Félix Población
Dice el autor de este óleo sobre lienzo que invirtió más de 120 horas de trabajo pintando la imagen de Fabiana Blanco, la niña venezolana de doce años que estuvo atrapada entre los escombros que dejó el brutal terremoto de La Guaira el pasado 24 de junio, que su trabajo es una plasmación de las emociones que esparció la jovial sonrisa de la adolescente. Durante las siete horas que duró ese cautiverio, mientras los rescatadores trataban de acceder a Fabiana con su labor de desescombro y palabras de ánimo, lo que más conmovió a quienes la vieron fue esa sonrisa luminosa y la precoz calma con la que la niña asumía su situación, sorprendente a su corta edad. En lugar de miedo, angustia, desesperación o el dolor que podría provocarle su situación, lo que inspiró Fabiana a quienes buscaban liberarla fue un insólita y risueña calma, que en medio de tantísima devastación dio aliento de esperanza a muchos de los damnificados por los seísmos. Cada pincelada de esa pintura al óleo sobre lienzo persigue, según el pintor colombiano Brais Díaz, preservar esa historia para que nunca se olvide y sirva para tener en cuenta que en medio de la tragedia más profunda, la humanidad, la solidaridad y la esperanza siempre pueden abrirse camino entre las ruinas. El pintor, de nacionalidad colombiana, quizá haya considerado, en el momento de proyectar su trabajo, el recuerdo de aquella otra niña, esta de trece años y compatriota suya, cuya personal circunstancia durante otro episodio de desastre natural no tuvo tan feliz desenlace. Se llamaba Omayra Sánchez y durante 72 horas estuvimos viendo, hasta su trágico final, su cuerpo y luego su rostro sobresaliendo entre el lodo y los escombros que ocasionó hace cuarenta años en el pueblo de Armero la erupción del volcán Nevado del Ruiz que causó la muerte a 25.000 personas. También entonces, durante los tres días que se mantuvo con vida, la valentía y dignidad de Omayra hablando con los periodistas fueron ejemplares por su espíritu de lucha y conmovieron a cuantos tuvieron noticia de esta lección de vida con la muerte anunciada, por no haber imposibilidad alguna de rescate. Una vez fallecida Omayra, su madre quiso que fuera enterrada en el mismo lugar en que perdió la vida para que no se le amputaran las piernas. Ahora el lugar recibe la vista de miles de personas y representa a los 8.000 menores que perecieron víctimas de la erupción del volcán. No queriendo herir el cuerpo de su niña muerta, la madre de Omayra la hizo inolvidable, como el pintor colombiano ha pretendido con la sonrisa de Fabiana plasmada en su lienzo.
DdA, XXII/6398


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