Con este verano, creo que van cinco los que lleva la provincia de Zamora viendo arder sus tierras hasta sumar el mayor territorio quemado de España, cien mil hectáreas, equivalente a lo que suman las islas canarias de Hierro y La Palma. Desde tierras sayaguesas, las últimas calcinadas, nos llega este breve texto, nos dice su autor que en breve la hierba romperá el gris de la ceniza y con el tiempo crecerán los primeros brotes. Puede que alguien como Carlos vuelva a pasear algún día por un alcornocal parecido al que hasta hace apenas unos días tuve la suerte de recorrer una y otra vez. Pero nosotros no volveremos a conocer este lugar como era. Hay paisajes que no vuelven durante una vida. Desde aquí, por las afinidades con Zamora de este Lazarillo, va un abrazo al sentimiento que tan certeramente expresa el firmante. (Recuerdo que en el viejo Correo de Zamora, periódico que dirigió este Lazarillo hace muchos años, había una sección comarcal titulada Paisaje sayagués. Desde el gobierno autonómico de Castilla y León, por negligencia, indiferencia o ineptitud, se está haciendo una nefasta política en la gestión y previsión de incendios forestales que puede conducir a vaciar aún más población esta provincia):

Carlos Sánchez Alonso, de Fornillos de Fermoselle
Hace apenas unos días recorría estos mismos caminos sayagueses mientras el incendio avanzaba. Todo era humo, llamas, sirenas, prisas, incertidumbre y la angustia de no saber hasta dónde llegaría el fuego. En medio de ese caos apenas hay tiempo para comprender lo que está ocurriendo. Solo deseas que todo termine cuanto antes.
Es después, cuando regresa el silencio, cuando empiezas a entender lo que realmente ha ocurrido. Hoy he vuelto a recorrer estos lugares. El aire sigue oliendo a humo, algunos troncos aún humean y desprenden calor. Es ahora, precisamente ahora, cuando el incendio deja de ser una emergencia para convertirse en una pérdida.
El suelo ya no es suelo, es una alfombra de ceniza. Los árboles ya no dan sombra, son esqueletos. Y el silencio, después de tanto ruido, resulta sobrecogedor.
Entre todo lo que he visto hay una imagen que no consigo quitarme de la cabeza, los grandes alcornoques de Fornillos de Fermoselle, algunos con varios siglos de vida, abiertos en dos, desplomados sobre el suelo. Árboles que habían sobrevivido al paso de generaciones enteras. Árboles que habían necesitado tres o cuatro siglos para convertirse en lo que eran. Y ahora ya no están.
Sé que la naturaleza volverá. Siempre vuelve. Dentro de poco, la hierba romperá el gris de la ceniza y el verde comenzará a abrirse paso. Con los años llegarán los primeros brotes; dentro de un siglo crecerá un bosque joven y, quizá dentro de dos o tres siglos, alguien camine bajo un alcornocal parecido al que hasta hace apenas unos días tuve la suerte de recorrer una y otra vez.
Pero nosotros no. Nosotros ya no volveremos a conocer este lugar como era. Esa es la diferencia entre el tiempo de la naturaleza y el nuestro.
Por eso, cuando alguien dice, con buena intención, que «ya crecerá otra vez», tiene razón… y al mismo tiempo no la tiene.
Porque crecerá. Pero no para nosotros.
DdA, XXII/6430
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