En un suelo agotado por la espera, se sentaron en un silencio que se sintió como una oración. No tenían escritorios, ni paredes, ni pizarra, pero poseían algo más consistente que todo eso: un deseo irrompible de aprender.
Sus libros blancos eran como pequeñas ventanas, abriéndose a pesar de que todo se cerraba a su alrededor. Sus bolígrafos no eran solo herramientas; eran voces que se niegan a ser silenciadas, escribiendo la vida en un lugar donde todo trata de escribir un final.
El viento pasa, el polvo se levanta, y el suelo es duro... Sin embargo, sus cabezas permanecen inclinadas sobre sus cuadernos, como si protegieran un frágil sueño de la caída. En esta escena no se oye el ruido de la guerra, se oye determinación, el sonido de las letras que nacen con dificultad, pero aún naciendo.
No son solo niños sentados sobre piedras... son una memoria que se resiste a ser borrada, y un mensaje de que la educación no es un lujo, sino una forma de supervivencia. Cada palabra que escriben es un paso más allá del asedio, y cada línea es un pequeño espacio de libertad que tallan desde el corazón de la oscuridad.
Las piedras debajo de ellas pueden parecer frías, pero no pudieron extinguir el calor de su sueño.
Y el lugar puede parecer estrecho, pero sus mentes eran más anchas que todos los límites.
En ese rincón pequeño, no estaban escapando de la realidad... Lo estaban reescribiendo.
DdA, XXII/6330

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