El proceso contra Zapatero va para largo, seguramente habrá acontecimientos externos que tendrán una gran influencia sobre la causa y el deterioro del gobierno se acelerará mucho. La izquierda decidió unir su suerte a la del gobierno de Sánchez y difícilmente tendrá ya vuelta atrás. Pensar que esto se resuelve con confluencias electorales o con operaciones tipo Rufián es no haber entendido nada.
Manuel Monereo
No me sorprendió demasiado la imputación de Zapatero, sí el
motivo y, sobre todo, la “construcción” de una estructura penal que lo situaba
al frente de una trama criminal. El secuestro del presidente Maduro y
la creciente sintonía de la nueva presidenta con la Administración
norteamericana invitaban a pensar que algo sustancial estaba cambiando en las
estructuras del poder venezolano. La entrega de Alex Saab era
una señal clara de que las autoridades de los EE. UU querían
ajustar cuentas a todos aquellos que de una u otra forma habían trabajada para
el chavismo en la difícil tarea de eludir las sanciones y esquivar las
múltiples barreras que pretendían ahogar a la economía y la sociedad caribeña.
Dado el protagonismo público de Zapatero y las conocidas
diferencias de Sánchez con Trump, no era demasiado
aventurado pensar que algo terminaría llegando por ese lado. Las derechas
llevan años hablando del tema, denunciando al expresidente por el cobro de
mordidas, insinuando siempre la financiación ilegal del PSOE. La
reunión en el aeropuerto de Madrid de Delcy Rodríguez y Ábalos aún
colea y ahora volverá con mucha mayor fuerza.
El domingo pasado, Enric Juliana habló del asunto,
señalando que en el origen de la imputación de Zapatero estaban
los informes de los servicios de inteligencia de la embajada norteamericana;
añadiendo que, seguramente, aparecerán muchos más, del “expediente”, así lo
llamó, Zapatero. Hay una cuestión muy delicada, conociendo cómo
funciona el sistema jurídico-penal norteamericano, la entrega de Saab puede
tener consecuencias especialmente negativas para el presidente Maduro y Celia
Flores y ocasionar la imputación de personas que de uno u otra forma
colaboraron con el gobierno venezolano en tareas específicas relacionadas con
la creación de estructuras financieras e instrumentos comerciales que
permitieran eludir la enorme batería de sanciones impuestas por las diversas
administraciones del poderoso vecino del Norte. Se sabía, además, que el
gobierno caribeño pagaba bien. No entro en la casuística, solo tomar nota que
oponerse a EE. UU siempre tiene consecuencias y que su poder
es prácticamente ilimitado cuando se trata de sus aliados, con razón Stephen
Walt ha hablado de un “hegemón depredador”.
Nada ocurre por casualidad y mucho menos cuando se trata de nuestro poder
judicial. Lo de Zapatero hay que analizarlo desde un plano
concreto, especifico, políticamente guiado, porque se trata de eso, de
política, de poder. Quizás convendría hacerse la pregunta clave: ¿por qué una
oposición tan radical a un gobierno que practica unas políticas débilmente
reformistas, siempre compatibles con los poderes existentes? Si nos tomáramos
en serio lo que dicen Abascal o Feijóo nos
encontraríamos al borde de una guerra civil y Sánchez sería el
nuevo Lenin español. No es para tanto, por mucho que los medios de las derechas
incendien periódicamente nuestras televisiones y nuestras calles. Este gobierno
es odiado no por lo que hace, sino por lo que impide hacer; no por lo que practica
y defiende sino por las (contra)reformas que no realiza en un momento crucial,
decisivo para las clases dirigentes del país.
Estos días se discute, digámoslo así, sobre el cambio de ciclo en la
izquierda. No, el verdadero cambio es de ciclo histórico-social, que afecta a
todos los planos de la vida pública, de la política, de la cultura, de las
relaciones internacionales y, fundamentalmente, del poder entre las clases en
cada uno se los Estados singularmente considerados. La Unión Europea vive
su enésima refundación, situando en su centro el rearme y la guerra a plazo
fijo (2029/30) con Rusia; la hegemonía alemana se hace cada vez más
evidente y la OTAN se convierte de facto en la verdadera
dirección política de unas instituciones demasiado lentas y
burocratizadas. Mertz lo ha defendido con mucha claridad:
desreglamentar, desregular, prioridad absoluta a la economía de guerra y
reducción de los derechos sociales y sindicales, comenzando por las pensiones.
El concepto clave: el Estado Social es insostenible. El gran problema de lo que
queda de la izquierda es que no tiene capacidad ni coraje moral para afrontar
este cambio de ciclo y sigue pensando que términos como social democracia,
Europa social, orden internacional basado en normas, autonomía estratégica o
soberanía europea dicen algo que tenga que ver con la realidad o con los
imaginarios sociales asentados.
Cuando Pedro Sánchez se retiró en meditación existencial
en abril del 2024, sabía lo que le venía encima. Le hicieron una oferta que no
podía rechazar, pero lo hizo. En el manual del superviviente no había espacio
para la retirada. Construyó su figura reactivamente, asumió como propia lo que
la derecha decía de él, jugó al límite, sacándole partido a la polarización,
gobernado como oposición a la derecha. Su táctica, al final, consistió en
diferenciarse de Trump cumpliendo estrictamente los acuerdos
de la OTAN, seguir las políticas de la Unión Europea de
enfrentamiento con Rusia y de apoyo a Ucrania y
a la vez propiciar el acercamiento a China, defendió los derechos
sociales sin cuestionar nunca las líneas rojas que gobierna el poder real, el
de verdad. Maestro de la finta, del regate, terminó por convertirse en el líder
de la izquierda, incluida la que se llama a sí misma alternativa.
La historia vuelve y se venga. Los poderes saben que la “constitución
material” del régimen del 78 está en crisis desde hace más de una década, que
el bipartidismo que gobernó el país está obsoleto y que hace falta ordenamiento
jurídico-político que dé cuenta de la nueva relación de fuerzas en un Estado de
Excepción global. Eso de establecer una sociedad democrática avanzada es cosa
del pasado, los derechos sociales y sindicales, antiguallas, la soberanía
nacional, idea obsoleta y peligrosa. Ahora los tiempos son otros, son tiempos
de tecno-fascismo, de guerra, de contrarrevolución preventiva. Las derechas
(las duras y las extremas) quieren el poder para alinearse férreamente con los
que mandan y no se presentan a las elecciones y dar por concluido el ciclo
histórico anterior y abrir el nuevo. Se trata de poner fin a una experiencia
social que cambió a Europa, que la hizo diferente (después de dos guerras
mundiales y durísimos conflictos de clase), que consagró la presencia de las
masas en la política, que convirtió a las clases trabajadoras en sujetos con
vocación de hegemonía y que definió un tipo de democracia basada en la
transformación social.
El proceso contra Zapatero va para largo, seguramente
habrá acontecimientos externos que tendrán una gran influencia sobre la causa y
el deterioro del gobierno se acelerará mucho. La izquierda decidió unir su
suerte a la del gobierno de Sánchez y difícilmente tendrá ya
vuelta atrás. Pensar que esto se resuelve con confluencias electorales o con
operaciones tipo Rufián es no haber entendido nada.

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