Temía lo peor. Que la poda fuera tala. Así me pareció cuando lo operarios del ayuntamiento de la localidad salamantina en donde reside este Lazarillo procedieron ayer a cortar uno de los troncos del álamo blanco plantado en uno de los parques del pueblo, hace algo más de veinte años. Al parecer, después de varios mensajes y una charla con el alcalde, no se talará el árbol. Se trata del único que da generosa sombra al recinto y sería un contrasentido talarlo, tratándose de un ejemplar que no tenía señal alguna de estar enfermo. Por si el alcalde lo tiene a bien, le recuerdo una parte de la biografía de ese álamo blanco, escrita en 2008 en este mismo DdA, salvado en su día in extremis del vandalismo de unos adolescentes ociosos. Tengo la sensación de que esta vez también se ha salvado in extremis y que el árbol se ha quedado huérfano de uno de sus troncos y de una de sus sombras. Árbol mutilado.
EL LLANTO DE PLATA DE UN ÁLAMO BLANCO
Félix Población
Se le conoce por varios nombres: álamo blanco, chopo blanco o álamo plateado. Yo prefiero este último por el efecto que cobran sus hojas cuando las mece el viento. Parecen agitadas por un temblor de plata gracias a su envés blanco, que contrasta con el verdor de su parte anterior. No hay a mi juicio árbol que titile con más brillo en el paisaje de Castilla. Gracias a esa señal que llama a la mirada cuando sopla la brisa, es muy fácil que los niños distingan su figura y recuerden su nombre. No hay mejor modo de respetar la naturaleza que aprender a nombrarla. Ya sean árboles o pájaros, flores o mariposas.
El álamo plateado es de rápido crecimiento, alcanza los veinte o treinta metros de altura y bajo su fronda se respira una sombra acogedora que abarca un diámetro de diez metros. A tal capacidad umbría se corresponden unas raíces largas y profusas que hacen aconsejable su plantación a distancia de los edificios. Es de agradecer esa frondosidad tan generosa bajo la ardorosa canícula castellana. La encontramos casi siempre acogida a la fresca ribera de los ríos, donde corre el aire y el árbol y quienes lo disfrutan pueden así gozar mejor de su pálpito de plata.
En el parquecito que hay bajo la terraza de mi casa se plantaron hace tres años dos tilos y un álamo plateado. Como el ayuntamiento no se tomó la molestia de regarlos durante los veranos, lo hice yo con la máxima regularidad posible, y hasta me permití vendar el tronco del chopo blanco, que muy pronto sufrió la agresión de un arboricida que pretendió tajarlo, luego de cortar una de sus ramas mayores.
El árbol se repuso, pero el percance me advirtió del riesgo de extinción cortante que corría con sus dos compañeros. Hace un par de semanas, otros desalmados pretendieron quebrar uno de los tilos. Si resistió el embate fue gracias a la flexibilidad de su tronco, colmada por las últimas y copiosas lluvias. El tilo quedó doblado sobre el suelo con un nido de pajarillos muertos. Logramos rescatar su pujante verticalidad con un rodrigón o tutor de apoyo.
Pero eso debió de excitar hasta tal punto la bestialidad en celo de los energúmenos, que ayer se cebaron con el más débil de los árboles. Ocurrió durante la tarde del domingo, extensa y vacía como la ociosidad de esas pandas de jovenzuelos con la sensibilidad tan embrutecida como descarriada. El pálpito de plata de la joven fronda yacía sobre la tierra como un temblor de lágrimas. Me dio la sensación de que su agonizante titilar no lloraba por su herida sino por la ciega y precoz barbarie de sus verdugos.
DdA, XXII/6296

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