Mercel Britez
Cuando el aullido vuelve a estar en peligro
Hay noticias que uno lee y tiene que volver a leer, porque cuesta aceptar que estén sucediendo.
Asturias volverá a permitir la extracción de lobos.
Hasta 67 ejemplares podrán ser abatidos dentro del nuevo programa de control previsto para comenzar en septiembre. El propio Principado sitúa la población mínima en unos 412 lobos y reconoce la existencia de 50 manadas, 46 de ellas reproductoras.
Y entonces me pregunto:
¿Cuántas veces tendremos que demostrar que el lobo puede sobrevivir para que dejemos de considerarlo culpable de existir?
Nos hablan de cifras.
De cupos.
De controles.
De daños.
De compatibilizar conservación y ganadería.
Pero detrás de cada número hay una vida.
Hay una manada.
Hay una hembra que puede estar criando.
Hay cachorros que todavía no conocen el mundo más allá de su refugio.
Hay un macho que recorre la montaña buscando alimento para los suyos.
Hay una familia que no entiende de decretos, de despachos ni de intereses humanos.
Solamente intenta sobrevivir.
No niego los problemas que puedan existir entre el lobo y la ganadería. Sería irresponsable hacerlo.
Pero precisamente por eso debemos exigir soluciones verdaderas, no convertir la muerte en la primera herramienta de gestión.
Porque matar lobos no puede convertirse en una respuesta automática cada vez que aparece un conflicto.
La ciencia, la prevención, la vigilancia, la protección adecuada del ganado, las compensaciones justas y rápidas y el conocimiento profundo del territorio deberían estar siempre por delante del gatillo.
Y hay algo que me resulta especialmente doloroso.
Hace apenas unos meses, las medidas de control fueron suspendidas después de que los tribunales cuestionaran su cobertura jurídica. Ahora Asturias ha modificado su Plan de Gestión y prepara nuevamente las extracciones.
Parece que cuando una puerta se cierra, se busca otra.
Pero yo seguiré haciendo la misma pregunta:
¿Dónde está la puerta que conduce a la convivencia?
Porque esa puerta también existe.
Solo hace falta voluntad para buscarla.
No quiero una Asturias sin ganaderos.
Pero tampoco quiero una Asturias sin lobos.
No quiero elegir entre el hombre y la naturaleza.
Quiero una tierra donde ambos tengan futuro.
Y por eso hoy vuelvo a decirlo, quizá con más fuerza que ayer:
NO ESTÁ TODO PERDIDO.
Mientras un solo lobo siga caminando libre por las montañas asturianas, su historia no habrá terminado.
Mientras haya alguien dispuesto a levantar la voz por él, tampoco.
Y mientras quede una persona que se niegue a aceptar que la solución a nuestros conflictos consiste siempre en eliminar al más débil, habrá esperanza.
El lobo no necesita que lo convirtamos en un símbolo.
Necesita algo mucho más sencillo:
que le permitamos seguir siendo lobo.
Que siga caminando.
Que siga criando.
Que siga cazando.
Que siga aullando.
Porque cuando desaparece el último lobo de una montaña, no desaparece solamente un animal.
Desaparece una parte de la memoria de esa tierra.
Y yo no quiero ser de los que algún día tengan que explicar a nuestros hijos:
«Aquí, hace mucho tiempo, aullaban los lobos.»
Quiero que puedan escucharlos.
Hoy.
Mañana.
Y dentro de cien años.
Por eso no voy a callar.
Por el lobo.
Por la montaña.
Por la vida.
DdA, XXII/6445

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