Marta Marco Alario
Me van a llamar loca por advertir
el regreso del "rojos" y la llegada del "zurdos"
que creíamos enterrados bajo la cal húmeda de la Historia.
La semántica del odio circula ahora por las aulas
como una enfermedad mal curada.
No está en las gargantas viejas de los pollagrises rancios y desdentados de memoria selectiva;
ahora está en la boca impecable de los jóvenes.
Criajos que confunden pensamiento con algoritmo,
que han aprendido la "política"
en la cloaca radiactiva de internet,
entre hombres que monetizan la frustración de adolescentes que no tienen dónde caerse muertos,
y convierten la crueldad en una estética deseable.
Repiten consignas con la misma convicción hueca
con la que , en otros siglos, levantaron hogueras.
Llaman “guarros” a quienes aún creen en lo colectivo.
Dicen “rojos” como quien escupe sobre una tumba
cuyo nombre desconocen.
E ignoran. Lo ignoran todo. El algoritmo ha elegido al nini. Al que enterró al padre muerto por sobredosis. Al que tiene a su madre enrejada.
El algoritmo fascista sabe perfectamente a qué crío ata.
Ignoran el peso específico del miedo.
Ignoran lo que significa
que una palabra deje de ser una palabra
y se convierta en una forma de señalamiento.
No saben —y quizá ahí resida toda la tragedia—
que el fascismo nunca entra anunciándose como fascismo.
Los pobres tontos, chulos militarizados,
no saben que siempre llega disfrazado de hartazgo, de incorrección política,
de falsa rebeldía adolescente, de pose moderna.
Llega haciéndole creer al muchacho vulnerable
que por fin pertenece a algo.
Que su rabia tiene dirección y sentido.
Que su precariedad es culpa del extranjero,
del pobre,
de la mujer que alza demasiado la voz,
del marica que ya no se esconde
y de la bollera que habla en formato de señor.
Y entonces el pensamiento crítico
empieza a parecer sospechoso,
la empatía, ridícula,
la cultura, elitista
y la solidaridad, una debilidad vergonzosa.
No me asusta que me levanten la voz.
Ni la consigna brutal.
Sino la naturalidad con la que regresan ciertas sombras y los idiotas no las reconocen.
La velocidad con la que la memoria democrática se ha erosionado en una sociedad incapaz de sostener la atención más de treinta segundos seguidos.
Me aterra descubrir
que hemos educado a una generación entera
que se bebe eslóganes pero que no detecta la propaganda.
Y mientras tanto la canalla avanza.
Con sus discursos simplificados hasta el hueso.
Con sus enemigos inventados.
Con su carroñera capacidad
para convertir la ignorancia en identidad política.
Y una empieza a vigilarse.
A calcular cada palabra.
A preguntarse qué comentario provocará la mueca, la burla, el intercambio de miradas,
el desprecio inmediato.
Porque el miedo colectivo
no comienza con los tanques.
Comienza cuando la gente decente
empieza a hablar más bajo.
Hay algo que apesta en esta pulsión de juventud enfurecida
que juega con símbolos y discursos
que otros llevaron cosidos a la piel
camino de una cuneta.
Llamadme loca.
DdA, XXII/6380

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