Juan G. Bedoya
Aviso a los fanáticos que desprecian los hechos y detestan las razones: me alegra la visita de León XIV, y que se esté desarrollando en olor de multitudes. Ninguna sorpresa. No hay en el mundo líderes que conciten tantos seguidores e igual entusiasmo. Gran parte de mis amistades son cristianos; gusta verlos estos días de muy buen ánimo. El lema de la visita apostólica se lo pide: “Alzad la mirada”. Los obispos la han tomado del Evangelio de san Juan (4, 35). Invita a alegrar los corazones porque han sido superadas amarguras del pasado. Y más adelante denota un estado de ánimo: “Os envío a segar lo que no trabajasteis; otros lo trabajaron y vosotros os aprovecháis de su trabajo”. Sinceridad bíblica.
Con la visita de León XIV, los obispos buscan espantar disgustos. Por fin, un papa. La negativa del anterior a visitarles ahondó desprestigios. En 12 años de pontificado, Francisco visitó 69 países. ¿Por qué se negó a venir a España? Los motivos eran clamorosos. No entendía que la Conferencia Episcopal execrase la Ley de Memoria Democrática. El disgusto tenía que ver con sus vivencias en Argentina, donde aún se busca a miles de personas desaparecidas a manos de la dictadura. En España también son miles. “Una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos”, proclamó.
Le irritaba, además, la actitud displicente de la mayoría de los prelados en el combate contra la pederastia eclesial, pero también su afán de riqueza inmatriculando (registrando a su nombre por cuatro perras) decenas de miles de bienes del pueblo, incluida la Mezquita de Córdoba. Francisco lo tomó como una espantosa desviación del Evangelio. Quería una Iglesia que oliera a oveja, pobre para los pobres, misericordiosa. Me pregunto qué pensaría ante la exhibición de privilegios y dineros desplegados para rendir pleitesía a su sucesor. El cristianismo es, en su origen, un culto a la personalidad, pero abruma el exhibicionismo con que se anuncia que hay ricos que pagan un millón por reunirse con León XIV. Cuesta creerlo. Imagino al papa argentino preguntándose qué diría Jesús estos días si visitase Madrid. Jesús no habría entendido nada.
Entre tanta parafernalia, escandaliza el empeño de la Conferencia Episcopal en lograr que León XIV entrase triunfante al Congreso a predicar a su gusto. Digo predicar; es el término correcto. El Papa está en España “en visita apostólica”. Es decir, acudió a la sede de la soberanía popular como apóstol, como enviado del Evangelio, no como jefe de un Estado, el Vaticano, que no es precisamente un modelo del que presumir: autocrático, sin algunos derechos humanos elementales (¡ay, las mujeres, cuánta marginación!), y al mando de una persona que se dice infalible y posee todos los poderes, sin oposición. Modelo para armar, titularía Julio Cortázar.
Los obispos han logrado que las Cortes y el Gobierno aceptasen tan insólita petición. Gran triunfo, pero envenenado de raíz. “La Conferencia Episcopal confirma que ha hecho una solicitud a las presidencias del Congreso y del Senado para una sesión conjunta con el Papa, por indicación de la Santa Sede”, informaron el 26 de febrero. Y llegaron a aludir a la enormidad de que el Papa presidiría una sesión conjunta con el Senado. Resultaba difícil que las Cortes y el Gobierno aceptasen la petición. Y ha ocurrido. A Constantino, por reconocer al cristianismo en Nicea como religión oficial del Imperio, lo premian desde entonces con el apelativo del Apóstol 13. Alguien quisiera ahora que a Pedro Sánchez lo apodaran ahora el Apóstol 14. Ya se hacen bromas.
En un Estado aconfesional como el español lo decidido es una humillación como la de Canosa. Peor aún. La Constitución solo alude explícitamente a la sesión conjunta de ambas Cámaras para determinadas competencias no legislativas de las Cortes relacionadas con la Corona.
Un Estado aconfesional no debería prestar su púlpito a ninguna fe. El precedente de León XIV rompe las costuras laicas. Mañana, ¿por qué no invitar a las Cortes a un gran imán o a los líderes protestantes? ¿Por qué no un discurso del Dalái Lama? No hay religiones de primera y de segunda. No vale decir que es “solo un gesto”. En democracia, los gestos son arquitectura institucional.
EL PAÍS DdA, XXII/6374

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