jueves, 5 de marzo de 2026

FERNANDO ÓNEGA: UN LEAL SERVIDOR DE LA PALABRA OFICIAL

El fallecimiento de quien fue compañero de este Lazarillos en los comienzos de su vida profesional, coincidió casi con el de un colega de generación, Gregorio Morán, en las antípodas del entendimiento que tuvo Ónega tanto del periodismo como de la Transición. Ónega, escribe Martínez Pineda, fue el leal servidor de la palabra oficial. Escribía para el régimen con la misma solvencia con la que, pocos años después, escribiría los discursos de la modernidad democrática: del “Movimiento Nacional” al “cambio tranquilo”, de la España una y grande a la España plural del consenso. Su verdadera destreza no fue el periodismo, sino la adaptación mimética: interpretar cada tiempo histórico desde la conveniencia del momento.


Lucio Martínez Pereda

Hay personajes que encarnan la biografía moral de un país. Fernando Ónega es uno de ellos. Nadie representa mejor que Ónega el talento para la metamorfosis política
Su travesía desde el periodismo propagandístico del franquismo hasta la respetabilidad democrática ilustra algo más profundo que una simple mutación profesional: Ónega fue el leal servidor de la palabra oficial. Escribía para el régimen con la misma solvencia con la que, pocos años después, escribiría los discursos de la modernidad democrática: del “Movimiento Nacional” al “cambio tranquilo”, de la España una y grande a la España plural del consenso. Su verdadera destreza no fue el periodismo, sino la adaptación mimética: interpretar cada tiempo histórico desde la conveniencia del momento.
Cuando la dictadura se desmoronó, Ónega no tuvo necesidad de negar su biografía: bastó con relegarla . Su reconversión democrática fue tan natural como la de tantos tecnócratas del tardofranquismo que amanecieron constitucionalistas. En la Transición, la sociedad necesitaba narradores que pusieran palabras amables al olvido colectivo, y Fernando Ónega supo ocupar ese papel. Sus columnas y comentarios llevan la marca estilística del periodista que nunca abandona la prudencia cortesana. Ni estridencias ni riesgos. El exito de Ónega radica en haber disfrazado de moderación lo que no es más que continuidad, en haber traducido la obediencia franquista en virtud democrática.
Por eso su biografía profesional puede leerse como un compendio del tránsito de la palabra franquista a la retórica democrática, siempre al servicio del poder de turno. En él se condensa una rara habilidad: la de decir lo mismo con distinto uniforme, sin sonrojarse.
Comenzó su carrera en los años sesenta en las páginas del diario falangista Ya, órgano oficioso del régimen ejerciendo como periodista disciplinado en las coordenadas del nacional-catolicismo moderado. El Ya era entonces una escuela de obediencia, un laboratorio del periodismo paternalista que llamaba “información” a lo que en realidad era propaganda . Ónega aprendió pronto que la neutralidad se premiaba más que la crítica, y que la cercanía al poder aseguraba continuidad profesional.
Con el final del franquismo y la llegada de la Transición, Ónega no se escondió: simplemente se transfiguró. Pasó, con naturalidad, de las páginas del Ya a la Moncloa: convertido en el redactor de discursos de Adolfo Suárez. Allí ayudó a construir esa retórica del consenso que transformó el lenguaje de la obediencia en el lenguaje de la reconciliación. Bastaba con cambiar un par de sustantivos
De aquel periodo nació el mito del cronista solvente, ponderado, que pone voz a los nuevos tiempos sin romper con el pasado. Ónega encajó perfectamente en ese molde. La televisión lo consagró como una figura entrañable, portavoz del nuevo sentido común. Sus colaboraciones en radio y prensa durante las décadas siguientes -de La Voz de Galicia a Onda Cero- mantuvieron intacta la combinación de quien siempre comprende y nunca combate
Fernando Ónega fue un continuador. Su biografía no describe una ruptura, sino una línea ininterrumpida desde el periodismo del Movimiento hasta el periodismo de la Moncloa. Lo suyo fue la fidelidad al relato dominante. Por eso Fernando Ónega fue el hombre que acompañó todos los giros del poder sin perder sonrisa ni despacho.

DdA, XXII/6279

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