Raulito Torres
La noche en La Habana sin silencio, es un rumor contenido. Es el zumbido del transformador que agoniza en la esquina de Infanta y San Lázaro, mezclado con el ladrido perruno que sube como espuma desde los solares. Hoy no es una noche cualquiera. Hoy es una de esas noches de plena vigilia, donde el aire está preñado de una amenaza antigua que no necesita nombre: la amenaza del norte, del zumbido metálico que rompa el malecón en cualquier momento.... el trueno que no viene del cielo sino del odio.
Sobre la mesa de formica descascarada del comedor, bajo la luz amarillenta y cómplice de un bombillo ahorrador, yacían las dos primeras mochilas.
La mía era una extensión de mi pellejo cuarteado por el sol y el salitre de la costa. Pesaba lo que pesa la historia. Metí el machete del abuelo mambí, ese que ya solo sirve para chapear la maleza del recuerdo, pero que en la empuñadura guarda el sudor de los que pelearon por esto antes de que existiera la palabra "imperio". Metí los avíos de pesca, anzuelos doblados con la paciencia de un monje, nylon fino para engañar al pargo en los dientes de perro de Cojímar. Herramientas de supervivencia: la fosforera larga esa, un reloj de cuerda que no depende de satélites, una foto de Martí y más cosas..... Es la mochila del hombre que sabe que si caen las bombas, el refugio será el manglar y el sustento la marea.
La de mi esposa, es un poema a la practicidad con olor a Menthiolate. Ella, que es como una especie de enfermera familiar y tiene las manos benditas para bajar la fiebre y la pena, la llenó de vendas, un estetoscopio chino que aún funciona de milagro, analgésicos robados a la escasez con la esperanza de no usarlos nunca, y un pomo de cristal con miel de una Colmena de Guanabacoa. Pan duro envuelto en un paño de cocina a cuadros. Cosas que alimentan el cuerpo cuando el alma se encoge. Es la mochila de la que sabe que en la guerra no hay héroes, solo heridos y hambre.
Pero cuando fuimos a por la tercera, el mundo no se derrumbó con estruendo de aviones ni con el tableteo de una ametralladora imaginaria. Se derrumbó con un susurro. Se derrumbó por dentro, como se derrumba una casa vieja cuando le quitan la viga maestra.
Ahí estaba la mochilita de juan el chiquitín de la casa, azul, con un supermario desteñido que todavía sonríe a pesar de las lavadas a mano en el balde de aluminio. Nueve años apenas. Una edad donde los carritos de madera pintados con Crayola, ruedan más rápido que los tanques en la televisión.
—¿Qué le ponemos, mima? —pregunté, y mi voz sonó como papel de estraza arrugándose.
Ella no respondió. Miró la mochila vacía como quien mira un agujero negro en el centro del pecho. Porque llenar esa mochila era admitir que la guerra existiría también para los que no la entienden. Era meterle miedo al equipaje de un niño que todavía cree que las nubes son de algodón de azúcar y no de humo de pólvora.
Yo, que me considero un trovador filósofo de la cola del pan, me quedé mudo. ¿Qué se guarda en la mochila de un ser sin culpa? ¿Un pomo de agua por si la sed es larga? ¿Una cajita de fósforos para que no le falte la candela en la oscuridad del refugio? ¿Su trompo de madera de guayaba?
Y entonces la vi, con esa sabiduría que solo tienen las mujeres cubanas que han sobrevivido al bloqueo y han criado con apagones, abrió la gaveta del mueble viejo. No sacó pastillas ni comida.
Sacó tres cosas.
Primero: un frasquito de vidrio vacío, de esos que antes guardaban compota Rusa. "Por si en el monte ve un cocuyo", susurró. "Para que no se le apague la luz propia".
Segundo: una libreta de tapas duras con la cara de Elpidio Valdés y un lápiz sin punta. "Para que dibuje los pájaros que no van a dejar de volar aunque haya bombas. Los sinsontes no entienden de política".
Tercero: un pedazo de papel de olor, amarillento, donde yo le había escrito un poema malo cuando éramos novios en la puntilla de playa. "Para que recuerde que el amor es lo único que no puede bloquear ningún imperio".
Llenamos la mochila de aire. De ternura. De esa materia intangible que en Cuba llamamos resolver pero que en el alma llamamos esperanza.
Afuera sigue la vigilia. Los tambores lejanos suenan a guerra, pero también suenan a rumba de cajón. Juan duerme en su camita "turca", con la mochila de Supermario abrazada como si fuera un peluche. En sus sueños no hay invasores, hay olas en el malecón y un helado de chocolate derritiéndose.
Mañana, si hay mañana, saldremos al balcón. Miraremos el Malecón y diremos como siempre: "Aquí estamos". Y si el cielo se pinta de gris acero, yo me pondré delante de ellos. Pero en la mochila de mi hijo, en esa tercera mochila que casi nos parte el corazón, no cabe la guerra.
Cabe Cuba. Y Cuba, asere! , es la luz de un cocuyo atrapado en un frasco de compota, esperando que amanezca!!! cojones!!!!
DdA, XXII/6325

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