Lazarillo
Los recuerdos que mi generación guarda del todavía viejo barrio de pescadores de Cimadevilla (así creo que se escribía entonces) están unidos en mi niñez y adolescencia a uno de sus vecinos, marcado entonces por la lacra en aquel tiempo de su homosexualidad, perseguida y condenada por el régimen, pero asumida más que tolerada por el vecindario, gracias a la simpatía desinhibida y espontánea de Alberto Alonso Blanco. A Rambal lo asesinaron a puñaladas, como en los crímenes pasionales, un día como hoy de abril de 1976 en su casa del Campo de la Monjas, que siempre le pareció a este Lazarillo un nombre adecuado para una novela que recreara la historia de la víctima. Todo el barrio de Cimavilla pidió justicia para que el criminal o criminales fueran identificados y condenados, pero hoy, cincuenta años después, se sigue sin saber nada y cabe la posibilidad de que ya no esté su asesino o asesinos entre los vivos. Barrero escribió un libro, La tinta del calamar, y Rodrigo Cuevas le puso música a Rambal, dándole memoria. Sin embargo, sobre la ciudad de Gijón, siempre pesará la injusticia de haber dejado impune su muerte, como les ocurrió a tantas víctimas de la dictadura que en 1976 empezaba a extinguirse. Rambal fue una víctima más de aquel tiempo oscuro e intolerante.
DdA, XXII/6319

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