Los imperios nunca se rinden: se pudren; no hay imperio sin final. Tenemos la rara oportunidad de ver al imperio gringo volverse escoria cuando aún conserva un enorme poder militar. Pero ese poder no le vale. La gangrena avanza y va carcomiendo el cuerpo que la padece. Los signos de la gangrena son Trump, Marco Rubio, Pete Hegseth, JD Vance, Kristi Noem, Rusell Vought, Elon Musk, Peter Thiel, Larry Page, Mark Zuckerberg, Bill Gates y sus numerosos congéneres. Los imperios muestran su descomposición en la corrupción de sus élites dirigentes, en el desgaste inevitable de las ideas con las que un día produjeron consensos en su rededor, en las crisis y brutalidades que su economía causa en las sociedades dominadas, y en un destino ineluctable: el que mucho abarca, poco aprieta…, los imperios anhelan con vehemencia abarcar, siempre abarcar más y más, territorios, sociedades, riquezas.
José Blanco
El Imperio romano terminó con una inflación masiva, un gasto militar que no paró de crecer, una necesidad apremiante de contar con más, siempre con más, esclavos. A esta potencia la debilitó la división política entre el Imperio de Oriente y el de Occidente; la debilitaron las guerras civiles y las intrigas palaciegas por el poder del trono. El Imperio español terminó en la bancarrota financiera, la inflación galopante provocada por la riqueza saqueada en las colonias americanas, y su participación interesada en guerras como la de los Treinta Años, que secaron sus arcas; también fue una economía parasitaria que evitó crear industrias propias confiando en un saqueo infinito del oro y la plata de las colonias; y al final la pérdida de la gallina de los huevos de oro: las colonias se independizaron. El Imperio británico murió ahogado por dos guerras mundiales que fueron su bancarrota total, al lado de los movimientos de descolonización, entre otros el de la India. Mientras el imperio se ahogaba, surgían Estados Unidos y la URSS como nuevas potencias, ambas radicalmente opuestas al viejo colonialismo de base territorial del Imperio británico. Este imperio no cesó en su intento de abarcar más y más; llegó a dominar y gobernar cerca de la cuarta parte del planeta: un intento lunático para una islita exhausta.
Allá va el imperio gringo. Con la muerte de la URSS, creyó que podía abarcar, mediante instrumentos económicos y financieros –como la estructura internacional que mantiene el dólar–, un dominio absoluto sobre el planeta entero. Creyó que con unas fuerzas armadas sin paralelo podría someter a cualquier insubordinado. Pensó que la ideología Hollywood, más su impronta industrial y su gran capacidad para innovar, dominaría por siempre. Se equivocó de medio a medio.
La ideología Hollywood es despreciada por capas cada vez más amplias de todos los continentes. La fuerza de las bombas, con sus barcos, submarinos, aviones y toda su parafernalia, van en camino de volverse chatarra. La primera gran muestra de esa tendencia es su guerra impotente con Irán. El costo mil millonario de los bombazos gringos sirve para un carajo. Su presupuesto militar no hace sino aumentar e impactar cada vez en mayor medida la deuda interna.
Las monedas son piezas decisivas en la conformación de los estados. Se sostienen sobre estructuras institucionales y legales complejas. Las monedas de los imperios tienen un rol central en el comercio internacional y, por ende, tienen un rol prominente en el juego geopolítico. La libra esterlina continuó como la principal moneda internacional años después del apogeo geopolítico de Gran Bretaña. Algo similar puede ocurrir con el dólar.
El acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudita de 1974, por el cual el petróleo se comercializaría internacionalmente sólo en dólares, duró 50 años. Ese acuerdo creó el superdólar y el mundo árabe ya no lo renovó. El dólar entró en una senda de debilitamiento, aumentada por la desconfianza internacional en los bonos del Tesoro, debido a una deuda pública federal de Estados Unidos equivalente a 122.5 por ciento del PIB. La industria, que catapultó a Estados Unidos como máxima economía mundial, está en picada. El valor añadido de la industria manufacturera como porcentaje del PIB siguió un declive secular. En los años 50, representaba entre 21 y 28 por ciento del PIB. Hoy en día, esta proporción se ha reducido a 9.5 por ciento.
En tanto, China crece y brilla. Más de un tercio de la producción manufacturera mundial se origina en China. Numerosas ciudades relucientes por su limpieza y modernidad contrastan vívamente con la decadencia y la suciedad de las ciudades gringas. Por ejemplo: Shenzhen es un centro manufacturero de innovación tecnológica de primer orden; presume su Estación Shenzhen Norte de trenes y Metro, que tiene el alucinante aspecto de una estación espacial; Nueva York, la ciudad más importante de Estados Unidos, tiene un Metro que apesta a mierda y mota.
Estados Unidos, para revivir su declinante existencia, se dispone a acabar con el comunismo: hallará lo que no existe. Rubio ha sido destacado para cazar a las izquierdas de todas partes porque son el diablo. Caput.
LA JORNADA DdA, XXII/6407

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