Raulito Torres Candil/ Aquí en La Habana
He presenciado el teatro en esos hemiciclos de mármol frío y terciopelo gastado que llaman parlamentos. En mis años en España, vi cómo la palabra, esa herramienta sagrada que nos distingue como seres humanos, se degradaba hasta convertirse en un cascote arrojado al rostro del adversario. Era la hora infantil, el sol entraba a raudales por las vidrieras, y allí estaban ellos, los representantes del pueblo, desgarrándose las vestiduras, llamándose con nombres que no repetiré, en un aquelarre de egos donde el verbo en vez de construir era demoledor.
Lo entendí entonces con una claridad que dolía: aquella no era una crisis de cortesía, era la cancelación de la política como acto de amor y justicia. Porque gobernar, en su esencia más prístina, es prever, es cuidar, es resolver. Y ellos, atrapados en un bucle de agravios, olvidaban la gotera que inundaba la casa del obrero y la grieta que resquebrajaba la escuela pública. Como en la fábula de los dos halcones que peleaban por una rama mientras el árbol ardía, su combate era tan encarnizado que no vieron las llamas. El árbol, es decir, el pueblo, consumiéndose, y ellos, ciegos y sordos, desplumándose.
Ese recuerdo, esa decepción me hizo volver la mirada hacia nuestra trinchera, hacia nuestra isla en vilo. Y comprendí que nosotros no podemos permitirnos caer en ese lujo sangriento del insulto estéril. No tenemos tiempo para el circo cuando el reloj de la historia nos exige un salto, una especie de condensación del tiempo, un llegar más rápido y más lejos sin perder la esencia. Ahí residen estas 176 medidas. No son un legajo burocrático ni una lista de deseos; son la concreción de una urgencia filosófica: llegó el momento de demostrarnos de qué calibre estamos hechos.
Esta es la oportunidad, la bocanada de oxígeno. Siento esa imagen como una especie de epifanía: un pueblo entero que empuja hacia la superficie para romper el bloqueo de hielo sobre el agua y respirar. A ese bloqueo del imperialismo asfixiante, no podemos añadirle más bloques nosotros mismos con el encofrado de la burocracia paralizante, del desánimo, de la inercia.
Y el aire no se mendiga, se conquista.
Y cada una de esas nuevas medidas es un movimiento de brazos, una patada firme que nos impulsa hacia arriba.
Qué extraña y bella paradoja:
Es precisamente ahora, cuando el imperialismo muestra las grietas de su propia decrepitud y debilidad, cuando nuestro paso debe ser más férreo. Es la vieja lección del junco: el viento huracanado pasa y lo dobla, pero no lo parte, porque su fuerza no está en la rigidez, sino en la fibra flexible y solidaria. La firmeza no es sinónimo de estridencia; es temple.
El temple del herrero que, con paciencia, fuego y martillo, le da forma al metal. Así nosotros, en el yunque de la adversidad, necesitamos ese temple de cubanos.
Pero resistir no es aguantar, soportar el castigo como una condena. Resistir es "re-existir", es luchar para volver a existir de una manera más plena, más digna. Y debe hacerse con tres herramientas: la solidaridad, que es la ternura de los pueblos; la firmeza, que es la columna vertebral de las convicciones; y la gracia, esa mezcla única de elegancia y humor que le ponemos los cubanos hasta a la tragedia para desactivar su veneno. Sin gracia, la firmeza se vuelve fanatismo; sin firmeza, la gracia es frivolidad.
No escatimemos. Esa es la palabra justa. No escatimemos el talento, la controversia respetuosa que ilumina, la mano que se tiende al que tropieza. La fábula del colibrí lo resume: ante el gran incendio del bosque, el colibrí iba y venía con una gota de agua en su pico. Los otros animales, paralizados, le gritaban: "¿Estás loco? ¡Así no vas a apagar el incendio!". Y el colibrí respondió: "Lo sé, pero yo hago mi parte". Las 176 medidas son ese llamado a que cada cual, desde su trinchera, haga su parte, no para apagar un incendio, sino para encender la luz de un nuevo amanecer.
"El salto en el tiempo" que tenemos que dar no es una ilusión de ciencia ficción. Es la decisión consciente de quebrar las lentitudes heredadas, de limpiar el camino del presente para que el futuro llegue antes. Es la convicción martiana de que "hacer es la mejor manera de decir". Dejemos que los viejos parlamentarios europeos se tiren los trastos con la solemnidad de actores fracasados. Nosotros, en esta trinchera de futuro, tenemos la responsabilidad de callar el ruido con los hechos, de demostrar que la verdadera política se hace con las herramientas del albañil y la sensibilidad del poeta.
Ya vimos que nadie viene en socorro así que salgamos a la superficie por nuestros propios esfuerzos que somos la patria de los que arrancamos las estrellas al cielo y sorprendemos al universo cuando parece que estamos acabados ...
Rompamos la membrana del desánimo.
El oxígeno está ahí fuera, esperándonos. Un oxígeno que no se nos regala, ya pasó esa época hace rato...un oxígeno que debemos ganar a pulso de virtud y esfuerzo. Es la hora del temple, de la gracia inquebrantable, de la solidaridad entre nosotros a toda prueba. Porque, como nos recuerda el proverbio africano: "Si quieres ir rápido, ve solo; pero si quieres llegar lejos, ve acompañado".
Y nosotros necesitamos llegar lejos, todos absolutamente todos, sin dejar a nadie atrás, hacia esa bocanada de aire que es más que oxígeno: es futuro, es justicia, es soberanía, es nuestro sueño apurado queriendo hacerse realidad.
DdA, XXII/6428

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