La noche montevideana me enseña entonces que el sufrimiento bajo las botas del Cóndor nos hermanó en una misma geografía del horror. Hoy, 31 años después de aquella primera marcha (impulsada por la Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos de Uruguay), el silencio es ensordecedor. Pero no es un silencio cobarde: es el que precede al grito de “Nunca Más”. Y se me ocurre que desde La Habana, con el Malecón rompiendo contra el muro, aplaudimos a ese pueblo pequeño en territorio pero gigante en dignidad, que cada 20 de mayo le recuerda al mundo que el Plan Cóndor no fue un cuento, y que mientras haya uno solo desaparecido, la lucha no termina.
Montevideo tiñe de silencio la memoria desde la mirada de un cubano.
El 20 de mayo —fecha espinosa que nuestros vecinos del norte celebran como su “independencia” tutelada, en Montevideo el pueblo uruguayo se apropia de la noche para decirle no al olvido.
Esta vez, la 31 Marcha del Silencio ha sido un torrente contenido, una marea de gente y pasos que no hacen ruido pero que retumban en toda América Latina.
Desde mi visión de isleño, acostumbrado a nuestros propios dolores, el bloqueo, las amenazas, los ataques de bandas mercenarias financiadas desde el Norte, vemos con especial estremecimiento cómo los uruguayos vuelven a tomar la avenida cada 20 de mayo.
No es una fecha cualquiera: rinden tributo a más de 200 detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar (1973-1985), capítulo del Plan Cóndor, ese monstruo de coordinación represiva que también ensangrentó a la Argentina, Chile, Paraguay, Bolivia, Brasil y tambien a Cuba.
Caminan en silencio, y yo, cubano, oigo los ecos de otros crímenes.
Porque la dictadura uruguaya no fue un caso aislado: vuelos de la muerte, centros de tortura como la cárcel de Punta Carretas, se hermanan con la ESMA argentina, o Automotores Orletti, donde dos diplomáticos cubanos fueron arrancados de la vida para siempre.
Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández: sus nombres apenas resuenan fuera de nuestras fronteras, pero para nosotros son heridas abiertas.
Los dos diplomáticos de nuestra embajada en Buenos Aires, que fueron secuestrados el 9 de agosto de 1976 por un comando de la dictadura argentina.
El Plan Cóndor los engulló: aparecieron en listas de vuelos de la muerte, como los desaparecidos uruguayos, como los chilenos de Víctor Jara, como los paraguayos del Archivo del Terror.
Por eso, cuando veo por mis ojos de esta noche en Montevideo a miles de personas con carteles que piden “¿Dónde están?”, velas que dibujan un río de luz, niños llevando fotos de sus abuelos que nunca volvieron, no puedo evitar pensar que también caminan por Cejas y Galañena.
Porque el Cóndor no entendía de fronteras, y la memoria tampoco.
La marcha parte desde la Universidad de la República, recorre mas de 15 cuadras y al llegar a la Plaza Mayor, levantan aun mas las fotos de los desaparecidos mientras los hacen PRESENTES.
En Cuba sabemos de atentados: el de Barbados (1976, 73 muertos, un avión de Cubana de Aviación volado por la CIA y sus aliados anticubanos), el del hotel Copacabana (1997, un italiano muerto por explosivos puestos desde Miami), y los más de 600 planes magnicidas contra Fidel.
Nuestra lucha fue y es aun muy fuerte: una revolución que enfrenta al imperio y a sus lacayos locales.
Que intentaron matar a Fidel (símbolo) y hoy intentan contra Raúl otro de nuestros símbolos.
No saben lo que despiertan.
La noche montevideana me enseña entonces que el sufrimiento bajo las botas del Cóndor nos hermanó en una misma geografía del horror.
Hoy, 31 años después de aquella primera marcha (impulsada por la Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos de Uruguay), el silencio es ensordecedor.
Pero no es un silencio cobarde: es el que precede al grito de “Nunca Más”. Y se me ocurre que desde La Habana, con el Malecón rompiendo contra el muro, aplaudimos a ese pueblo pequeño en territorio pero gigante en dignidad, que cada 20 de mayo le recuerda al mundo que el Plan Cóndor no fue un cuento, y que mientras haya uno solo desaparecido, la lucha no termina.
Ojalá que algún día, en alguna marcha del silencio, nombremos juntos, uruguayos, argentinos, cubanos, a todos los que el terrorismo de Estado robó de la tierra.
Porque la memoria no se vence.
Y porque los 200 uruguayos, los dos cubanos, y los 30.000 argentinos, siguen pidiendo justicia desde el fondo del Plata.
Montevideo, 20 de mayo de 2026.
DdA, XXII/6351

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