Raulito Torres/Aquí en La Habana
Imagínate, por un momento que no hay quien aguante, la primera escena. Agárrate fuerte, como quien se sienta a hacer un ejercicio de estrategia militar o, mejor, una meditación filosófica sobre el peso de la conciencia porque la conciencia, no te quepa duda, es un tribunal que sesiona de madrugada y de su veredicto no se salva ni el más pinto. La decisión ya está tomada: una invasión se lanza desde el norte contra la isla. En esa fracción de segundo en que la maquinaria de guerra se pone en marcha, se desata también una tragedia del espíritu que ninguna victoria táctica podría acallar jamás.
En ese abismo, la culpa no sería un concepto hueco de libro viejo, sino un bicho vivo, palpitante, que anidaría en la cabeza y en el alma de ambos pueblos. Vamos a desmenuzar cómo funcionaría: del lado estadounidense, la muerte de inocentes en Cuba, niños en una escuela primaria de La Habana, viejos en un parque de Santiago, muchachas embarazadas en un hospital de campaña, un científico cuyo proyecto prometía una vacuna para millones, no podría maquillarse con la etiqueta fría de “daño colateral”. Eso no se lo traga nadie.
La cercanía, apenas 90 millas, convertiría el horror en un eco inmediato. Por mucha tecnología y aparatos para tapar la barbarie, la verdad saldría a flote al momento.
Las imágenes de la destrucción y los rostros de los caídos no serían los de un enemigo lejano, borroso, sino los de vecinos con una historia y una humanidad que no admite negación. Un filósofo que yo admiro mucho, de esos que te ponen la mano en el pecho, enseñó que el rostro del Otro nos interpela, nos exige una respuesta ética antes de que podamos siquiera armar un argumento. ¿Cómo podría un piloto, un comandante, un simple ciudadano, escapar del veredicto silencioso de esos rostros? La culpa se volvería un cortocircuito en la conciencia: la idea de una nación que se cree excepcional y justa se haría añicos contra la realidad de su poder destructor sobre los más vulnerables. Sería una herida moral de por vida, una mancha en el alma nacional de allá, que no se quita ni con monumentos ni con discursos bonitos, de hecho , de reputación si alguna vez hubo... ni reducto ínfimo les queda , luego de los últimos papelazos guerreriles por el mundo....ay Lincoln caraj....
Pero la defensa de Cuba, un acto de soberanía doloroso y más que anunciado, trasladaría esa misma culpa justo al centro del territorio estadounidense. La respuesta ante una invasión (que por cierto ojalá se les pase el ataque de ingenuidad e ignorancia de pensar de que no tenemos capacidad de alcanzar buena parte de su territorio con nuestras armas para defendernos, además de la acumulación de empingue...y cierro ya mi boca al respecto...) , apuntando a las ciudades más cercanas del sur de la Florida, no sería una venganza abstracta, sino un espejo trágico.
De pronto, la culpa sería compartida por supuesto...convertida en un lamento de dos caras. En Miami, Tampa o Cayo Hueso, la devastación tendría rostro conocido: niños, viejos, científicos, mujeres embarazadas, todos cobijados por la misma presunción de inocencia. La conciencia del que ordenó la invasión se vería asaltada por una pregunta que quema: ¿valía la pena el objetivo inicial si ahora hay que llorar a los tuyos? La culpa, en este escenario, funcionaría como una radiación invisible que no discrimina ideologías; contaminaría por igual la victoria y la derrota. Dos pueblos, amarrados por la geografía y por la sangre derramada, quedarían atrapados en un ciclo de luto y trauma, donde el trabajo de “científicos importantes para la humanidad”, piensa en una colaboración médica o ambiental, se perdería para siempre, una doble pérdida para todos.
El curioso que llevamos dentro nos pondría a hacer cuentas no solo del costo material, sino del costo de oportunidad espiritual: todo aquello que la humanidad dejó de ser por haber renunciado a la compasión.
Pero cerremos esa puerta ahora mismo. No por ingenuos, sino por un mandato ético y racional. Abramos, en cambio, la segunda escena: la de un comienzo nuevecito de paquete...Imagínate ahora el momento exacto en que el bloqueo económico, comercial y financiero pasa oficialmente a ser historia. No es caridad, es justicia que llegó tarde, pero llegó. En las calles de La Habana y de Nueva York, la fiesta no sería solo por el fin de una política, sino por la oportunidad de una reconciliación de verdad, de pueblo a pueblo....
Yo lo veo así, me disculpan si no estoy checando la bola como es...pero creo que hay que señalar la sabiduría profunda de la postura cubana: no pedir indemnizaciones millonarias por décadas de asfixia económica. Esa decisión revela una jerarquía de valores donde la dignidad y la libre determinación están por encima del vil metal.
Pienso en nuestro Comandante en Jefe, me inspiro y creo que “Nos basta con que nos dejen comerciar como a cualquier otro pueblo del mundo”, esta es una frase que carga una potencia revolucionaria y un humanismo de los buenos. Renunciar a la deuda histórica en aras de un futuro sin yugo y compartido es un gesto de audacia espiritual que desmonta cualquier resentimiento y coloca la relación en un plano de igualdad y respeto a rajatabla. Los cubanos de aquí , no somos rencorosos... al contrario todos estamos esperando que pase la tormenta pa sacar el dominó y jugar todo el mundo...
Ese gesto fundacional sembraría las bases para una nueva armonía, un programa de “saldar deudas” no con billetes, sino con vida compartida. Las ventajas materiales serían inmediatas, de bulto, pero pensadas como un flujo de ida y vuelta que nutre el espíritu. El turismo estadounidense no aterrizaría como un depredador, sino como gestor de un intercambio cultural genuino, donde el disfrute de playas y hoteles sería también un aprendizaje mutuo. Un ciudadano de Ohio no solo se asaría al sol en Varadero; se llevaría en el pecho un bongó, un disco de Arnaldo y su talismán y el aire de una cultura resiliente, solidaria y creativa, abonando un respeto que no se fabrica con propaganda.
Pero el flujo más revolucionario, el verdadero germen del internacionalismo proletario, viajaría de sur a norte. Cuba, con su capital humano forjado en la candela de la adversidad, pondría al servicio de las comunidades más desamparadas de Estados Unidos , que no son pocas, desde los Apalaches rurales hasta los barrios obreros olvidados de las grandes ciudades,
su mayor tesoro: sus profesionales de la salud, sus maestros, sus entrenadores. Imagínate brigadas médicas cubanas, con acuerdos claros y respeto mutuo, trabajando en zonas donde el sistema de salud es un lujo de ricos. No como un gesto de superioridad moral, sino como un acto de hermandad concreta.
Verías a entrenadores formando no solo atletas, sino carácter de barrio; a maestros de inglés (por supuesto que los tenemos), con el método “Yo, sí puedo” devolviéndole la palabra... devolver la esperanza a los que quedaron tirados en la cuneta. Este intercambio no humilla al que lo recibe; lo honra, porque parte de una verdad como un templo: todos tenemos algo que aprender y algo que enseñar. La deuda del bloqueo se saldaría así con una moneda más sólida que el dinero: la construcción de una conciencia solidaria y un tejido social remendado a ambos lados del Estrecho de la Florida.
Este nuevo amanecer, basado en el respeto, no es una utopía de novela rosa. Es un plan económico y espiritual con los pies en la tierra. La ganancia para Estados Unidos no estaría solo en un nuevo mercado de negocios turísticos, sino en acceder a una cantera de humanismo y pericia social que sus propias contradicciones no han logrado parir a esa escala. La ganancia para Cuba, más allá de la obvia apertura comercial, sería el fin de un asedio que ha pretendido ahogar su proyecto de justicia social. Celebraríamos el fin del bloqueo, sí, pero por encima de todo celebraríamos la posibilidad de que dos naciones y por consiguiente el mundo coaccionado y amenazado, desde sus diferencias, con respeto ante todo, escojan el camino de la paz con mayúsculas.
Entre el primer escenario, que nos condena a ambos a un infierno de culpa compartida, y el segundo, que nos ofrece la redención mediante el servicio mutuo, no hay opción racional que valga.
La conciencia, lo mismo la del poderoso que decide invadir y matar pueblos que la del ciudadano que mira y calla o también responde con fuego y muerte, se aleja sin remedio de la vida civilizada.
La verdadera armonía espiritual entre nuestros pueblos no la va a firmar un tratado; va a florecer cada vez que un médico cubano le tome la mano a un paciente olvidado en Alabama, y cada vez que un muchacho de California descubra, sin telarañas en la cabeza, los logros cubanos en revolución truncos por el gobierno de su país en muchísimas ocasiones y la profundidad del alma cubana. Ese es el único futuro donde ganamos todos, y donde la palabra “humanidad” recupera su sentido más sagrado.
DdA, XXII/6365

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