Dicen que van a invadirnos. No saben que llevamos más de sesenta años invadidos por huracanes, tornados, dengue, chicunguya, pandemia y el constante el asedio de ustedes, y seguimos de pie. Pero esta vez no les hablo desde la resistencia épica, les hablo desde la fragilidad voluntaria del que tiende un puente de papel y tinta. No queremos sus bombas, queremos sus abrazos. No queremos su victoria, queremos su amistad. Que no sea demasiado tarde para que nuestros nietos sepan que elegimos la vida. Obliguen a los suyos a mirar el mapa con ojos de cooperación, escribe Torres desde La Habana. No permitan que la maquinaria del complejo militar-industrial les devore también a sus hijos, sus impuestos, su decencia. Piensen en esa noche cercana en que un crucero lleno de pasajeros curiosos podría atracar en La Habana y ser recibido con flores en lugar de barricadas. Piensen en los hoteles construidos juntos, donde el trabajador de Iowa y el campesino de Pinar del Río beban un café bajo una misma luna. Piensen en lo que significa crecer sin que nadie tenga que morir.

Raulito Torres/Aquí en La Habana
Esto no lo escribe un enemigo. Lo escribo como quien ha aprendido a conocerlos en los escombros de la historia, en los gestos solidarios que cruzan el Estrecho de la Florida cuando ese gobierno cierra los ojos. Escribo con la mano temblorosa de quien ha visto a su pueblo resistir lo que ninguna estadística podría medir: el bloqueo que casi nos asfixia, la asfixia que no nos ha vencido. Y sin embargo aquí estamos, respirando con creatividad, con solidaridad de vecinos que comparten el último pan, con la resiliencia terca del que planta un jardín sobre el cemento. Por eso, cuando escucho que el gobierno de ustedes planea una invasión, no puedo callar. No desde el odio, sino desde un amor entrañable por lo que ambos pueblos podríamos llegar a ser… y estamos a punto de perder.
Quieren un baño de sangre. Pero la sangre no distingue pasaportes. Créanme cuando les digo que ese baño de sangre no se detendrá en nuestras costas: regresará a las suyas en bolsas negras, en soldados rotos, en un nuevo precipicio moral que les costará décadas de luto y deshonra. Su propio pueblo, el que madruga para trabajar, el que sueña con llevar a sus hijos a la universidad, será sacrificado en el altar de un designio imperial que ni siquiera los mira. Las élites que hoy invocan la guerra no pondrán sus cuerpos en la línea de fuego. Pondrán los suyos.
Piensen en todo lo que se perderían ustedes. No hablo de territorios ni de hegemonías, hablo del abrazo posible entre dos pueblos que han sido condenados al desencuentro. Hablo de cada oportunidad que la soberbia asesina antes de nacer. Cierren los ojos un instante e imaginen conmigo, desde esta izquierda que es más ternura que ideología, lo que podría florecer si en lugar de portaaviones enviaran sus barcos llenos de científicos a intercambiar vacunas, a investigar juntos los misterios del cáncer con la biotecnología que supimos desarrollar en la carencia. Imaginen caravanas culturales donde nuestros músicos toquen en sus barrios y el jazz de Nueva Orleans se funda con el son de Santiago. Imaginen equipos de béisbol jugando amistosos no como propaganda, sino como niños que comparten el mismo guante bajo el mismo sol. Eso es lo que nos roban.
Eso y la protección del medioambiente: el Caribe que compartimos nos necesita como aliados, no como adversarios. Juntos podríamos restaurar los arrecifes de coral, limpiar las costas, enfrentar huracanes sin que el bloqueo retrase ni un solo panel solar. ¿Sabe lo que significa para un isleño pensar que el turismo de naturaleza, los cruceros llenos de viajeros que buscan la belleza y no la bala, los negocios hoteleros que respetan el paisaje y el alma local, podrían ser el pan de cada día en lugar de esta economía de resistencia perpetua? Hablo de crecimiento mutuo, de un intercambio digno donde ustedes vengan a caminar por Viñales, a escuchar el silencio elocuente de nuestros mogotes, a dejarse envolver por una noche de trova en el Malecón, mientras nosotros aprendemos de su espíritu emprendedor sin perder el alma solidaria. Todo eso está ahí, al alcance de la mano, y sin embargo prefieren los instructivos de guerra.
Cuánta oportunidad perdida. Cuánta belleza ahogada en la retórica del miedo. Se perderían ellos, sí: perderían la posibilidad de mirarse en nuestro espejo y descubrir que la resistencia creativa de un pueblo bloqueado no es una amenaza, sino una lección de humanidad. En nuestros barrios, donde a veces falta casi todo, sobra esa risa que inventa soluciones con alambre y amor. Ahí hay una sabiduría que ningún ejército puede conquistar, pero que cualquier vecino puede compartir si se acerca sin prepotencia. Ese intercambio, el más valioso, el de la inteligencia colectiva, es lo que ustedes dejarían de recibir si la bestia de la guerra se desata.
Me parte el alma, como músico y como cubano, comprender que la historia vuelve a poner sobre la mesa la peor versión del ser humano: la que confunde poder con destrucción. La filosofía de esta izquierda que abrazo no busca vencer a nadie; busca un nosotros más vasto, un nosotros sin bloqueos ni tanques, donde el mar deje de ser frontera para convertirse en puente. Sé que en el pueblo estadounidense palpita ese mismo anhelo. Lo he visto en los científicos que burlan las prohibiciones para investigar con nosotros, en los artistas que tienden sus manos, en los ciudadanos que llenan un avión de solidaridad cuando el huracán arrasa nuestros techos. Ellos son el pueblo real. No los que planean invasiones.
Por eso les alerto, casi con un nudo en la garganta: elijan mejor. Obliguen a los suyos a mirar el mapa con ojos de cooperación. No permitan que la maquinaria del complejo militar-industrial les devore también a sus hijos, sus impuestos, su decencia. Piensen en esa noche cercana en que un crucero lleno de pasajeros curiosos podría atracar en La Habana y ser recibido con flores en lugar de barricadas. Piensen en los hoteles construidos juntos, donde el trabajador de Iowa y el campesino de Pinar del Río beban un café bajo una misma luna. Piensen en lo que significa crecer sin que nadie tenga que morir.
Dicen que van a invadirnos. No saben que llevamos más de sesenta años invadidos por huracanes, tornados, dengue, chicunguya, pandemia y el constante el asedio de ustedes, y seguimos de pie. Pero esta vez no les hablo desde la resistencia épica, les hablo desde la fragilidad voluntaria del que tiende un puente de papel y tinta. No queremos sus bombas, queremos sus abrazos. No queremos su victoria, queremos su amistad. Que no sea demasiado tarde para que nuestros nietos sepan que elegimos la vida.
Confío en que estas palabras germinen en algún corazón al norte del Golfo, porque el amor entre los pueblos no es utopía: es una semilla que el odio insiste en pisotear, pero que siempre vuelve a brotar. Entre los cañaverales quemados de la historia, siempre, siempre vuelve a brotar. Nosotros tenemos muchísima experiencia.... Hágannos caso.
DdA, XXII/6346
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