domingo, 17 de mayo de 2026

INDIGNANTE: A TIROS CON UN IBIS EREMITA EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

 


ECOLOGISTAS EN ACCIÓN

El cadáver de Hel, un ibis eremita de un año y medio, con un disparo mortal. Hel había nacido en Austria. En octubre de 2023, junto a otros 34 ejemplares, completó un viaje de más de 40 días seguido el ultraligero con parapente amarillo de Johannes Fritz, director del proyecto LIFE-NBI de la UE. Lo criaron Helena Wehner y Barbara Steininger, vestidas de amarillo para que las aves las identificaran como su madre. Cruzaron Europa. Aterrizaron en Cádiz, donde ibis eremitas reintroducidos forman una colonia de más de 300 ejemplares. Hel, sin embargo, era un explorador. Se alejó hacia Badajoz. Y allí, alguien con un arma decidió que su vida no valía nada. La denuncia la ha presentado Ecologistas en Acción. Piden la suspensión de la actividad cinegética en ese coto. El responsable del proyecto, Miguel Ángel Quevedo, veterinario del Zoobotánico de Jerez, no puede contener la indignación: "Después de todo el esfuerzo, de los recursos tanto humanos como económicos invertidos, de la implicación emocional de sus criadores con ellos, ocurre esto... Quien hace eso no es un cazador, es un descerebrado". La muerte de Hel no es solo una tragedia local. Es un símbolo del conflicto entre conservación y tradición. El ibis eremita es una especie en peligro de extinción. Desapareció de Europa hace tres siglos. Las poblaciones actuales proceden de reintroducciones de ejemplares de zoológicos. Cada pájaro cuenta. Cada muerte es un revés. Y la de Hel es particularmente dolorosa porque representa el fracaso de la educación ambiental: alguien vio un ave protegida, con un anillo en la pata, y decidió disparar. No por hambre, no por defensa propia, sino porque sí. Porque se puede. Porque en un coto de caza, todo lo que vuela es un objetivo.

El artículo, un reportaje desolador pero bien documentado, narra los hechos y el contexto. El proyecto de reintroducción del ibis eremita es uno de los más ambiciosos de Europa. Las aves son criadas en cautividad y entrenadas para seguir ultraligeros en sus primeras migraciones. El objetivo es que aprendan la ruta y luego la realicen por sí mismas, conectando las poblaciones de Austria y España. Hel había cumplido su parte. Llegó a Cádiz. Sobre el invierno. Pero luego, como tantos jóvenes exploradores, quiso ver más allá. Acabó en Extremadura, a 200 kilómetros de la colonia. Y allí, un cazador (o alguien que se hace llamar cazador) lo mató. No es el primer ibis eremita muerto por disparos. Otros han caído electrocutados o atropellados. Pero la muerte por bala es especialmente cruel porque es evitable. No hay necesidad de disparar a un ibis. No es una plaga. No es una amenaza para la ganadería. Es un ave protegida, reconocible (negro brillante, pico curvo, cresta erizada). Quien lo mató sabía lo que hacía. O debería haberlo sabido. La legislación española prohíbe cazar especies protegidas. Las penas pueden incluir prisión. Pero los cazadores suelen alegar "error de identificación". En este caso, parece difícil equivocarse. El ibis eremita no se parece a ninguna otra ave cinegética en Extremadura.

Las consecuencias ecológicas y morales de esta noticia son un aldabonazo contra la impunidad. Ecológicamente, la muerte de Hel reduce la diversidad genética de la población reproductora. Cada ibis cuenta en una especie que aún está lejos de ser segura. La población española tiene más de 300 ejemplares y 48 parejas reproductoras, un buen número, pero insuficiente para garantizar la supervivencia a largo plazo. La mortalidad juvenil ya es alta (50% en el primer año). Añadir muertes por disparos es añadir una presión innecesaria. Moralmente, la noticia es una vergüenza colectiva. Los proyectos de reintroducción requieren años de trabajo, financiación europea, dedicación personal de biólogos y voluntarios. Hel era un embajador de su especie. Su viaje en ultraligero había sido noticia internacional. Su muerte debería serlo también. Pero los cazadores (o al menos las asociaciones de cazadores) suelen guardar silencio o minimizar estos incidentes. No piden disculpas, no colaboran en las investigaciones. El coto de Fregenal de la Sierra, si no se toman medidas, seguirá funcionando. Y otros ibis podrían correr la misma suerte.

¿Hay esperanza? La esperanza realista está en la presión social y judicial. La denuncia de Ecologistas en Acción puede llevar a una investigación. Si se identifica al autor, podría enfrentarse a penas de prisión. La suspensión temporal del coto sería una medida ejemplarizante. La esperanza también está en la educación. Las campañas de sensibilización dirigidas a cazadores pueden reducir los errores de identificación y los disparos "por diversión". La esperanza más poderosa es que el proyecto del ibis eremita continúe. A pesar de Hel, otros 36 ibis llegaron a España en 2024. La colonia de Cádiz sigue creciendo. La población de Marruecos (la única silvestre del mundo) ha pasado de 48 parejas a cerca de 180 gracias a los esfuerzos de conservación. La especie ha salido de la categoría de "peligro crítico" a "en peligro". Es un avance. La muerte de Hel no lo revertirá, pero es un recordatorio de que la conservación no termina en la suelta. Termina cuando la sociedad entera respeta a los animales. Y eso aún no ocurre.

La pregunta que Hel, con su cuerpo sin vida y su anilla de seguimiento, nos lanza desde el coto de caza extremeño es un graznido de dolor: ¿Cuántos ibis más tendrán que morir a tiros para que los cazadores entiendan que no todas las aves son piezas de caza? La respuesta, desgraciadamente, es "muchos". Porque la cultura cinegética está arraigada. Porque muchos cazadores ven el campo como un campo de tiro. Porque la educación ambiental es insuficiente. Hel no murió por un accidente. Murió porque alguien quiso matar algo, y lo que tenía delante era un ibis. No importaba que fuera raro, protegido, valioso. Importaba que volaba. Y estaba en su punto de mira. Ojalá el autor se arrepienta. Ojalá la justicia actúe. Ojalá los cazadores de Extremadura reflexionen. Pero la única garantía es que no habrá justicia para Hel en el sentido literal. Ya está muerto. Su viaje, truncado. Su potencial reproductor, perdido. Lo único que podemos hacer es contar su historia. Y que sirva para que otro ibis no corra la misma suerte. Eso, si acaso, sería un final digno. Pero no es suficiente. Nunca lo es. Hel merecía volver a Austria. Merecía criar. Merecía vivir. Los cazadores que lo mataron le robaron todo eso. Y a nosotros, también. Porque la pérdida de un ibis es la pérdida de un pedazo de esperanza. No podemos permitir que se repita. No podemos. Hel, descansa en paz. Ojalá tu vuelo final no haya sido en vano.

DdA, XXII/6347

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