jueves, 30 de julio de 2026

CONCHILLA LA DEL PERNALES, ULTIMA AMANTE DEL BANDOLERO ANDALUZ

 


Fotografía difundida hoy en facebook

Félix Población 

Los de mi generación, o al menos quien esto escribe como integrante de la que fue niño en los cincuenta y sesenta del pasado siglo, siempre que tenemos oportunidad de observar imágenes como la que quedó impresa en esta fotografía, tenemos en cuenta que el periodismo propio de aquella época formó parte de la vida cotidiana de la generación de nuestros abuelos

Esto quiere decir que por antiguas y hasta violentas que nos parezcan instantáneas como esta publicada en los periódicos, formaron parte de la vida más joven de quienes nos dejaron en nuestra infancia y no están tan lejos en la historia de este país, nuestro, teniendo en cuenta, además, lo que el pasado siglo representó para la historia de España con la crudelísima guerra de 1936 y la subsiguiente dictadura como periodos regresivos. 

La fotografía (retocada) la publicó el diario ABC en su edición sevillana en los primeros días de septiembre de 1907 y corresponde a la exposición pública en la plaza de Villaverde de Guadalimar (Albacete) del cadáver (1) de quien es considerado el último bandolero romántico, Francisco Ríos González (Pernales), y el de su compañero Antonio Jiménez Ramírez (Niño de Arahal), ambos sevillanos, nacidos en 1879 y 1881, respectivamente. (Hablando de periodos regresivos, este tipo de exposiciones intimidatorias que servían para amedrentar a la población, se recuperaron con frecuencia durante los primeros años de la dictadura franquista, cuando el régimen ejecutaba a los guerrilleros republicanos que se emboscaban en los montes).

La cuadrilla de Francisco Ríos, que actuaba tanto en Andalucía como en La Mancha asaltando cortijos y robando a hacendados y terratenientes, ganando entre el pueblo fama de generosidad hacia los  pobres, estaba formada por Antonio López (el Niño de la Gloria), Juan Muñoz (el Canuto) y Antonio Sánchez (el Reverte), si bien al comienzo El Pernales fue un bandolero solitario, casado y con fama de mujeriego.

El Pernales y el Niño de Arahal fueron abatidos el 31 agosto de 1907 en una emboscada de la Guardia Civil en la Sierra de Alcaraz*, cuando pretendían huir de Andalucía, dejando atrás su vida de forajidos obligados por la miseria en la que nacieron y emprender desde Valencia rumbo a América, tierra de promisión para tantos y tantos españoles entonces y muchos años después. 

La eliminación de los dos bandoleros, por lo mucho que incomodaban a las autoridades, fue muy celebrada por el ministro de la Gobernación, Juan de la Cierva. La autopsia demostró que un disparo en la ingle había roto la femoral de Pernales y otro disparó en el corazón acabó con la vida de su compañero. Cinco personas identificaron los cadáveres, dando por cierto que se trataba de los dos bandoleros, si bien dos de ellas no estaban seguros pues no tenía Pernales el mechón de pelo que llevaba siempre sobre la frente. 

Se cuenta que en Valencia esperaban a Pernales su amante Concepción Fernández Pino (Conchilla la de Pernales) y la hija de ambos, un bebe de pocos meses. La historia tiene trazas de guión cinematográfico: "La joven aguardaba ansiosa verle aparecer cuando escuchó en las calles el grito de los vendedores de periódicos que voceaban la muerte de «el Pernales». Sintióse totalmente desamparada y estuvo todo un largo día sin saber qué hacer. Al fin decidió regresar a El Rubio, aunque no había tenido contacto alguno con sus padres desde la mañana en que huyó con el bandido. Hizo el viaje en ferrocarril hasta Puente Genil y allí encontró a un arriero que por tres pesetas le llevó a El Rubio. Llegó al anochecer del miércoles 4 de septiembre. Su presencia en el pueblo con una niña de poco más de un mes produjo el natural revuelo. Halló refugio, como esperaba, en casa de sus padres, y el párroco don Ángel González Valencia se ofreció desinteresadamente para cristianar a la hija del bandido al día siguiente. Brindóse para madrina una señora viuda llamada doña Isabel Jardón García, natural de Osuna, quien costeó todos los gastos del acto. Recibió por nombre el de Juana Isabel Cristina, hija natural de Concepción Fernández Pino".

No terminarían aquí las tribulaciones de Conchilla la de Pernales, pues el juez de instrucción de Écija, encargado de los asuntos relacionados con el bandolerismo, ordenó la detención de la joven madre, para lo que requirió contar nada menos que con nueve guardias civiles y dos cabos, como si fueran a enfrentarse a la misma cuadrilla de su amante: "Este exagerado alarde de fuerza para conducir a la cárcel de Écija a una desgraciada e indefensa mujer, que ningún delito había cometido, indignó a no pocos, y la prensa se hizo eco de ello con las lógicas censuras".

En el momento de la detención se la intervinieron una serie de alhajas, procedentes todas ellas de los regalos con los que la obsequiaba el bandolero: "unos pendientes de oro con nueve brillantes cada uno, los cuales llevaba puestos; un alfiler de plata en forma de guitarra y unas arracadas hechas con monedas de plata de a peseta. En el dedo anular de la mano izquierda, vuelto, como queriendo ocultarlo, llevaba un grueso anillo de oro con las iniciales F.R. (Francisco Ríos). También le fue ocupado un lío de ropa que permanecía aún atado, tal como lo trajo de Valencia. Contenía tres camisas de hombre, tres calzoncillos blancos y algunas prendas de mujer de escaso valor. Cuidadosamente liado en una de ellas apareció un mechón de pelo rubio oscuro. ¿Era el famoso tupé de «el Pernales», que dos de las personas echaron de menos en la identificación? Puede ser. Tal vez le fue entregado por el bandido como prenda de amor la noche en que conoció a su hija y se vieron por última vez en aquel caserío, junto a la estación de Cabra".

En la cárcel de la localidad de El Rubio, antes de salir para la de Écija,  Conchilla se encontró "con una arrogante morena, no mayor de veinte años, también detenida el día anterior y que llevaba su mismo destino. Se trataba de Encarnación Ruiz Vargas y era la viuda de Antonio López Martín, «el Niño de la Gloria», activísimo elemento de la cuadrilla de «el Pernales» que fue muerto, cerca de Villafranca, en el mes de mayo. Hasta entonces no se habían conocido. Ahora la desgracia las unía y juntas caminaron esposadas, entre civiles, para responder de no se sabe qué cargos, hacia Écija, la noble ciudad del sol".

"Digamos, como final -según leemos en el recomendable libro del que extraigo la información y del que es autor Luis Joaquín Bermúdez López Francisco Ríos, El Pernales, realidad y leyenda del bandolerismo español,  que en los años que siguieron a la muerte de «el Pernales», las gentes de los campos, impresionables e imaginativas, comenzaron a airear una noticia que, por lo que tenía de insólita, se extendió  pronto por toda Andalucía. Decíase con insistencia que el muerto de la sierra de Alcaraz no fue el famoso bandido, sino un anónimo malhechor a quien las autoridades adjudicaron aquella personalidad para así encubrir los repetidos fracasos de sus campañas de persecución y justificarse ante el país. Aseguraban que «el Pernales» había marchado a Méjico, con nombre supuesto, como uno más de la cuadrilla de Antonio Fuentes, dueño de la finca la Coronela, en la que dos habían tenido ocasión de verse algunas veces. Luego se dijo que, rayando en la treintena, había muerto, oscuramente, en aquel país hermano, de una vulgar pulmonía".

En el citado libro, ciertamente, se hace responsable a la imaginación del pueblo andaluz, que ante la figura del Pernales había sentido tantos temblores como admiraciones, de que  el bandolero siguiese viviendo muchos años después de su muerte en la narrativa oral que inicia y nutre la leyenda, de la que en este caso nos ha interesado subrayar como titular las penalidades que para la amante del bandolero supuso seguirle con la intención de vivir juntos allende la mar Océano. Me parece lo debido al último bandolero romántico.



*Leo que en el término municipal de Villaverde de Guadalimar se encuentra la llamada Cruz de Pernales, que recuerda la muerte de los dos bandoleros, pero la tumba de ambos se encuentra en el cementerio de la citada localidad, sin que falten en ella las flores cada año en la fecha de su muerte. Personalmente desconozco si este extremo forma parte de la realidad o la leyenda, por si alguien de esa zona geográfica me lo puede puntualizar. Las flores que aparecen junto a la lápida, que identifica a los dos bandoleros y la temprana edad de su muerte, parecen de plástico.

DdA, XXII/6422 

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