A los hijos de Bolívar:
No ha terminado el polvo de asentarse, hermano y hermana venezolanos, y ya el segundo zarpazo de la tierra te ha tumbado el aliento. Lo supe en La Habana, mientras el malecón lamía con mansedumbre un muro que también conoce de ciclones, y pensé en la ironía cruel de la geología: la misma cordillera que te da el abrazo fresco de los Andes, te quiebra el suelo bajo los pies. Dos terremotos, como dos latigazos en la espalda de la tierra, han hecho temblar no solo las estructuras de concreto, sino el alma toda de la Patria Grande.
Sé de edificios que se hundieron, de hospitales que temblaron y cayeron con los enfermos dentro, de noches enteras bajo el cielo abierto porque el techo se volvió una amenaza. Mi corazón de cubano, tan acostumbrado al rugido del huracán, se estremece ante el miedo distinto de la tierra sólida que de pronto se vuelve líquida y traicionera.
Aquí, en esta ínsula donde el sol pega de frente a la necesidad, conocemos el lenguaje de la precariedad convertida en resistencia. Sabemos lo que es mirar las ruinas de lo propio, porque aún soportamos un terremoto largo y lento que también derriba edificios y últimamente incluso almas, sin embargo, erguir la dignidad.
Y es que ahora mismo ser de izquierda o de derecha, querido compañero de dolores, no son solo posiciones políticas: hay un método elevado del alma al cual acudir para trascender a ello. Es entender que la verdadera solidaridad no cabe en los discursos de ningún bando, sino en el plato de comida que se comparte cuando no alcanza, en el brazo que remueve escombros sin preguntar por el color de la camisa. Es la internacionalista certeza de que el dolor no reconoce fronteras porque tu dolor, Venezuela, es una fisura en nuestra propia casa.
¿Qué tengo para darte? No tengo grandes riquezas, porque mi país también está bloqueado, también sobrevive dignamente. Pero tengo manos. Manos de médico, de ingeniero, de maestro que se formaron en la trinchera de la Revolución que están allí dándote amor y los de aquí que hoy preguntan: “¿Cuándo salimos?”. Tengo oídos para escuchar la vasta crónica del desastre, ese infinito recuento de las pérdidas que hace falta sacar del pecho para que el dolor no sea infinito. Y yo apenas tengo, sobre todo, la memoria y la poesía.
Esa poesía que sirve para recordarte lo que ya sabes: que eres tierra de libertadores, que tu suelo ha parido gigantes que no se quedaron lamentándose en las cunetas.
Que el espíritu de Bolívar y de Chávez, tan humanos y por eso tan propensos a la herida, son una fuerza que se levanta con la terquedad sagrada de la yuca y el maíz.
La misma solidaridad que ustedes nos tendieron en los peores otros momentos,
cuando el petróleo calentó nuestros hospitales y escuelas, es la que hoy retorna, pero no como deuda... como abrazo de hermano que llega sin que lo llamen porque la sangre lo llama.
Reconstruir no será solo levantar paredes. Será volver a creer que, incluso bajo tus pies, hay un futuro firme. Será reescribir la vida sin los que se nos llevaron, esos más de mil hermanos que el temblor se llevó al silencio. La tierra se movió dos veces, pero se moverá una tercera, y será con el paso unánime y poderoso de un pueblo que no se rinde.
Recibe, pueblo humilde de Venezuela, en esta carta, el ruido del Caribe que nos hermana. No es el rugido del derrumbe, es el rumor constante de una ola que besa tus costas y las nuestras. No estás solo en medio de los escombros. Y si miras hacia el norte, que no sea al imperio, no dejes que les salga bien la trampa de tu sometimiento, mira hacia tu norte a esta isla humilde que tiembla de amor y dolor por ti. Aquí estamos, firmes como el cemento bien mezclado de la fraternidad, esperando la orden de tender otra vez el puente de manos que va desde el corazón de Martí hasta el alma eterna de Bolívar.
¡Que el dolor no te haga olvidar la luz que eres! ¡Aquí tienes mi hombro, Cuba entera en vela, para llorar juntos y, después, de pie, volver a hacer la vida!
Con el más sentido y entrañable abrazo de tus hermanos cubanos que te quieren de pie, pero también te quieren libre !!!
DdA, XXII/6393

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