Irene García Lino
Aquella mujer llegó al pueblo una mañana calurosa al final del verano, en uno de esos días maduros que se desparraman lentamente sobre los campos y las calles vacías, con una pequeña maleta llena de sueños, libros y algo de ropa como todo equipaje. Los primeros días nadie hizo por recordar su nombre: para todos ella era simplemente la maestra.
Al llegar septiembre, abrió la escuela. La luz inundó el aula, despertándola del letargo estival. Sacudió el polvo de los pupitres y colocó libros nuevos en las estanterías. Llenó las paredes de ilustraciones y mapas con los que haría viajar, sin salir de la estancia, a los niños de aquel pequeño pueblo olvidado. Y, antes de marchar, escribió con mimo y cariño las primeras letras en la pizarra, como quien siembra algo valioso que tardará en ver germinar.
Y así, la maestra enseñó a leer a todos los que nunca nadie había considerado necesario educar; a escribir a quienes nunca habían sostenido un lápiz entre las manos duras por años de trabajo; y a descubrir que el mundo era mucho más grande que ese valle perdido entre montañas majestuosas. Porque la maestra decía que las palabras abrían puertas y mentes, y que la escuela debía ser para todos.
Pero después llegaron los días oscuros. El miedo inundó las calles y el pueblo se cubrió con un pesado manto de silencio que tardó muchos años en desdibujarse.
Una noche, la oscuridad se rompió con los gritos y golpes que salían de la casa de la maestra. Muchos lloraron en la intimidad de sus casas. Ella no había hecho nada malo. Un ruido sordo y metálico devolvió el silencio a la noche.
Nunca nadie volvió a ver a la maestra. Las estanterías de la clase volvieron a vaciarse. Las paredes quedaron desnudas de mundos con los que soñar. La escuela volvió a sumirse en la oscuridad y el nombre de la maestra dejó de pronunciarse en voz alta.
Pero, a pesar de que intentaron borrarla, todavía hay quienes recuerdan que fue ella quien les enseñó a juntar las primeras letras. A soñar con un mundo más justo. Y mientras alguien cuente su historia, la memoria de la maestra seguirá caminando por las calles de aquel pueblo, entrando en la escuela con su pequeña maleta llena de libros y sueños.
DdA, XXII/6282

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