Lucio Martínez Pereda
En 1998 el Partido Popular y la prensa española de derechas descubrieron que los derechos humanos podían ser una herramienta de propaganda política. Aznar visitó entonces la casa natal de Federico García Lorca, acompañado de Ana Botella. Al día siguiente, el diario ABC titulaba a toda página: «Aznar: Hoy todos somos Federico».La frase convertía a Lorca en una figura abstracta, despojada de su biografía política, de sus compromisos, de la violencia que lo asesino. Federico podía ser de todos siempre que dejara de ser, al mismo tiempo, el poeta republicano, homosexual, antifascista y asesinado por una maquinaria de terror cuyos responsables jamás fueron objeto de investigación. El muerto -una vez deshistorizado- resultaba integrable en el patrimonio propagandístico de la derecha. La operación era sencilla: apropiarse del símbolo y evacuar la historia.
Porque decir «todos somos Federico» no equivale necesariamente a reconocer por qué Federico fue asesinado, puede significar lo contrario: convertir su muerte en una desgracia meteorológica, en una fatalidad sin verdugos ni cómplices. Se trataba de intentar construir un artificio sobre la desaparición de las diferencias: víctimas y victimarios, republicanos y sublevados, perseguidos y perseguidores reunidos en una misma fotografía.
Así, el asesinato deja de ser asesinato y adquiere el estatuto de desgracia nacional. Una tormenta histórica. Un exceso de pasión colectiva. Una inclemencia de aquellos tiempos. Y como sucede con las catástrofes meteorológicas: no hay responsables, sólo mala fortuna; no hay una violencia política organizada, sino una abstracción llamada “la Guerra”; no hay verdugos, sino un país entero sumido en una especie de extravío simétrico.
La fotografía de 1998 aspiraba a producir esa simetría retrospectiva. Víctimas y victimarios, republicanos y sublevados, perseguidos y perseguidores debían caber, en el mismo álbum familiar de la Transición. El procedimiento era de una eficacia notable: se igualaba a todos ante un Federico convenientemente vacío de biografía, de política, de Historia y de cadáver.
NUEVA REVOLUCIÓN DdA, XXII/6441

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