lunes, 10 de agosto de 2026

CUBA: ESTO NO ES UNA GUERRA YA, SINO UNA MASACRE

El bloqueo –sinónimo de asedio– de Estados Unidos contra Cuba se inició décadas atrás, más o menos cuando se fundaron los Beatles. Con los años, ha arreciado o aflojado según la administración del país norteño. En la actualidad, bajo el mandato de Trump, se halla en un punto álgido. Existe más ensañamiento ahora que en la época del conservadurismo hollywoodense de Reagan o el de la adicción de inyectarse petróleo en vena de Bush hijo. Esto no es una guerra ya, sino una masacre.




Guillermo Carmona Rodríguez/ Matanzas

Con unos guantes de goma dura, como los usados para fregar, apartaba los huevos podridos, negros con vetas amarillas; el papel sanitario doblado con pudor para que no se notaran las manchas marrones; hojas del periódico Granma, coloreadas de roja por la sangre condensada del pedazo de carne que envolvieron, donde aún se podía leer la nota informativa de las últimas sanciones del gobierno estadounidense contra Cuba.

La señora separaba la basura con sumo cuidado. Empleaba solo el canto de la mano para contaminar el guante lo menos posible. Cuando encuentra algún objeto interesante, lo agarra entre el pulgar y el índice y lo levanta para contemplarlo contra la luz del día. Ahora valora un control remoto, destripado de baterías, y yo la analizo a ella. 

Viste un sombrero de ala ancha, inclinado sobre la frente; una camisa azul de cuadros, con los botones cerrados hasta las mangas, para protegerse del violento sol. Respira con dificultad por este calor criminal de guerra. Lo noto en la rápida forma en que se tensa y luego se deshincha el nasobuco. 

Con toda esa indumentaria, se vuelve complejo identificarla. Sin embargo, en la franja de rostro no cubierta se perciben ajados surcos alrededor de los ojos por donde se desliza el sudor como el cauce de un río; filas de arrugas en la frente, y un ceño fruncido. La señora debe tener unos setenta años. 

No resulta extraño hallar en los últimos tiempos en Cuba a “buzos”, sujetos sumergidos en los vertederos con esa máxima japonesa de que la basura de uno constituye el tesoro del otro. Cuando tropiezo con dicho fenómeno siempre me da un pequeño dolor, aquí, en el lado izquierdo de la humanidad. Ante la alta ocurrencia del hecho, uno no se acostumbra, pero sí lo entiende como parte de una triste cotidianidad. 

De la señora me sorprendió que, incluso, arrastrada a hurgar en la sombra del prójimo, tratara de no perder su dignidad; como si el trabajo más aberrante conllevara un mínimo respeto por uno mismo y la labor en sí. También me hizo preguntarme si toda esa ropa, además de cuidar la higiene, no sería también para no ser reconocida ¿Intentaría escapar del ojo público? 

Ella tal vez arribe a su casa con su saco repleto de artículos desechados. Tome una larga ducha; quizás no larga ni ducha, pero sí cargue agua en cubos y con un jarrito se la eche encima y así se purifique de sudores y hedores. Luego, con una bata de dormir, se acomode en el portal a darse sillón para esperar la llegada de la corriente. Con cada balanceo del mueble olvidará un poco la jornada.

Colocó el control remoto en donde estaba. Siguió en su búsqueda y cuando levanta un pulóver con varios agujeros de balas polillas, se percata de mi presencia. Avergonzada por la forma en que la observo baja la mirada, aunque luego levanta la vista y me enfrenta de tú a tú. Avergonzado bajo la mirada y sigo mi camino. 

Como la señora, con su ropaje de espantapájaros, existen miles de cubanos que enfrentan graves situaciones de austeridad. Entonces deben someterse a labores degradantes bajo temperaturas absurdas o arrancarse el pellejo –solo quedará de ellos las cuencas vacías de sus calaveras– en trabajos de baja remuneración para poder sobrevivir. La crisis los empuja a tales menesteres. El Gobierno de Estados Unidos los empuja y el de aquí, con las manos atadas y la mentalidad anudada, no sabe qué hacer.

II

En mi primera adolescencia consumí unas cuantas novelas de aventuras. La táctica del asedio resultaba recurrente en esas páginas. Un ejército enemigo rodeaba una ciudad y obligaba a sus habitantes a morir de hambre o rendirse. Recuerdo una escena en particular bastante repetida en cada libro: después de meses encerrados y sin suministros, los ciudadanos comenzaban a devorar el cuero de la suela de sus zapatos. 

Cuba es una isla-ciudad asediada. El mar Caribe es el foso; los farallones y el diente de perro, las murallas. Las tropas enemigas se ubican a unas cuantas millas, más o menos noventa. Los arietes ahora son económicos; las flechas incendiarias, pixeles y algoritmos; las catapultas lanzan sanciones como si de grandes pedruscos se trataran. 

Incluso con el cambio de estrategia y armamento, los habitantes de la Isla pronto se alimentarán de sus zapatos. Los pondrán en la vajilla fina de la abuela, los sazonarán con un poco de sal, si les alcanza el salario para comprarla. Lo sostendrán encima del plato y al pincharlo con el tenedor y luego con el cuchillo cortarán un jugoso filete de suela. 

El bloqueo –sinónimo de asedio– de Estados Unidos contra Cuba se inició décadas atrás, más o menos cuando se fundaron los Beatles. Con los años, ha arreciado o aflojado según la administración del país norteño. En la actualidad, bajo el mandato de Trump, se halla en un punto álgido. Existe más ensañamiento ahora que en la época del conservadurismo hollywoodense de Reagan o el de la adicción de inyectarse petróleo en vena de Bush hijo. Esto no es una guerra ya, sino una masacre. 

Desde la segunda llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, han escalado las políticas de asfixia contra el pequeño país caribeño. Ello se agravó con la elección de Marco Rubio como secretario de Estado; descendiente de emigrantes de la mayor de las Antillas –no habrá peor bestia que la de tu propia camada–, ha basado gran parte de su carrera política en la agenda anticubana.

Luego de la extracción de Nicolás Maduro y la posterior convección al panamericanismo de Venezuela, Trump prometió que la siguiente nación socialista en caer sería Cuba. Sin embargo, según los parámetros lucrativos de la modernidad, no somos una tierra rica. Al contrario de la Patria de Simón Bolívar y Doña Bárbara, no ostentamos crudo o, como otras naciones, no representamos una amenaza geopolítica; aunque según asevera el Pentágono, sí. La primera potencia nuclear del mundo al parecer es un poco asustadiza. 

Por ello, imagino yo, no han atacado directamente como sucedió en Venezuela. Resulta más lucrativo y más astuto lanzar medidas y medidas como la Orden Ejecutiva 14404 del primero de mayo –al igual que huesos con algún resto de carne– para mantener contento al lobby cubano-americano antes de desgastarse en una intervención militar. Bajo dicha égida, han impuesto restricciones y restricciones: un cerco energético el cual ya supera el medio año y trabas a diferentes empresas y consorcios. Casi todos los meses suman cinco o seis de estos últimos a sus listas negras. 

Por ejemplo, según una nota publicada en el medio Cubadebate, a mediados de julio se vedaron las siguientes entidades: Ministerio de Turismo, Grupo Empresarial de Transporte Marítimo Portuario (GEMAR), Organización Superior de Dirección Empresarial Caudal S.A. (CAUDAL), Grupo Empresarial de Comercio Exterior (GECOMEX).

Todas ellas de una manera u otra intervienen en la obtención de recursos imprescindibles como combustible, alimentos, medicamentos y otros productos de primera necesidad. Emplean como justificación que dichas organizaciones ayudan a enriquecer al Gobierno cubano y a los dirigentes. Esto, inclusive, puede ser cierto o no, aunque huela demasiado a la brea de las flechas incendiarias de la propaganda; sin embargo, al final los más afectados son personas como la señora de la basura con una camisa de cuadros azules bajo el sol de un verano inmensamente cruel.

III

Si no me muevo, no sudo. Estaba tirado en la cama. No soportaba el calor. Creía que el techo en vez de techo era el cristal de aumento de una lupa. Alguien allá arriba dirige los rayos de sol contra la placa de la casa y ellos se concentran y caen en mí. El pobre ventilador recargable no puede hacer nada con su fresco cobarde. Pronto me evaporaría. 

Llamaban desde la puerta del patio. Me levanté con pereza y mientras arrastraba las chancletas me dirijo a averiguar quién era. El niño detuvo los gritos cuando aparecí. “¿Señor, quiere empanadas hoy?”, me preguntó. Lo observé a través de la reja. Poseía una constitución fornida; los ojos grandes y brillosos y el cabello en punta, con ese pelado llamado “los pinchos”, el cual tanto se usó en mi adolescencia. No debe superar los nueve años. Lo delata su postura desequilibrada, cómo juega nervioso con sus manos y la voz aguda. 

Todas las tardes, él sube las escaleras hasta la casa para ofrecerme empanadas de guayaba. Su madre las cocina y él las vende. Casi siempre le compro, aunque no me interese. Es mi modesta manera de ayudar. Nunca le he preguntado qué hace un rapaz de vendedor ambulante y sobre todo con estas piedras tan calientes que rajan el sol. En vez de ir hogar por hogar del barrio con sus dulces, debería estar a la sombra del guayabo del patio con un libro en la mano, o en la playa haciendo ángeles en la arena o jugando fútbol con una portería armada con dos latas. 

En el vecindario se comenta que vive solo con la madre y un hermano más pequeño. El único salario no alcanza para mantener a los tres; entonces siendo el mayor de los hijos, debe ayudar a obtener ingresos. Es muy triste, pero así funciona la dinámica de muchas familias cubanas, quienes deben subsistir a pesar de los apagones, los altos precios, la devaluación de la moneda y la lupa de Dios. 

Después de mi encuentro temprano con la señora en el basurero tenía un dolor aquí, a la derecha del socialismo. Normalmente le pido dos o tres empanadas, pero esa tarde le solicité diez. Le dije que eran para una actividad del trabajo. Mentí. Necesitaba sentirme útil. En un asedio todos sufren, yo incluido; pero siempre habrá quien deba servirse en bandeja de plata sus zapatos antes que los otros.

IV

Han transcurrido casi ocho meses desde el inicio del año y siete desde el fortalecimiento del cerco norteamericano sobre Cuba. Acabó el canijo invierno del trópico y luego la exigua primavera. Llegó el verano con sus látigos de luz. 

El calor excesivo aumenta el déficit eléctrico, porque las máquinas sufren más para funcionar y las personas en la primera oportunidad se refugian detrás de los aires acondicionados y ventiladores, se dispara el consumo y entonces la poca energía alcanza para menos aún. Las epidemias se multiplican en el estío con la proliferación de mosquitos y vertederos. Entramos en un ciclo de malvivir aún más agresivo que en otras estaciones del año. 

Mientras tanto, desde Washington aumentan los arietes. Incluso, en un alarde, propio de los supuestos vencedores, donaron cien millones de dólares, los cuales gestionaría la Iglesia Católica. No es caridad, sino una broma macabra. Al final, no arrodillarán la ciudad-Isla a golpe de desgaste.

Nosotros, los cubanos –la señora digna entre los desperdicios, el niño de las empanadas– seguimos ahí, entre el olor fétido, la pobreza de ánimo y las tentaciones de engullir cuero.

CTXT  DdA, XXII/6432

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