Madre de todos los nombres,
madre de la espera infinita y del pan callado,
vengo a encender en tu pecho un verso
como quien enciende una vela en la noche de los que no vuelven.
Madre del hijo en la guerra,
tu corazón es un campo minado de silencios,
cada latido un disparo lejano
que no sabes si aún es eco o ya es ausencia.
Tú que hilas la luz de la mañana
con el hilo negro de las noticias,
tú que le has dado a la patria
el panal de tu vientre,
y ahora solo recibes el zumbido hueco
de un fusil que no nombra a tu hijo.
Tejedora de banderas que no pediste,
custodia de un retrato que se va quedando pálido,
a ti te canto, madre trinchera,
con el himno de las palomas que no se rinden.
Madre del hijo que está cerca, tan cerca
que su respiración roza la puerta,
pero no escucha tu voz de agua mansa.
Él mira pantallas que no miran
y responde con monosílabos de niebla,
mientras tú le dejas la comida tapada
como si fuera una ofrenda a un dios distraído.
Tú, que fuiste su selva primera,
ahora eres isla que sin tocar él rodea .
Pero el amor tuyo no reclama,
se disfraza de silencio,
se vuelve una silla vacía que espera,
un plato que enfría su paciencia.
No le gritas: el amor tuyo es un río subterráneo
que sabe que el agua, tarde o temprano,
besará las raíces.
Madre de la visita que no llega,
tu casa se ha vuelto un museo de la espera.
Guardas el polvo sobre los muebles
como una sábana santa,
y el teléfono es un animal dormido
que ronca su silencio de hierro.
Sin embargo, tú sales al balcón
y le hablas a las nubes como si fueran nietos,
porque sabes que el amor no es un calendario,
es una raíz que bebe de lluvias invisibles.
Cuando al fin la puerta se abra,
no preguntarás "por qué tardaste",
porque tu amor es la sal que no pregunta,
solo sazona el pan del regreso.
Y luego estás tú, madre encendida,
la que se vuelve loca de amor cuando ve a sus nietos,
madre que de repente olvida sus achaques,
sus años de cansancio acumulado,
y corre por el parque con rodillas de niña,
inventa canciones que no existían,
se disfraza de oso, de luna, de payaso triste
que ha esperado siglos para esta risa.
Tú que guardaste juguetes polvorientos
en un arcón de madera herida,
ahora los sacas como reliquias
y le explicas al pequeño ese misterio:
"Este era de tu padre, que un día fue chiquito
y yo le cantaba lo mismo que a ti te canto".
Eres madre dos veces, abuela eterna,
corazón que se derrama como un panal vencido de dulzura.
Y por fin, madre del sacrificio mudo,
madre que nunca contó las noches en vela,
los pies descalzos sobre la escarcha,
el hambre que fingió no tener
para que el plato del hijo lleno estuviera .
No le contaste las fábricas grises,
las manos heridas, el llanto ahogado en la almohada
para que él durmiera soñando mundos justos.
Tú callaste el cansancio, la ausencia,
el orgullo roto que remendaste con hilo de seda,
porque tu amor es un escudo al revés:
protege por dentro, sangra por fuera.
Y él, que hoy camina erguido,
no sabe que sus hombros
son el monumento vivo de tus ruinas silenciosas.
A todas, madres del mundo,
brújulas de la especie,
raíz que da frutos sin pedir tormentas,
les traigo en este vuelta como un hijo que vuelve,
tarde, pero con el mar en las palabras.
Ustedes son la piedra donde Dios se arrodilla,
el fuego que no se apaga cuando la ceniza es más terca
Benditas las que paren hijos,
las que paren la vida, las que paren la espera,
las que no paren y crían, las que paren la paz, las que paren la ausencia
En cada una vive un verso que me ayuda
y un candil para que me encienda...
porque ser madre es firmar un pacto de luz
con la eternidad,
aunque la eternidad a veces llegue
disfrazada de silencio
y pariendo la primavera...
DdA, XXII/3641
No hay comentarios:
Publicar un comentario