lunes, 9 de marzo de 2026

NADIE NUNCA VOLVIÓ A VER A LA MAESTRA DE AQUEL PUEBLO OLVIDADO

 


Irene García Lino

Aquella mujer llegó al pueblo una mañana calurosa al final del verano, en uno de esos días maduros que se desparraman lentamente sobre los campos y las calles vacías, con una pequeña maleta llena de sueños, libros y algo de ropa como todo equipaje. Los primeros días nadie hizo por recordar su nombre: para todos ella era simplemente la maestra.
Al llegar septiembre, abrió la escuela. La luz inundó el aula, despertándola del letargo estival. Sacudió el polvo de los pupitres y colocó libros nuevos en las estanterías. Llenó las paredes de ilustraciones y mapas con los que haría viajar, sin salir de la estancia, a los niños de aquel pequeño pueblo olvidado. Y, antes de marchar, escribió con mimo y cariño las primeras letras en la pizarra, como quien siembra algo valioso que tardará en ver germinar.
Y así, la maestra enseñó a leer a todos los que nunca nadie había considerado necesario educar; a escribir a quienes nunca habían sostenido un lápiz entre las manos duras por años de trabajo; y a descubrir que el mundo era mucho más grande que ese valle perdido entre montañas majestuosas. Porque la maestra decía que las palabras abrían puertas y mentes, y que la escuela debía ser para todos.
Pero después llegaron los días oscuros. El miedo inundó las calles y el pueblo se cubrió con un pesado manto de silencio que tardó muchos años en desdibujarse.
Una noche, la oscuridad se rompió con los gritos y golpes que salían de la casa de la maestra. Muchos lloraron en la intimidad de sus casas. Ella no había hecho nada malo. Un ruido sordo y metálico devolvió el silencio a la noche.
Nunca nadie volvió a ver a la maestra. Las estanterías de la clase volvieron a vaciarse. Las paredes quedaron desnudas de mundos con los que soñar. La escuela volvió a sumirse en la oscuridad y el nombre de la maestra dejó de pronunciarse en voz alta.
Pero, a pesar de que intentaron borrarla, todavía hay quienes recuerdan que fue ella quien les enseñó a juntar las primeras letras. A soñar con un mundo más justo. Y mientras alguien cuente su historia, la memoria de la maestra seguirá caminando por las calles de aquel pueblo, entrando en la escuela con su pequeña maleta llena de libros y sueños.

DdA, XXII/6282

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