Para disgusto de Aznar, Feijóo también dice ahora no a la guerra. El expresidente, a propósito, se vio obligado a sacar un comunicado, emitido mediante movimientos morse de su labio superior, en el que recordaba que, como ya sabemos, en Irak había armas de destrucción masiva y que el 11M fue ETA. De un presidente a otro que no lo es porque no quiere, Feijóo se encargó de que su “no a la guerra” dicho desde la tribuna del Congreso tuviese el filtro Feijóo, es decir, que no se lo creyera ni él mismo. No a la guerra y no a usted, dijo refiriéndose a Sánchez. No a la ruptura del derecho internacional y no a esa cara suya de prepotente. No al asesinato de miles de niños en Gaza y no a que usted use el Falcon para desplazarse. ¿Por qué tiene uno que ser crítico sólo con una cosa a la vez?
Gerardo Tecé
Feijóo es un político sólido, un tipo de ideas claras. Cuando alcanzó la dirección del Partido Popular anunció, de manera solemne, que llegaba a España la sensatez, la política adulta. Hace poco lo veíamos en un karaoke cantando “me gusta la fruta”, que es la forma adulta de llamar hijo de puta al presidente elegido por los insensatos españoles. Todo en Feijóo funciona de manera similar. Del no quiero pactar con Vox al cerremos acuerdos cuanto antes. Del Puigdemont golpista al Puigdemont vente conmigo y deja al otro. Del Mazón no estuvo bien al Mazón es ejemplar al Mazón mejor vete que ya manchas. De salvar España con urgencia a no querer ser presidente. Con la guerra ilegal de Estados Unidos e Israel, la cosa no iba a ser menos.
Los hospitales y las escuelas repletas de niñas pueden destruirse con misiles, pero la hemeroteca está blindada a prueba de bombas. Quizá los más jóvenes no lo recuerden, pero en épocas lejanas, hace tres semanas concretamente, el líder del PP definía como frívola e irresponsable la posición de España porque el Gobierno se había negado a ir de la mano de Trump y Netanyahu. Si, como se comenta en la cafetería de la calle Génova, nadie en este país soporta a Sánchez, nadie es nadie, oponerse al presidente por sistema debe rentar, calculó el gallego. Qué desastre, por culpa de Sánchez nos hemos quedado aislados internacionalmente, denunció Feijóo tan cabreado y belicista que parecía que un misil iraní hubiese impactado contra el yate de Marcial Dorado. Estamos haciendo el ridículo, aseguró.
Fue decirlo y comenzar los países del mundo a sumarse a España en el plantón contra los matones. Para cuando Meloni en Roma, el Financial Times en Londres y Merz en Berlín celebraban, defendían y hacían suya la posición de España, Feijóo empezó a asegurarle al camarero de la cafetería de Génova que él ya era pacifista mucho antes de que lo fuese Sánchez. Solo estaba disimulando para no dar pistas de su estrategia. Oponerse a una guerra ilegal promovida por un genocida es una cortina de humo para que no hablemos de que el hermano del presidente trabajaba en el conservatorio de música de Badajoz, llegaron a asegurar en el PP, eternos líderes del humor involuntario. Cuando a Feijóo le pusieron por delante las encuestas que decían que, salvo tu primo el de Vox, el resto de España se opone a la guerra, Alberto reunió a los suyos para anunciarles que esta semana diría en el Congreso las cuatro malditas palabras que aún duelen en el imaginario de la derecha española: no a la guerra.
Para disgusto de Aznar, Feijóo lo hizo. El expresidente, a propósito, se vio obligado a sacar un comunicado, emitido mediante movimientos morse de su labio superior, en el que recordaba que, como ya sabemos, en Irak había armas de destrucción masiva y que el 11M fue ETA. De un presidente a otro que no lo es porque no quiere, Feijóo se encargó de que su “no a la guerra” dicho desde la tribuna del Congreso tuviese el filtro Feijóo, es decir, que no se lo creyera ni él mismo. No a la guerra y no a usted, dijo refiriéndose a Sánchez. No a la ruptura del derecho internacional y no a esa cara suya de prepotente. No al asesinato de miles de niños en Gaza y no a que usted use el Falcon para desplazarse. ¿Por qué tiene uno que ser crítico sólo con una cosa a la vez?
Como en el chiste del niño que para el examen se había estudiado la hormiga y le preguntaban por la ballena –la ballena es un animal más grande que la hormiga, a propósito, la hormiga…– a Núñez Feijóo le tocaba tomar posición sobre el delicadísimo estado del mundo tras los ataques contra Irán y él lo hizo a su manera: Sánchez dimisión. En un momento de su intervención, que a Tellado, por sus gestos, le debió de parecer espectacular, el líder del PP con permiso de Ayuso llegó a insinuar que, hablando de dictadores, Sánchez era un dictador por prorrogar los presupuestos generales. ¿Dictador? ¿Cómo Franco? ¿Qué si tengo o que si quiero?, preguntó Abascal adormilado en su bancada, soñando con un cameo en Torrente 7 y mirando a Sánchez, por primera vez, con ciertos ojitos de deseo. Las guerras ilegales están mal, tener de presidente a Sánchez también y de las hemorroides mejor ni hablamos. En tiempos complejos necesitamos políticos que, como Feijóo, tengan las ideas claras.
CTXT DdA,XXII/6298
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