domingo, 13 de septiembre de 2026

CONCHITA REIGADA: VIVIR Y MORIR CON DIGNIDAD


Impresionado aún por la noticia que ha compartido ayer en las redes Fernando de Silva, no me resisto a insertar el breve texto con el que nos habla de quien fuera su compañera de vida durante más de medio siglo. Cuando tantas tribulaciones ingratas y hasta hostiles conforman el paso de los días en el mundo, vínculos como el de Conchita y Fernando y palabras como las que siguen nos alientan a seguir creyendo en seres humanos como ellos: "Me ha dado tantas lecciones de cómo saber estar en la vida, que formará parte de mi para siempre", ha escrito Fernando. Compartimos desde aquí sus sentimientos.

Fernando de Silva

Es difícil conseguirlo, pero Conchita ha demostrado que es posible. Hace más de 27 años, cuando aún no había cumplido los 46, le diagnosticaron una esclerosis múltiple primaria progresiva, una enfermedad muy cruel, sin posible curación ni tratamiento, que evoluciona lenta en el tiempo alto y nunca remite; aun así fue capaz de adaptar su vida a cada limitación física, sin perder nunca la sonrisa ni la moral.
Pero en los últimos meses perdió prácticamente toda la movilidad, ya dependía para todo de los demás, se le acabaron las ganas de seguir viviendo así y, con plena lucidez, decidió libremente pedir la eutanasia; aunque no fue necesario esperar ese momento al sufrir en los últimos días un empeoramiento irreversible en su estado de salud. Antes de ser sedada, para evitar dolores y más sufrimiento, se despidió de nosotros, nos dimos un beso y mirándome a los ojos, sin derramar una sola lágrima, me dijo que necesita descansar para siempre. Nunca olvidaré su última mirada.
La conocí en la Cafetería Villagrás hace más de 54 años, salimos por vez primera el 17 de enero de 1972, y hasta hoy siempre hemos estado juntos. Como todas las parejas hemos tenido nuestras crisis, pero fueron fácilmente superables porque éramos el uno para el otro; siempre acompañados de nuestros hijos, Maria y Fernando; dos personas extraordinarias.
Ahora siento una extraña soledad, pero me ha dado tantas lecciones de cómo saber estar en la vida, que formará parte de mí para siempre.

DdA, XXII/6463

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