Ana Cardo
A este mapa hecho de raíces y ramas de olivo, las que arrancan con frecuencia los colonos israelíes con el amparo de su gobierno para desarraigar al pueblo palestino, lo acompañaban unas frases a modo de pie de imagen: "Puedes redibujar las líneas en un mapa, pero ¿puedes alguna vez desarraigar realmente una historia que ha crecido profundamente en el suelo? ¿Se define una nación por sus fronteras modernas o por sus raíces antiguas?". El 10 de abril de 1948, tras la masacre de Deir Yassin, en la que milicianos sionistas de extrema derecha asesinaron a más de un centenar de palestinos entre los que había mujeres y niños, Albert Einstein escribió una carta en la que responsabilizaba tanto al gobierno británico como a las organizaciones armadas sionistas de cualquier futura catástrofe en Palestina. Aunque Einstein apoyaba la idea de que Palestina sirviera como refugio para los judíos perseguidos, rechazó la noción de un estado basado en la supremacía de un grupo sobre otro. Creía que el nacionalismo étnico y la violencia política conducirían inevitablemente a la injusticia, la discriminación y a un conflicto interminable. La realidad actual refleja sobradamente -máxime en los últimos años- no sólo los peligros de los que Einstein advirtió sino el balance de destrucción y muerte que el Estado de Israel ha perpetrado contra el pueblo palestino. Las raíces de ese mapa de olivares no han dejado estar mojadas por aquella primera sangre que comenzó a empapar la tierra palestina hace 78 años, en una pequeña aldea próxima a Jerusalén, y que quizá Einstein no imaginara entonces hasta tal grado de barbarie (genocidio) como la perpetrada contra la Franja de Gaza a partir de octubre de 2023.
DdA, XXII/6374

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