Niños españoles acogidos en México
Paco Arenas
En la escuela nos enseñaron que Colón « descubrió» América; que Extremadura era tierra de conquistadores; nos hablaron de Cortés y de aquellas naves que supuestamente quemó para no dar marcha atrás. Nos contaron las hazañas de Pizarro, de Valdivia, de Vasco Núñez de Balboa, la evangelización y el gran «regalo» que España —o Castilla— llevó a los pueblos indígenas. Todo ello envuelto en el relato nostálgico de una dictadura que añoraba un imperio perdido y que repetía que España había dejado de ser potencia por culpa de Estados Unidos. Con ese relato crecieron millones de españoles. Un relato cómodo, épico y profundamente incompleto.
Porque cuando Colón llegó a aquellas tierras no descubrió nada. No había un vacío esperando ser llenado ni una manta cubriendo civilizaciones inexistentes. Allí había pueblos con siglos de historia, con escritura, lenguas, conocimientos, culturas y dioses propios; tan legítimos —o tan discutibles— como los que llegaron desde Europa.
Y, por supuesto, también había conflictos, jerarquías y opresores, igual que en Europa. Hernán Cortés supo leer esa realidad y construir alianzas con distintos pueblos indígenas para derrotar a otros. En esa estrategia fue decisiva una mujer indígena: doña Marina, la Malinche, intérprete, mediadora y figura clave de la conquista. Con ella tuvo un hijo, Martín, considerado uno de los primeros mestizos de la Nueva España.
Dicen las crónicas que Cortés era un hombre culto, de hablar pausado y trato elegante, pero también profundamente violento. Y quizá ahí esté la clave de su figura: inteligencia y brutalidad conviviendo en la misma persona. Porque la cortesía nunca elimina la violencia; a veces simplemente la disfraza.
Y llegamos al famoso «mestizaje». Tras la caída de México-Tenochtitlan, y pese a las alianzas entre conquistadores y algunos pueblos indígenas, podría haberse producido una convivencia más igualitaria. Pero no fue así. El mestizaje no nació, en su mayoría, de relaciones libres entre iguales, sino de una relación de poder profundamente desigual.
La inmensa mayoría de las veces fueron mujeres indígenas violadas por conquistadores españoles. No hubo un intercambio simétrico ni una mezcla romántica entre culturas. Hubo dominación. Después, con el paso del tiempo, sí surgieron matrimonios y nuevas generaciones mestizas, y más tarde llegaron también africanos esclavizados, ampliando aún más la mezcla cultural y étnica del continente. Pero aquello tampoco dio lugar a una sociedad igualitaria.
Lo que surgió fue un sistema de castas. Una pirámide social donde arriba estaban los españoles —peninsulares y criollos— y debajo indígenas, negros esclavizados y las distintas castas nacidas de la mezcla entre unos y otros. El historiador Robert Cope relaciona este sistema con la idea española de la «limpieza de sangre» y lo define como un orden jerárquico basado en la proporción de sangre española.
Por eso resulta tan ofensivo viajar hoy a México para hablar de Cortés, del mestizaje o de la evangelización como si aquello hubiera sido una epopeya civilizadora digna de celebración. Más aún cuando ese discurso parece utilizarse para promocionar la obra de Nacho Cano con dinero público español. No es cultura: es una provocación gratuita y un insulto a la memoria histórica del pueblo mexicano.
Y, sin embargo, a México los españoles le debemos muchísimo.
México fue el país que sostuvo hasta el final a la República Española y que abrió los brazos a miles de republicanos exiliados cuando Europa les daba la espalda. Allí encontraron refugio, dignidad y futuro generaciones enteras de españoles perseguidos por el franquismo. Esa deuda moral no debería olvidarse jamás. Por eso lo inteligente no es alimentar relatos imperiales ni nostalgias coloniales, sino estrechar lazos entre pueblos hermanos. México y toda la comunidad hispana comparten una historia compleja, dolorosa a veces, pero también profundamente rica y humana. Nos une mucho más de lo que nos separa.
Son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan, pero esa unión solo puede construirse desde el respeto, la verdad histórica y la dignidad mutua.
¡Viva México!
DdA, XXII/6339

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