martes, 21 de julio de 2026

GANÓ KEYNE YAMAL


Quizá el destino de Lamine Yamal sea malgastar su fortuna y su talento entre fiestas de aduladores y novias deslumbrantes. Quizá. Pero a mí me gusta ver que la estrella de España es un chico que levantó una bandera palestina. Solo es un gesto, como lo es bailar con su hermano pequeño, Keyne Yamal. O como lo es el de Nico Williams, entregando la medalla a su madre, que tuvo el valor de cruzar el Sahara para terminar saltando la valla de Melilla.

David Pablo Montesinos

No estoy en condiciones de emitir una opinión sesuda sobre la final mundialista porque aún no he visto el partido. Digo “aún” porque tengo la grabación y supongo que en algún momento me la pondré. Pero no, no lo vi en directo.
Hay un primer motivo, y es que con eso de la tdt, la radio, movistar y los demás formatos ya no sé muy bien qué significa eso de “en directo”. Lo que puedo decirles es que durante el campeonato me he enterado de los goles de España como diez o doce segundos antes de verlos en mi pantalla, pues quienes disponen de otros canales me lo hacen saber a gritos.
El segundo es menos confesable. Recientemente mi cardiólogo me dijo que me cuidara la tensión, llámenme cobarde. Verán. Yo puedo ver perder a mi equipo sin grandes dramas, entre otras cosas porque he encajado demasiadas derrotas -futbolísticas y de las otras, que duelen más- como para ahora volverme pusilánime con una tontada tan grande como es esto del fútbol. Tuve sin embargo durante la semana el presentimiento de que pasaría lo que finalmente pasó. Bajo la excusa del “dejar jugar”, la FIFA, que lleva medio siglo pareciéndome una organización corrupta, alecciona a los árbitros para que “no se carguen los partidos”, lo cual termina beneficiando a los violentos y daña seriamente al fútbol.
Soy crítico con aquellos que confunden el fútbol con la vida. “Nuestra felicidad es efímera e ilusoria, pero ¿qué felicidad no lo es?”, he leído a una amiga argentina en estos días. Por supuesto que amamos, lloramos y sonreímos desde la pura fantasía, como cuando nos emocionamos con un poema o sufrimos el rechazo de alguien a quien queríamos. No obstante, conviene aterrizar de vez en cuando, debemos saber que el malestar de la gente está asociado a cuestiones como tener un techo, no ver a tus hijos pasar hambre o disponer de un seguro médico. Me alegró mucho el gol de Ferrán Torres, pero lo cambiaría por ver desaparecer a tipos como Trump, o puestos a mirar a la Argentina, al espantajo de Milei.
A riesgo de contradecirme voy a aprovechar el momento para decir algo que quizá haya más españoles dispuestos a escuchar en este momento, aunque solo sea porque por un rato baja el suflé de la polarización y el sempiterno encono de las dos Españas. No creo que haya que ser buena gente para ganar al fútbol, como no lo es para ser rico o para ganar Miss Universo. Pero es que este equipo que dirige un señor tan normal y sensato como Luis De La Fuente tiene la virtud de ganar exhibiendo valores admirables, como ya advertí hace dos años cuando ganó la Eurocopa. Me gusta ver la naturalidad sin excesos con la que los jugadores celebraron el título. No es ejemplar volverse loco señalando tus partes al público cuando marcas un gol, humillando a los oponentes o besando en la boca a una señora que no te lo ha pedido. Resido en un barrio donde demasiada gente vive convencida de que para sobrevivir hay que ser tramposo, duro y despiadado. Este campeonato del mundo ha derrotado esa ideología. Y quien tenga problemas de vocabulario que a esto le llame “buenismo”.
Quizá, después de todo, no vayamos por tan mal camino como nos dicen que vamos todos los días los fanáticos que han decidido que la única España que mola es la que a ellos les gusta y que un gobierno progresista es algo intolerable. Este equipo contiene vascos y catalanes, negros y magrebíes, conservadores y rojos. Un delantero que defiende al colectivo lgtbi tuvo las santas narices de saludar con evidente hostilidad a un presidente norteamericano que exhibe conductas criminales con la misma estupidez con la que no sabe apartarse de una foto donde no debe estar.
Quizá el destino de Lamine Yamal sea malgastar su fortuna y su talento entre fiestas de aduladores y novias deslumbrantes. Quizá. Pero a mí me gusta ver que la estrella de España es un chico que levantó una bandera palestina. Solo es un gesto, como lo es bailar con su hermano pequeño, Keyne Yamal. O como lo es el de Nico Williams, entregando la medalla a su madre, que tuvo el valor de cruzar el Sahara para terminar saltando la valla de Melilla.

DdA, XXII/6413

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