Ni con la entrada regalada, me interesaría yo por ver lo que soportó quien escribe lo que sigue, pero ya que lo soportó no está de más agradecerlo. Lo que en el filme de Segura se despliega no es tanto una parodia como un escaparate impúdico de la “España cañí” más rancia —machista, racista, corrupta—, embadurnada de humor grueso que no incomoda a nadie porque, en el fondo, no cuestiona nada. Al contrario: bajo la coartada de la risa, se blanquea lo grotesco, se trivializa lo indecente y se convierte la miseria moral en un chiste recurrente. La estrategia es tan burda como eficaz: repetir la basura hasta que deje de oler.
Juan López
Me acerqué el martes, seducido por el precio de saldo senil de las entradas, a ver Torrente Presidente, armado con la coartada intelectual de Enrique Vila-Matas: «Hay que escuchar a los imbéciles y comprenderlos…». No tardé en comprobar que, en este caso, escucharlos implica someterse a un ruido ensordecedor de lugares comunes, zafiedad y autocomplacencia.
Lo que allí se despliega no es tanto una parodia como un escaparate impúdico de la “España cañí” más rancia —machista, racista, corrupta—, embadurnada de humor grueso que no incomoda a nadie porque, en el fondo, no cuestiona nada. Al contrario: bajo la coartada de la risa, se blanquea lo grotesco, se trivializa lo indecente y se convierte la miseria moral en un chiste recurrente. La estrategia es tan burda como eficaz: repetir la basura hasta que deje de oler.
El asunto roza lo grotesco cuando aparece en pantalla Mariano Rajoy, desalojado del poder por corrupción, impartiendo lecciones de decoro en un cameo que no es sátira, sino síntoma. Aquí la ironía no pincha: se arrodilla.
Salí con la sensación de que aquella España casposa que durante la transición provocaba vergüenza ajena no solo ha regresado, sino que lo ha hecho con presupuesto, altavoces y una preocupante falta de complejos. Ya no necesita justificarse: se celebra a sí misma. Y lo que antes sonrojaba, ahora arranca carcajadas.
Quizá lo más inquietante no sea la película, sino su recepción. Porque cuando lo intolerable se vuelve cotidiano y lo grotesco se consume sin fricción, el problema deja de estar en la pantalla y se instala cómodamente en el patio de butacas.
Conviene decirlo sin rodeos: la carcundia no solo sobrevive; prospera. Y cuando el mal se trivializa, deja de parecerlo. Ese es, precisamente, su mayor triunfo.
DdA, XXII/6319

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