miércoles, 24 de junio de 2026

GOLPES DE CALOR EN CENTRO NIEMEYER DE AVILÉS



Manuel Maurín

Asfixiados con los uniformes sanitarios, los del servicio de emergencia accedieron a la plaza del Centro Niemeyer para asistir y a un grupo de turistas que habían alertado al 112 tras sufrir desfallecimientos y graves afecciones por golpes de calor e insolación.
Tras practicarles algunos ejercicios de reanimación, certificar un caso muy grave y trasladarlo al HUCA recurrieron al servicio meteorológico regional para obtener un informe complementario al parte médico. El técnico de la AEMET apuntó que el aire del suroeste, cálido ya en origen debido a su componente (el termómetro marcaba 30 grados en León), al atravesar la cordillera y descender hacia el Cantábrico se había ido comprimiendo y aumentando rápidamente de presión. Y consiguientemente de temperatura, aproximándose a los cuarenta grados en Avilés.

Este tipo de tiempo no era desconocido en Asturias; lo que ya no parecía tan normal es que su frecuencia e intensidad viniese aumentando año tras año y provocando olas de calor cada vez más abrasadoras. Bueno, normal teniendo en cuenta el cambio en la dinámica atmosférica que generaba el incremento de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Allí al fondo estaba la acería para atestiguarlo, aún cuando ya se habían demolido las viejas baterías de cok que durante décadas convirtieron a la ciudad en la más contaminada del país.
En la gran superficie -abierta y desamueblada- de cemento blanco del Niemeyer, sin sombra ni presencia vegetal, el efecto de isla urbana de calor acentuaba el ascenso térmico aún cinco grados más, hasta superar los cuarenta y cinco, una cifra récord en la ciudad. Los visitantes, que habían venido al norte huyendo del calor extremo, no eligieron el mejor día ni lugar para conocer lo que en las guías de viaje se anunciaba como una Isla de la Innovación rodeada de puentes y humedales paradisíacos dentro del supuesto refugio climático asturiano.
A poco más de quinientos metros, en el parque de Ferrera, la temperatura del aire se reducía sobre el césped y a la sombra de las frondosas caducifolias hasta los veintiocho grados, y en la proximidad de los chorros de las fuentes y de los aspersores la sensación térmica bajaba a los veinticinco. Allí estaban escuchando el ruido de las aspas y viendo después la silueta del helicóptero, que se alzaba desde la ría con los evacuados, unos jubilados de Ensidesa comiendo un helado y comentando, como cada tarde, las novedades de la Villa: el nunca definido soterramiento de las vías del ferrocarril, el cierre de Alcoa, el próximo descenso carnavalesco de Galiana…
Por el Niemeyer no volvían desde que se terminaron las obras de construcción ni tendrían siquiera donde sentarse, pues parecía que se había diseñado para ahuyentar a la población local (y a cualquier ser vivo).
- ¡Menudo calor debe hacer ahora en la explanada del Niemeyer. Se estarán achicharrando los madrileños que anden por allí!
-¿Por cierto, dónde está Natalio Grueso, el que decían que puso el Centro y a esta ciudad en el mapa del mundo?
- En Aranjuez, creo. A la refrescante sombra de la prisión.
- ¡Y Aldama de rositas. Dame pena el rapaz!

DdA, XXII/6388

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