Paco Arenas
Esta foto fue tomada por el fotógrafo estadounidense de Eugene Smith en Deleitosa, Cáceres, año 1950. Tres mujeres tiran de un carro cargado de paja hasta los topes. Sus rostros son mapas de surcos y sudor que nos pueden contar más de una historia.
El carro lleno de paja o heno no lo tiran mulas ni bueyes. No vemos hombres, tal vez porque están en la cárcel, muertos o intentando ganarse el pan en Madrid o Barcelona.
La de la izquierda, parece que quiere tomarse la cosa a chanza, lleva el cuerpo hacia delante con rabia y una ligera sonrisa:
—¡Arre, Remedios, arre! Que si este carro fuera un hombre, ya nos habría pedido un pitillo y se habría sentado a la sombra a darnos consejos. Dicen que Franco ha dicho que España va para arriba... Pues a nosotras, lo único que nos sube es la paja y la tensión. ¡Me cago en la autarquía y en la madre que la parió!
La del centro, Encarna, lleva la barbilla clavada en el pecho, no quiere mirar a la cámara, no vaya a ser que se puedan leer sus pensamientos, no quiere terminar como su marido en una cuneta; que aunque haga más de diez años que terminó la guerra, todavía lleva el miedo pegado a la piel.
—Calla la boca, que como te oiga el cura o el alcalde, la paja la vas a comer tú en el calabozo. Tú tira, que si la paja no llega al pajar, esta noche cenamos aire frito con pavesas. El hambre, Remedios, no entiende de política, solo de agujeros los bolsillos del mandil. ¡Uf!
La de la derecha, con el pañuelo apretado, va jadeando, no quiere decir nada, bastante tienen con estirar el carro e intentar dar de comer a sus hijos.
—¡Ay, si mi Manuel viera esto...! Cinco años en la cárcel, y mira para qué, para salir tísico y morirse a los siete días… Por «auxilio a la rebelión», dijeron, si era Guardia Civil y lo único que hizo fue defender la legalidad. Sus propios compañeros lo denunciaron. Ahora, pobrecito mío, lo necesitaría a mi lado, como que necesito yo es que alguien me quite este madero de las costillas…¡Ay, Manuel, Manuel...!
—No sé lo que es peor, si que esté muerto o en Madrid, como los vuestros… ¿dónde está el mío? ¿en el monte, con los maquis, jugando al escondite con los guardias, como dicen los civiles? Soy una viuda de un vivo o más bien, somos las tres burras de carga…¡Me cagüen en lo más sagrao!
Lo que Eugene Smith captó en Deleitosa fue el reverso tenebroso de la propaganda del régimen franquista. Mientras en Madrid se inauguraban pantanos y se hablaba de «la hora de España», en los pueblos, el tiempo se había detenido en una Edad Media perpetua de tracción de sangre. W. Eugene Smith no era un turista; era un hombre obsesionado. Para captar la esencia de Deleitosa, se instaló allí semanas, ganándose la confianza de los vecinos a pesar de no hablar español.
Cuando Smith terminó el reportaje, sabía que la Guardia Civil le pisaba los talones. Las autoridades sospechaban que aquel americano con tantas cámaras no estaba retratando «tipismos», sino miseria. Smith escondió los negativos y huyó hacia la frontera con Portugal a toda prisa.
Cuando la revista Life publicó el reportaje el 9 de abril de 1951, el mundo vio algo que no encajaba con la España imperial que se vendía fuera. Vieron a las mujeres del carro y vieron el rostro de la muerte en una habitación sin apenas luz. El régimen calificó el reportaje de «insulto al honor de España» y prohibió la revista.
El título «Las viudas de vivos» (un término usado originalmente en Galicia para las mujeres de los emigrantes) se aplica perfectamente a estas extremeñas: mujeres solas ante el peligro del hambre, que sostuvieron la economía de supervivencia de todo un país mientras los hombres estaban muertos, presos, escondidos o huyendo.
Pero eso sí, con Franco se vivía bien, sobre todo unos pocos… muy pocos... Los que dicen que con Franco se vivía bien.
DdA, XXII/6283

No hay comentarios:
Publicar un comentario