Trump ha reiterado que, una vez concretada la victoria estadounidense en Irán, “tomará control de Cuba casi de inmediato”. Se encaminaría a otro desastre, escribe Boron. Los cobardes alados podrán bombardear la isla y ocasionar grandes daños materiales en edificios e infraestructura, pero para “tomar control” de ese país los expertos militares estiman que se necesitaría colocar en el terreno a una fuerza de unos 220.000 efectivos para mantener el control y el orden tras la invasión, la misma que desencadenará una lucha a brazo partido con las FAR de Cuba y las milicias populares activas aún en las ciudades más pequeñas de la isla. Esta iniciativa de Trump, además, dispararía el tiro de gracia a los tambaleantes cimientos del moribundo orden mundial e instauraría una especie de ley de la selva en donde, siguiendo la doctrina Trump, cualquier país podrá invadir y apoderarse del territorio ajeno. Beijing y Moscú ya advirtieron a Washington sobre este peligro.
Atilio Boron
Trump y su mediocre equipo de
colaboradores no aprenden. Estados Unidos se empantanó en la guerra de
Vietnam y sufrió una humillante derrota. Después hizo lo mismo en Irak y
Afganistán, con idénticos resultados. La caótica huida de las fuerzas
norteamericanas estacionadas en Kabul es una de las páginas más bochornosas
de la historia militar de los Estados Unidos. Ahora agrede a Irán, bombardea
indiscriminadamente objetivos militares y civiles, amenaza con enviar
a ese país a la “edad de piedra”. Pero la réplica de Teherán fue devastadora:
destruyó casi todas las instalaciones militares establecidas en las
petromonarquías del Golfo y cerró el estrecho de Ormuz, ocasionando un
gran aumento en los precios del petróleo y poniendo en jaque la economía
mundial.
Según informaciones filtradas del Centcom de Estados Unidos,
había en esas bases entre 40 y 50.000 efectivos. Pero Asia Occidental, que
como lo refleja la Biblia es una tierra pródiga en milagros, hizo que la
Casa Blanca reconociera apenas catorce víctimas fatales –¡milagro
bíblico si los hay!– y unos cuatrocientos soldados heridos, cifras absolutamente
mentirosas que más pronto que tarde tendrán que ser rectificadas. Salvo
que ante los primeros disparos ese nutrido contingente militar hubiera
huido precipitadamente buscando refugio en algún país amigo de la zona o
regresado cubierto de deshonra a Estados Unidos. Recordemos que la primera
víctima de una guerra es la verdad, y al imperio no se le puede creer “ni
un tantito así”, como advertía con razón el Che.
La destrucción del sistema de radares instalado por sucesivos
gobiernos de Estados Unidos en esas bases coincidió con un súbito y radical
cambio climático experimentado desde fines de abril, cuando la interminable
y extrema sequía de varios años que había agobiado a Irán dio paso a lluvias
torrenciales en buena parte de su territorio. Esta rápida mutación parecería
confirmar las sospechas de las autoridades iraníes de que los radares
estadounidenses e israelíes orientaban la circulación de aviones que
descargaban sustancias que podían afectar la formación de nubes y disminuir
el régimen de lluvias. Es bien conocida la técnica de la “siembra de
nubes”, realizada con el propósito de provocar lluvias. Pero poco o nada
se sabía de la eficacia que podrían tener ciertas sustancias para impedir
la lluvia. Ahora se sabe algo más: se puede provocar y mantener una
sequía. La guerra climática ha entrado en escena.
Retomando el hilo de nuestra argumentación, Vietnam, Irak,
Afganistán y ahora Irán son otros tantos hitos de previsibles derrotas,
ante lo cual cabe preguntarse por las razones que explican la persistencia
de ese “error”. Respuesta: Porque no es un “error”, sino el implacable despliegue
del plan de negocios del gigantesco complejo “industrial-informático-militar”,
cuya rentabilidad se nutre de las infinitas guerras que provoca y libra
el imperio.
Ganancias que, no olvidemos, en parte se derivan del financiamiento
de las carreras políticas de legisladores nacionales o estaduales,
gobernadores y, por supuesto, de quienes deseen convertirse en inquilinos
de la Casa Blanca. Va de suyo que estos políticos, con escasísimas excepciones,
una vez que acceden a sus cargos, saben muy bien qué es lo que tienen que
hacer: fomentar las guerras, en cualquier rincón del planeta, y mantener
esta especie de keynesianismo perverso basado en un exorbitante gasto
militar. Sin las superganancias del fatídico complejo, se acaba el financiamiento
privado de la actividad política, y nadie en la clase política quiere que
eso suceda.
Trump ha reiterado que, una vez concretada la victoria estadounidense
en Irán, “tomará control de Cuba casi de inmediato”. Si lo hace, se encamina
hacia otro desastre, como el que Washington sufriera en Playa Girón en abril
de 1961. Los cobardes alados podrán bombardear la isla y ocasionar grandes
daños materiales en edificios e infraestructura, pero para “tomar control”
de ese país los expertos militares estiman que se necesitaría colocar
en el terreno a una fuerza de unos 220.000 efectivos para mantener el control
y el orden tras la invasión, la misma que desencadenará una lucha a brazo
partido con las FAR de Cuba y las milicias populares activas aún en las
ciudades más pequeñas de la isla. Esta iniciativa de Trump, además, dispararía
el tiro de gracia a los tambaleantes cimientos del moribundo orden mundial
e instauraría una especie de ley de la selva en donde, siguiendo la doctrina
Trump, cualquier país podrá invadir y apoderarse del territorio ajeno.
Ya Beijing y Moscú advirtieron sobre este peligro e hicieron
llegar sus críticas a las pretensiones de Trump. Pero alguien debería
además decirle al bocón neoyorquino que, si avanza militarmente sobre
Cuba, estaría ofreciendo en bandeja de plata la legitimación de una similar
operación que pudiera hacer la República Popular China para reintegrar
manu militari a la estratégica provincia rebelde de Taiwán.
Si tal cosa sucediera, ¿con qué cara podría Washington condenar
a Beijing por recuperar por la fuerza una provincia propia cuando intentó
hacer lo mismo, pero con un país independiente como Cuba?
PÁGINA/12 DdA, XXII/6336
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