Ricardo Miñano
Tras la exigencia de “rendición incondicional” lanzada por Donald Trump, la respuesta desde Teherán no se ha hecho esperar. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, reaccionó con un mensaje desafiante que mezcla política, propaganda y un golpe retórico dirigido a las élites estadounidenses.
“Irán no será controlado por la banda de Epstein”, afirmó, en una referencia directa al escándalo que rodeó al financiero estadounidense Jeffrey Epstein. Ghalibaf añadió que el destino del país “será decidido únicamente por la orgullosa nación iraní, no por las redes de poder y escándalo que pretenden dictar el rumbo del mundo desde Washington”.
El mensaje no solo rechaza cualquier idea de capitulación, sino que busca convertir el conflicto en una batalla de narrativa: orgullo nacional frente a lo que Irán describe como una élite occidental desacreditada. En medio de ataques y una creciente tensión regional, Teherán insiste en que no se rendirá ni aceptará presiones externas.
Desde la perspectiva iraní, la guerra no cambiará la atención sobre los escándalos que han sacudido a parte de la clase política estadounidense. Algunos en Teherán sugieren incluso que abrir un frente militar podría haber sido visto en Washington como una forma de desviar la atención pública. Pero, según el discurso oficial iraní, Irán no es un adversario fácil ni predecible.
Así, más allá del terreno militar, la confrontación también se libra en el campo de la narrativa global: acusaciones, símbolos y mensajes diseñados para influir en la opinión pública. Y en ese escenario, Irán deja claro que no piensa aceptar una rendición impuesta desde fuera.
DdA, XXII/6281

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