José Ignacio Fernández del Castro
«Observar la naturaleza, estudiar sus productos, buscar las relaciones generales y particulares que han ido imprimiendo en sus caracteres y, finalmente, intentar comprender el orden que hace imperar por todas partes, así como su funcionamiento, sus leyes y los medios infinitamente variados que emplea para dar lugar a este orden, es, desde mi punto de vista, ponerse en camino de adquirir los únicos conocimientos positivos que se encuentran a nuestra disposición, los únicos, por otra parte, que pueden sernos verdaderamente útiles y al mismo tiempo nos pueden proporcionar las satisfacciones más dulces y limpias capaces de aliviarnos de las inevitables penas de la vida.»
Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet de LAMARCK
(Picardía, Francia, 1 de agosto de 1744 – París, 18 de diciembre de 1829): Primer párrafo de la “Introducción” de Philosoph ie zoologique (1809).
El afán por saber, el asombro ante la naturaleza, el gozo en el disfrute de lo que ella nos ofrece por doquier, son el principio de los mejores impulsos del ser humano... Del mismo modo, la ocultación y control del conocimiento adquirido, la obsesión por cambiar naturalezas y paisajes, la obsesión por convertir los productos de la naturaleza en negocio, son el principio de los peores impulsos del ser humano.
El primero, generoso, inclusivo y con vocación de universalidad, estaría en la base de toda construcción solidaria (aunque siempre problemática) de la convivencia (acaso de algo similar a eso que la ultraderecha ha dado en pintar, con pincelada gruesa, como “ideología woke”)... El segundo, egoísta, exclusivo y con vocación particularista, estaría en la base de toda construcción individualista de la sociedad (acaso muy cercana a las exigencias del nuevo portavoz de Vox, José Antonio Fuster, cuando abogaba, para facilitar gobiernos, por “un programa radical que incluyera la negación del cambio climático, una política migratoria drástica, alineada con los principios de la Reconquista, y la prohibición de todo discurso pro-LGBT en escuelas y universidades").
Es, al fin y al cabo. la lucha entre aquellas mujeres de la Corrala La Utopía (aquella hermosa experiencia que llevó a 36 familias a habitar esas viviendas vacías en la sevillana calle de las Juventudes Musicales, propiedad de un banco, desde mayo de 2012 y durante 688 días, tal y como contara Mariano Agudo en su documental Habitar la Utopía a finales de 2014) y quienes, desde el poder (político o económico) o la calle, ponen todo su empeño en cortar de raíz cualquier aliento de ese tipo... Es la lucha entre quienes creen que la profusión de miseria debe visibilizarse en primera plana como única posibilidad para que los poderes públicos se preocupen de combatir las causas que la provocan y quienes alientan las “normativas antimendicidad” que, al estilo de las que florecieran en el Oviedo de esa época, se empeñan, so pretexto de la presencia de redes organizadas y el mantenimiento de una “estética comercial” en las calles céntricas, en “barrer la mendicidad para ocultarla bajo las alfombras de la periferia urbana” mediante multas y hostigamientos.
Desde luego, los primeros impulsos, solidarios y universalistas, pueden errar, como le pasara a Lamarck al pensar que “la necesidad crea el órgano” es el principio básico de la evolución biológica... Pero, al menos, sus errores y aciertos se repartirán entre todo el mundo, sin exclusiones, de modo que unos y otros harán más dulces las satisfacciones y aliviarán las inevitables (pero repartidas y compartidas) penas de la vida… A la vez que abren caminos hacia nuevos logros en el acercamiento constante al la “verdad humana”.
Los segundos impulsos, egoístas y particularistas, aún cuando alcancen aciertos parciales resultarán un gran error para la inmensa mayoría de la especie humana, privada de los beneficios derivados y eterna pagana de todas las pérdidas reales o potenciales.
Y, sin embargo, estamos como estamos. Lo que nos lleva, inevitablemente, a sentir cada día sin errores como un día perdido.
DdA, XXII/6296

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