viernes, 17 de abril de 2026

DAVID HARVEY: LOS CAPITALISTAS ESTÁN DESTRUYENDO ELLOS SOLOS EL CAPITAL

 El geógrafo y teórico social David Harvey advirtió en una interesante conferencia celebrada recientemente en la Universidad Nacional Autónoma de México, de la que informa Nota Antropológica, que el capitalismo se acelera hasta volver innecesaria la fuerza de trabajo, mientras la deuda y el despojo se disfrazan de vida normal. Los capitalistas, asegura, están destruyendo el capital, lo hacen ellos solitos, y no por falta de tierras o de petróleo, sino empujados por la idea de que si no produces más que tu competidor, puedes desaparecer. El economista David Ricardo creía que la ganancia caería porque los recursos naturales se agotarían. Marx, en cambio, señaló una trampa interna. Los capitalistas introducen máquinas para producir más con menos trabajadores. Eso eleva la productividad, pero reduce la necesidad de personas, y entonces ocurre lo peor.



Redacción Nota Antropológica
Imagine a una persona que sale de su casa antes de que el sol asome. Dejó a sus hijos al cuidado de alguien más, porque no le queda otra opción. Soportó el transporte público abarrotado o el tráfico que nunca termina. Cumplió órdenes que no eligió, en un trabajo que no eligió, con un horario que tampoco eligió. Al caer la noche, regresó con un sueldo que apenas alcanza para medio mes de gastos. Entonces fue al supermercado y pagó con tarjeta de crédito, porque el efectivo ya no le alcanzaba , y esa noche, mientras la televisión encendida llenaba la sala de luz azul, escuchó a un político decir que la economía va viento en popa.
El pasado jueves en la Universidad Nacional Autónoma de México, el geógrafo y teórico social David Harvey inició su conferencia con una premisa escandalosa. Los capitalistas están destruyendo el capital , y no por falta de tierras ni por escasez de petróleo. Lo hacen ellos solitos, empujados por la idea de que si no produces más que tu competidor, puedes desaparecer.
En su intervención , Harvey recordó una enseñanza del pensador Karl Marx. El economista David Ricardo creía que la ganancia caería porque los recursos naturales se agotarían. Marx, en cambio, señaló una trampa interna. Los capitalistas introducen máquinas para producir más con menos trabajadores. Eso eleva la productividad, pero reduce la necesidad de personas, y entonces ocurre lo peor.
“El trabajo se vuelve casi inútil porque toda la productividad queda contenida en las máquinas”, explicó Harvey desde el estrado. ¿El resultado? La tasa de ganancia cae. El capital se vuelve menos rentable , y los mismos dueños del capital se preguntan quién podrá salvarlos de ellos mismos.
Pero hay otro movimiento más silencioso y cotidiano. Harvey describió el capital no como un montón de fábricas o dinero guardado. Lo definió como un proceso, un valor que no puede parar de moverse. El ciclo es sencillo y brutal al mismo tiempo. Alguien con dinero compra máquinas y contrata personas. Esas personas producen algo. Ese algo se vende , y el dinero regresa con una ganancia. Luego todo vuelve a empezar , y cada vuelta tiene que ser más rápida que la anterior.
Por eso los autos, los aviones, el internet y las transacciones bursátiles generan la importancia de medirse en microsegundos. La velocidad es la obsesión silenciosa del capitalismo. Pero la velocidad tiene un costo que casi nadie nombra.
Harvey propuso seguir el recorrido de una persona trabajadora, como tú o como tu vecina. Imagina que por la mañana, esa persona sale de su casa en búsqueda de trabajo. Ahí afuera se encuentra a decenas de personas iguales a ella que compiten por el mismo puesto. Esa es la primera experiencia. Una competencia entre iguales. Luego, ya contratada, entra al proceso de trabajo. Allí ya no compite. Obedece. El jefe dice qué hacer, cómo hacerlo y en cuánto tiempo. Esa es la segunda experiencia. La subordinación.
Al terminar la jornada, recibe su salario. Cree que ese dinero le pertenece. Sale contento, aliviado. Pero el capital ya diseñó la siguiente etapa. La tienda, la tarjeta de crédito, la renta, el préstamo para adquirir electrodomésticos. Todo está organizado para que el dinero regrese a las mismas manos que lo pagaron.
“El trabajador pierde su identidad como trabajador y se convierte en comprador”, dijo Harvey , y en ese papel, rara vez se rebela.
Por eso una persona puede odiar su empleo, hablar mal del jefe y soñar con otro futuro, pero cuando llega el momento de una huelga o una protesta, dice no. Porque su casa, la escuela de sus hijos y el refrigerador lleno dependen de ese salario que apenas alcanza. No es traición. Es supervivencia dentro de un sistema que fragmenta la conciencia en pedazos.
Ahora agregue un ingrediente contemporáneo. La inteligencia artificial , de la que todos ven sus beneficios. Diagnósticos médicos más rápidos, traducciones automáticas, recomendaciones de series. Pero Harvey lanzó una advertencia. La misma tecnología que facilita la vida también acelera la inutilidad del trabajo.
“Cada forma de transformación tecnológica tiene posibilidades fantásticas y consecuencias negativas al mismo tiempo”, afirmó. Luego , negó la posibilidad de separar lo bueno de lo malo. No se puede, dijo, pedir que la inteligencia artificial solo haga lo que conviene.
Para entender esta máquina de contradicciones, Harvey propuso una imagen simple. El cuerpo humano. El corazón no funciona sin los pulmones. El estómago no digiere sin el hígado. Cada órgano cumple una función distinta, pero ninguno sobrevive solo. Así funciona la economía. Los mercados laborales, los procesos de producción, el consumo, la deuda y la ideología están conectados. No se puede cambiar uno sin afectar a los demás. Por eso las soluciones mágicas fracasan. Por eso los especialistas en finanzas nunca vieron venir la crisis de 2008.
Esa crisis, recordó Harvey, no fue solo financiera. Fue una crisis de vivienda en la que millones de familias perdieron sus casas. Empresas como Blackstone compraron esas propiedades y las convirtieron en renta. La riqueza no desapareció ; se transfirió de los bolsillos de la clase trabajadora a las arcas de los especuladores. Harvey llama a ese mecanismo acumulación por desposesión. Una palabra compleja para una realidad cotidiana. Te roban tu casa, tu tierra o tu tiempo, y además te hacen creer que fue un mal negocio tuyo. Acumulación por la acumulación misma, como escribió Marx hace más de un siglo.
Harvey deja una inquietud. Si las relaciones sociales se vuelven cada vez más abstractas, si no conoces a quien armó tu celular ni a quien cosió tu camisa, entonces la lucha política se vuelve más difícil. No puedes mirar a los ojos a un desconocido. No puedes organizarte con una abstracción. La única herramienta que queda, dijo, es la teoría. Entender cómo funciona el sistema para saber dónde poner el cuerpo, la firma o la voz.
Fuente:
Harvey, D. (2026, 16 de abril). Conferencia magistral #HarveyEnFilos [Conferencia]. Universidad Nacional Autónoma de México.

NOTA ANTROPOLÓGICA DdA, XXII/6317

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