—Santidad, con todo respeto, invitar a un exguerrillero ateo a hablar de paz puede interpretarse como una ofensa para muchos fieles.
Francisco lo escuchó sin levantar la voz.
—A veces Dios habla más fuerte por medio de quienes no pronuncian su nombre.
Carlos E. Ahrensburg
El anciano ateo entró al Vaticano con los zapatos manchados de tierra, y un cardenal murmuró delante de todos que aquel hombre no merecía sentarse frente al Papa.
José Mujica no se detuvo. Llevaba una camisa sencilla, un saco viejo que Lucía había insistido en cepillar antes del viaje y una pequeña bolsa de tela con semillas de su chacra. A sus 89 años caminaba despacio, pero sus ojos conservaban esa claridad dura de quien había visto la cárcel, el poder y la pobreza sin dejarse comprar por ninguno.
La invitación había llegado 12 días antes a su casa de Rincón del Cerro. No era una carta protocolar. Era una pregunta escrita con letra firme: “José, ¿cómo se encuentra la paz cuando el mundo se está volviendo incapaz de vivir sin comprar, competir y odiar?”. Lucía leyó la carta 2 veces, luego miró a su compañero con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Pepe, esto no es una visita cualquiera.
—No, vieja. Es más raro que eso. Un Papa llamando a un viejo tupamaro para preguntarle por la paz.
—Tal vez porque los hombres que han sufrido sin volverse crueles tienen algo que decir.
Él sonrió, pero no respondió. Esa noche, mientras Manuela, su perra de 3 patas, dormía junto a la puerta, Mujica salió al huerto y hundió las manos en la tierra húmeda. Pensó en los años encerrado, en el silencio de la celda, en el odio que había tenido cerca como una víbora y que un día decidió no alimentar. Pensó también en los jóvenes que creían que la vida era una carrera para acumular cosas, y en los viejos ricos que morían solos rodeados de objetos que ya no podían usar.
En Roma, la noticia de su llegada había encendido una tormenta discreta dentro del Vaticano. Algunos lo llamaban “un ejemplo de humildad”. Otros, en voz baja, lo consideraban una provocación. El cardenal Valerio, conocido por defender los privilegios más antiguos de la Curia, no ocultó su enojo.
—Santidad, con todo respeto, invitar a un exguerrillero ateo a hablar de paz puede interpretarse como una ofensa para muchos fieles.
Francisco lo escuchó sin levantar la voz.
—A veces Dios habla más fuerte por medio de quienes no pronuncian su nombre.
Aquella frase corrió por los pasillos como una chispa. Y cuando Mujica cruzó la puerta del salón privado, los rostros tensos de varios funcionarios parecían esperar un error, una torpeza, una frase que pudiera convertirse en escándalo.
Francisco se levantó de inmediato. No hubo anillo extendido ni gesto solemne. El Papa caminó hacia él y lo abrazó como se abraza a un viejo conocido.
—José, gracias por venir.
—Gracias a usted por animarse a invitar a un descreído.
—Quizás no eres tan descreído como dices.
Se sentaron junto a una ventana desde la que se veía la plaza de San Pedro. En la mesa había pan, té y un mate preparado con una torpeza amable que hizo reír a Mujica. Pero la risa duró poco. Francisco apoyó ambas manos sobre la mesa y habló como un hombre cansado, no como un jefe de Estado.
—José, veo jóvenes sin esperanza, familias rotas por el dinero, pueblos enteros peleando por migajas mientras otros viven encerrados en palacios. Dime algo que no suene a sermón. ¿Dónde empieza la paz?
Mujica bajó la mirada hacia sus manos arrugadas.
—Empieza cuando uno deja de obedecer al odio.
El silencio llenó la sala.
—Pasé casi 15 años encerrado. Hubo noches en que sentía que la cabeza se me partía de soledad. Podía salir convertido en veneno. Tenía razones para odiar. Pero entendí que el odio era otra celda, y yo ya había vivido demasiado entre paredes.
Francisco cerró los ojos un instante.
—¿Y la libertad?
—La libertad no es tener permiso para comprar todo lo que se antoja. La libertad es necesitar poco. Es que nadie pueda manejarte por la vanidad, por el miedo a quedar mal, por el deseo de parecer más que otros.
En ese momento, la puerta se abrió sin aviso. El cardenal Valerio apareció con el rostro pálido y una carpeta en la mano.
—Santidad, perdone la interrupción, pero esto no puede esperar. La prensa acaba de publicar que el Vaticano recibe lecciones de pobreza de un hombre que no cree en Dios.
Francisco no respondió. Mujica tampoco. El cardenal dejó la carpeta sobre la mesa. Dentro había titulares, comentarios furiosos y una petición firmada por varios miembros conservadores para cancelar la segunda parte del encuentro.
Entonces Francisco miró a Mujica y le hizo una pregunta que dejó helados a todos:
—José, si mañana todo el Vaticano tuviera que elegir entre conservar sus tesoros o recuperar su alma, ¿qué debería hacer?
Mujica levantó la vista lentamente, y antes de responder, miró hacia la ventana, como si estuviera viendo no Roma, sino su humilde chacra bajo el sol de Uruguay. ...
DdA, XXII/6333

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