad, amigas. Y pensar que el cincuenta por ciento de la población tiene que parir al cien por cien... No, no me parece justo, y tal vez aquí, esté el principio de toda la desigualdad...
DdA, XXII/6472

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