Paco Arenas
Dijo una vez Jordi Pujol: «Si se agitan las ramas, caerá el nido y caerán todos». Y, efectivamente, al final no lo juzgaron; compartía negocios y testaferro con un delincuente que hoy se esconde en desiertos lejanos.
Me contaba un profesor de historia, al que siempre escucho con profunda admiración, que la dictadura de Primo de Rivera se instauró, en gran medida, para sepultar el Informe Picasso. Aquel documento, redactado por el general Juan Picasso (tío del célebre pintor), constaba de más de 3.000 páginas que desnudaban una realidad atroz: los soldados españoles destinados a la guerra de Marruecos caminaban descalzos porque sus propios mandos les vendían el calzado a los marroquíes. Tampoco tenían armas ni munición. ¿Por qué? Exacto, porque la cúpula del «glorioso» ejército español le vendía ese armamento a las tropas enemigas. Eran fusiles y balas que luego se utilizaban para emboscar a unos reclutas descalzos e indefensos. Iban directos a la muerte, y salían muy baratos. Por si fuera poco, los mandos cobraban por el rancho de cada soldado, desviando el dinero de la comida para enriquecer a quienes ya os podéis imaginar.
Mi amigo, el profesor, añadía con ironía que los soldados habrían tenido que defenderse a pedradas. Pero ni eso era fácil: las piedras escaseaban porque se usaban para limpiarse en las letrinas; el papel higiénico, por supuesto, no existía. Como consecuencia, las tuberías se atascaban constantemente.
Aquel escándalo llegó a debatirse en las Cortes y provocó un terremoto político. Ante la inminente desconexión de las vergüenzas del sistema, los militares —con la complicidad del rey Alfonso XIII, que también se llevaba su tajada— dieron el golpe de Estado de 1923. Había que evitar a toda costa que la verdad saliera a la luz.
Tras la dictadura, el informe fue mutilado y reducido a unas pocas páginas. Pero no bastó. Como todavía quedaban demasiados nombres y corruptelas al descubierto, los militares que perpetraron el golpe de julio de 1936 terminaron por reducirlo a la nada.
Hoy, en España, las cañerías de la judicatura, del sistema político y del poder económico necesitan un nuevo Informe Picasso. Porque o tiramos de la cadena de una vez, o la mierda —como la de aquellas letrinas de Marruecos— seguirá oliendo a podrido y atascando las tuberías de nuestra democracia.
A veces pienso, abrumado por la amnesia tan bestial que padece el pueblo español, que tal vez la única solución sería un golpe de realidad. Que quienes apoyan a esta mafia política, judicial y económica sufran en sus carnes el gobierno de aquellos que votan en contra de las subidas salariales, que insisten en que las pensiones son inviables y que niegan que la sanidad o la educación sean derechos fundamentales. Nos hundiríamos todos, desde luego. Y aun así, tengo serias dudas de que muchos se dieran cuenta, por fin, de lo que verdaderamente significa el fascismo.
DdA, XXII/6352

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