" Si la derecha nos criticó con dureza desde el inicio, la izquierda más radical tampoco nos dio tregua, escribe mi estimado Paco Abril, uno de los organizadores de la primera Semana Negra de Gijón, celebrada en el puerto de El Musel. Llegaron a circular pasquines con nuestras fotos acusándonos de despilfarrar dinero público. Una pintada sentenciaba: «Trabajadores en lucha contra el enchufismo y el despilfarro de la Semana Negra y por la creación de empleo”. Recibí llamadas anónimas insultantes a altas horas de la madrugada, y hasta fui abordado de manera violenta en el café San Miguel acusándome de beneficiarme de todavía no sé qué. Fue un acoso brutal que casi acaba en derribo".
Paco Abril
Igual que le ocurrió muchas veces, al tratar de hacer una síntesis descubría cosas que no sabía.
Pedro de Silva, Una semana muy negra.
La Semana Negra no surgió por casualidad. Su nacimiento explica, en gran medida, su desarrollo posterior. Conocer esa historia, sin mitificaciones, resulta imprescindible para entender su evolución.
Rebobinemos la película. Vayamos al principio, al año 1987. Puedo relatarlo en primera persona porque formé parte del parto y del reparto. Lo que sigue no es, no puede serlo, una historia definitiva, sino el relato documentado de cómo viví desde dentro su surgimiento.
En el verano de ese año llegó a Gijón, procedente de México, donde residía, el escritor Paco Ignacio Taibo II. Venía con la intención de realizar el IV Encuentro de la Asociación de Escritores Policíacos, de la que era vicepresidente. Los anteriores encuentros, sin montajes a su alrededor, se habían celebrado en La Habana, México y Crimea.
Tini Areces, entonces alcalde de la ciudad, fue quien hizo posible que la reunión de escritores, que quería presentar envuelta en un festejo rompedor, se celebrara en Gijón. Sin su decidido respaldo no se habría conseguido. Ofreció la ciudad para acoger a los autores del género negro, frente a la posibilidad, muy viable, de que el encuentro se llevara a Barcelona, con el apoyo, sobre todo, del novelista Manuel Vázquez Montalbán.
El Musel como escenario idóneo de este evento fue una idea del escritor Juan Cueto y del diseñador Chus Quirós. Cueto lo relata en «Callejón sin salida», un artículo sin desperdicio, publicado en el hoy casi inencontrable (a no ser en el Archivo Municipal), número cero del periódico A quemarropa. Cueto empieza diciendo: «Yo no sé cómo se escribe una novela criminal, pero juraría que en el principio de todo es el escenario». Después de hablar del cambio de rumbo de la novela criminal iniciado por Raymond Chandler, argumenta:
«Resulta que (Chus Quirós y yo) teníamos un impresionante escenario para el género, de escala faraónica, es decir hollywoodiana, pero nos faltaba el resto del género... Cada vez que atravesábamos la frontera del puerto de El Musel repetíamos lo mismo: aquí hay que hacer algo. Era un escenario en busca de autores. Los fantásticos platós de El Musel exigían la película correspondiente. Y la película, en buena lógica escenográfica, en puro rigor hard, sólo podía ser una negra».
Más adelante añade: «Una lluviosa tarde de agosto nos encontramos con dos amigos que arrastraban el problema contrario. Porque Paco Ignacio Taibo junior y Silverio Cañada sénior no tenían justamente lo que a nosotros nos sobraba. Tenían personajes y guión, un excelente puñado de novelistas criminales y el encuentro de escritores del género, pero no sabían dónde meterlos».
Juan Cueto no solo encontró «el lugar» por excelencia, sino que lo fundamentó en una idea muy suya: pensar en lo global actuando en lo local, anticipando lo que el llamaba pensamiento «glocal».
Una vez decidido que la reunión de escritores criminales se realizaría en El Musel, quedaba lo más importante: llenar ese apabullante escenario. Ya teníamos un inmejorable contenedor; ahora había que llenarlo de contenido.
A finales del verano de 1987, el entonces director de la Fundación de Cultura, Jorge Fernández León, me anunció que, como Coordinador de Bibliotecas, tenía que formar parte del equipo organizador del encuentro de escritores. Traté por todos los medios de eludir el encargo. Estaba metido de lleno en la creación de la Red de Bibliotecas Municipales y este «chollo» suponía una dedicación casi plena.
No sé cuántas veces me repetí la frase de un genial relato corto de Herman Melville: «Preferiría no hacerlo». De nada valieron mis excusas.
La organización de aquella movida, que aún no tenía nombre, se asentó en el otoño de 1987 al constituirse dos comités: uno organizador, con representantes de las más diversas instituciones, presidido por Juan Cueto. El otro, el comité ejecutivo, el de los currantes que tenía que armar todo el tinglado, estaba formado, en principio, por Humberto Fernández, Avelino R. Miravalles, Paco Ignacio Taibo II, Manolo Cuervo y un servidor. Nada más empezar nos quedamos en un quinteto de tres: Taibo regresó a México y no volvería hasta la primavera. Manolo Cuervo (excelente crítico de cine) se retiró a las pocas semanas.
Nuestra misión consistía en encontrar una salida al enorme «callejón sin salida» de El Musel. Aquel espacio parecía imposible de convertir en el gran plató que pretendía Juan Cueto, sobre todo si teníamos en cuenta el exiguo presupuesto del que disponíamos.
Al principio, apenas sabíamos cuáles iban a ser nuestras funciones como comité ejecutivo. Pronto nos dimos cuenta, un tanto alarmados, de que lo que se nos pedía era, nada más y nada menos, que concebir aquel proyecto desde cero y dotarlo de contenidos.
Asumido el pequeño detalle de que sólo éramos tres personas para poner a rodar aquella película criminal, nos olvidamos de lo imposible de la tarea y nos pusimos manos a la obra.
Cada cual tenía su cometido. Si no recuerdo mal, a Humberto le tocó impulsar un ciclo de cine negro, coloquios en un auténtico ring de boxeo, gestionar los chiringuitos, las actuaciones musicales y las exposiciones. Avelino asumió la complicada tarea de gestionar los viajes de más de sesenta escritores venidos de todo el mundo, ocuparse de las atracciones y de organizar el «Tren Negro«, que traería a todos los escritores desde Madrid hasta Gijón.
A mí me correspondió la comprometida tarea de elaborar los contenidos. Cada propuesta presentada fue debatida y valorada de manera rigurosa y eficaz. No hubo problema alguno en preparar una Feria del Libro Criminal, pues resultaba casi lo único que figuraba en el guión previo. Pero sí me costó que se aceptara la propuesta de elaborar un periódico propio y que, para colmo, se titulara «A quemarropa». Nadie veía su necesidad. Tampoco que se trajera un circo que por la tarde ofreciera un espectáculo para todos los públicos, y, por la noche, se convirtiera en la gran sala en la que podrían actuar orquestas como la Pasadena. Fue arduo, asimismo, convencerlos para que en ese escenario se representaran cada día acciones teatrales que dirigiría Jaroslaw Bielski con guiones de Maxi Rodríguez. O que un mago, Luis Arza, realizara sus sorprendentes trucos entre el asombrado y maravillado público asistente.
Resultó muy difícil. Nos enredamos en las dudas, pero se consiguió.
Y no puedo olvidarme del grupo de diseñadores Blu (formado por Montse, Ana, Pablo y Poppy), creadores de la imagen de la Semana Negra que todavía se mantiene, ni de decoradores dirigidos por Chus Quirós que trataron de convertir El Musel en Chinatown.
La idea no consistía solo en celebrar un encuentro de escritores de novela policiaca —ya de por sí interesante—, sino de transformar durante unos días El Musel en un inmenso decorado de película negra: un Chinatown del Cantábrico poblado de detectives, contrabandistas, boxeadores, periodistas, feriantes, actores, libreros, artesanos, hosteleros, músicos y escritores llegados de medio mundo.
El pintor Úrculo fue el encargado de realizar el cartel del acontecimiento. Las grandes letras blancas que todavía anuncian este evento, y la emblemática figura de un hombre corriendo, inspirada en un personaje interpretado por el actor Richard Widmark, fueron también obra de aquel magnífico equipo de diseño.
A principios del año 1988, nos tocó a Avelino y a mí presentar la Semana Negra en Madrid. Llevábamos la primera mascota, que habían confeccionado en La Coruña el colectivo llamado Barriga verde.
No puedo dejar de mencionar un asunto, en esta apretada síntesis, al que todavía no he encontrado una explicación satisfactoria: los desmesurados ataques que se desataron contra la primera Semana Negra nada más anunciarse su celebración. No nos dieron respiro. La crítica fue constante, sobre todo desde la prensa local. Ahí están las hemerotecas para comprobarlo. Como botón de muestra traigo a colación uno de los más corrosivos artículos que se han escrito en Gijón contra un acontecimiento festivo-cultural. Se titula «Poisonville», cuya traducción es «ciudad ponzoñosa». Es el nombre de la ciudad que aparece en la novela Cosecha roja, de Dashiell Hammett. Lo firma J. M. Ceinos. Se publica en el diario El Comercio. Entresaco alguno de sus párrafos:
«Convertir a Gijón en la capital cultural de la cornisa cantábrica consiste en ofertar a la ciudadanía un aluvión de actividades que, bajo la apariencia de cultura, esconden, tras una carcasa inmejorablemente presentada, la nada, el vacío». Y sigue: «En Gijón, la cultura oficial, que no la real, es un plato aderezado con nepotismo, con presunción y con proyectos faraónicos». Y profetiza sin temor a equivocarse: «Cuando todo este montaje acabe, sólo quedarán las páginas amarillas de los periódicos como testigos mudos de que Gijón ha sido la «Poisonville del Cantábrico».
Si la derecha nos criticó con dureza desde el inicio, la izquierda más radical tampoco nos dio tregua. Llegaron a circular pasquines con nuestras fotos acusándonos de despilfarrar dinero público. Una pintada sentenciaba: «Trabajadores en lucha contra el enchufismo y el despilfarro de la Semana Negra y por la creación de empleo”.
Recibí llamadas anónimas insultantes a altas horas de la madrugada, y hasta fui abordado de manera violenta en el café San Miguel acusándome de beneficiarme de todavía no sé qué. Fue un acoso brutal que casi acaba en derribo.
Tampoco conseguí que ningún periodista, y fueron por lo menos cuatro a los que se lo propuse, quisiera dirigir el periódico «A quemarropa». Así que acabé dirigiéndolo yo mismo. Conté para ello con la inestimable ayuda, entre otros, del bibliotecario, escritor y editor Carlos González Espina.
Lo que no consigo explicarme es el silencio o la complacencia posterior de los que fueron tan beligerantes con la organización de aquella primera Semana Negra.
Pero demos marcha atrás a la película: cuando Taibo II volvió a Gijón uno o dos meses antes de la inauguración. Lo veíamos ir de asombro en asombro, alabando sorprendido todo lo que habíamos conseguido preparar durante ocho meses casi sin respirar.
La estructura de la primera Semana Negra estaba ya terminada. El programa cerrado, el periódico a punto de imprimirse, los espacios definidos, la organización en marcha… Las ediciones posteriores se asentaron sobre los cimientos de aquel modelo inicial.
Las casi cuarenta ediciones posteriores, son otra historia, una historia que necesita ser contada para entender a fondo un acontecimiento cultural rupturista y novedoso que, con sus luces y sus sombras, ha tenido una importante repercusión en Gijón y en el «mundo mundial», como diría Manolito Gafotas.
La más demoledora crítica de aquella primera «folixia oscura», ya se dijo, apareció en el diario local, pero también ese mismo diario publicó ¡la más halagadora! Apareció firmada nada menos que por Till, seudónimo usado por Francisco Carantoña, que fue, durante más de cuarenta años, director de El Comercio. Pocos escritores han tenido una influencia tan grande en la ciudad. Leamos su «crítica elevadora»:
«De todo el programa del primer tercio del verano, el festejo más sonado ha sido la Semana Negra, con múltiples facetas, pues ha reunido aspectos gremiales, académicos, espectaculares, de fomento marítimo-literario, y hasta tuvo clases prácticas agonístico-delictivas. Bromas aparte, hay que reconocerle a la Semana Negra que ha tenido un equipo organizador experto en llamar la atención, lo cual no es un defecto, desde el punto de vista del fomento estival, y hasta cabría pensar que si se le encargase la organización de una Semana de Asturias, a primeros de agosto, el desfile que ahora languidece superaría a los carnavales de Río».
Resulta difícil encontrar un reconocimiento mejor para ese gran trabajo colectivo que supuso poner en pie aquella Primera Semana Negra y convertir a Gijón, por unos intensos días, en el Chinatown del Cantábrico. Y así, en aquel «callejón sin salida» comenzó una de las aventuras culturales más singulares de la España democrática. Como decía Juan Cueto: «Esos son los buenos callejones, muchacho. Porque la única cultura viva que conozco es la que te puede matar».
DdA, XXII/6414

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