Desde Conversación sobre la Historia presentamos un interesante cruce de opiniones sobre un asunto recurrente que podría sintetizarse en el argumento de que las izquierdas de los países democráticos carecen de capacidad crítica para denunciar golpes, intervenciones y dictaduras que se proclaman de izquierdas, revolucionarias e igualitarias. El texto de Antonio Muñoz Molina (que se reproduce después del de Milanović) estaría cerca de esta argumentación, que no deja de ser un leitmotiv de la literatura reaccionaria, como replica Branco Milanović. Ahora bien, ¿por qué hay una generación de autores, especialmente literatos, que, desde concepciones de carácter relativamente progresista, recurren a este argumentario? ¿Tal vez la explicación esté en el peso del franquismo sociológico? No tratamos de ofrecer una sola explicación para un fenómeno social de esta envergadura, (recuérdese, por ejemplo, “La desfachatez intelectual”), pero habrá que valorar significativamente que estamos hablando de personas de una sociedad que disfrutó, pero también padeció, las grandes prebendas populistas del franquismo de los sesenta, por ejemplo, las becas de estudios para el bachillerato en función del mérito académico. Tal vez ese tipo de benéfica carga fuese la que provocase a aquellos bachilleres letrados convertidos en jóvenes sabios “mirar para otro lado”, todo por puro efecto rechazo. Como recuerda Branko, es más que razonable criticar los imperialismos presentes, pues tortícolis pasadas no dejan el cuello dañado, aunque el reaccionarismo educado argumente lo contrario.
Conversación sobre la historia

Branko Milanović
En un interesante artículo titulado acertadamente “Contra el imperio“, el columnista de El País Antonio Muñoz Molina ofrece una reseña resumida del último medio siglo de política internacional y, de hecho, de las decepciones políticas de la izquierda. El artículo está escrito bajo la sombra del imperialismo que regresa. Comienza citando a la pareja del autor, quien dice que tienen que volver a luchar contra el imperialismo como lo hicieron en su juventud. Termina con una nota similar: un llamamiento a luchar contra el imperialismo (implícito) de Trump, Putin y Xi Jinping. La mayor parte del artículo consiste en una lista, o incluso se podría decir una letanía, de los errores de la izquierda antiimperialista de la juventud del autor. Todos los que tienen más de 50 años, y más aún los mayores, recuerdan perfectamente todos estos acontecimientos. De hecho, yo recuerdo todos los citados en el artículo, algunos quizá mejor que los acontecimientos que tuvieron lugar hace varios meses.
Es una crítica a la izquierda que, según Muñoz Molina, comenzó con la lectura de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin y el Libro Rojo de Mao, y que a partir de entonces se centró exclusivamente en criticar el imperialismo estadounidense. Dejó de lado, ignoró o apoyó, y en el mejor de los casos, no criticó lo suficiente las calamidades “producidas por la izquierda”, como el éxodo masivo de la población de Vietnam del Sur después de que Vietnam del Norte y el Vietcong ganaran la guerra1; ignoró la invasión soviética de Checoslovaquia o no adoptó una postura clara contra Jomeini durante la Revolución Islámica. Peor aún, los izquierdistas apoyaron a los regímenes opresivos de cualquier país del Tercer Mundo (Vargas Llosa es citado allí de manera útil), ya fuera Cuba, Zimbabue o China.
Estas son las críticas liberales habituales y no son nada nuevas. Prácticamente no han cambiado desde 1917: solo ha aumentado el número de acontecimientos a los que se pueden aplicar. Sin embargo, para no mostrarse totalmente ciego ante los acontecimientos de los últimos treinta años, Molina, de forma algo tibia, al parecer, extiende la crítica al insuficiente rechazo de la izquierda democrática a las oligarquías neoliberales de América Latina, que en su país viven en recintos fuertemente protegidos, pero que, tras comprar costosas villas en Miami y Madrid, disfrutan de los placeres de sociedades más igualitarias y ricas. (Quizás Vargas Llosa también podría haber sido citado en ese contexto). No hay que olvidar que también se mencionan los excesos de la privatización poscomunista, que benefició principalmente a los cuadros comunistas.

Sin embargo, el lector se pregunta: ¿Qué sentido tiene el artículo, aparte de enumerar una letanía de errores, o “errores”? ¿Acaso la izquierda, que se equivocó permanentemente durante unos cincuenta años, ahora que el mundo ha vuelto a ser imperialista, necesita volver a los valores de su juventud? ¿Al Imperialismo… de Lenin? No está claro si este es el mensaje, y sinceramente dudo que lo sea. Pero el único mensaje que se podría imaginar es que uno debería refugiarse en lo que podría llamarse narcisismo intelectual, en el que uno siempre tiene razón políticamente, pero es irrelevante e ingenuo. ¿Es deseable esta combinación de vanidad e ingenuidad?
Con ese pensamiento, las críticas que Muñoz Molina dispensa libremente comienzan a perder su poder. Tomemos el caso de Vietnam. ¿No debería la izquierda haber apoyado a los comunistas vietnamitas en su lucha contra el imperialismo estadounidense porque no les importaba mucho la democracia? ¿O no debería la izquierda haber ignorado la teocracia de Jomeini? La respuesta siempre puede ser “sí”, pero la cuestión es que, en el mundo real, a diferencia del mundo de los sueños intelectuales, el contexto internacional importa. Y también está la cuestión del mal menor. Ciertas luchas merecen ser apoyadas, ya sea porque la parte que se apoya se considera el mal menor de los dos, o porque las luchas deben verse en el contexto global. Por poner un ejemplo: la guerra entre la URSS y Alemania entre 1941 y 1945 solo puede y debe verse en un contexto internacional. No tiene sentido declarar la neutralidad porque el régimen de Stalin fuera en algunos casos tan represivo, y en muchos casos incluso más represivo, que el de Hitler. Esta no es la base sobre la que decidimos si apoyar a uno u otro. La decisión debe tomarse dentro del contexto global, es decir, teniendo en cuenta lo que significaría para el mundo la victoria de uno u otro bando.
Es igualmente inútil criticar a las personas por no apoyar políticas o ideologías que simplemente no están sobre la mesa de posibilidades. Es posible que nuestra opción preferida no esté disponible en absoluto. No está en el menú. Si estuviéramos en Teherán en enero de 1979, las opciones del menú serían la continuación de una dictadura dependiente del exterior [comprador dictatorship] por parte de un autócrata vanidoso, un gobierno teocrático, una toma del poder por parte de los comunistas o un régimen extremista de izquierda del Tercer Mundo. La democracia liberal no está en el menú. Muñoz Molina quizá desearía que lo estuviera, pero simplemente no lo estaba. Uno tiene dos opciones: seguir viviendo en un mundo de fantasía y permanecer siempre coherente y «correcto», y por lo tanto irrelevante; o elegir lo que cree que es, en un momento dado, el mal menor.

De hecho, todos los ejemplos que da Muñoz Molina deben analizarse en su contexto. Consideremos el caso de los Jemeres Rojos. Llegaron al poder tras derrocar la dictadura de Lon Nol, instaurada por Estados Unidos; pero Lon Nol llegó al poder porque los estadounidenses decidieron invadir Camboya para detener el flujo de armas que se suministraban a Vietnam del Norte a través de la “ruta Ho Chi Minh”. Así pues, la decisión de apoyar a Vietnam del Norte, Camboya o Sihanouk no se toma sabiendo a qué conducirá, sino basándose únicamente en las condiciones existentes en el momento en que se decide apoyar esa opción. El ascenso de los Jemeres Rojos no invalida la corrección de la decisión de apoyar a Camboya en su suministro de armas al Vietcong. Una letanía de errores se convierte en ahistórica.
Además, no sirve de nada. Cuando decidimos cuál es el mejor enfoque hoy en día, podemos acusar a Trump y Putin de imperialismo estadounidense y ruso, respectivamente, y a Xi Jinping de no respetar los derechos humanos. Pero en el mundo tal y como es, tenemos que decidir basándonos en el contexto histórico y en el principio del mal menor. La guerra en Ucrania tiene que terminar. Rusia controlará un territorio que nadie en el mundo reconocerá y esto continuará durante un futuro indefinido. Trump (y también Biden) han llevado a Estados Unidos a adoptar políticas que establecen más firmemente su dominio sobre el hemisferio occidental y se centran en contrarrestar a China a nivel mundial. Hablar del secuestro de Maduro y de las amenazas a Groenlandia como si representaran una novedad total en el comportamiento de Estados Unidos es simplemente erróneo. Antes de que Maduro fuera secuestrado, también lo fue Noriega, y con muchas más víctimas y 20.000 soldados estadounidenses atacando el país sin la autorización de ningún organismo internacional. Antes de que Groenlandia fuera amenazada, también lo fue Irak, y de nuevo con muchas más víctimas.
Lo que parece nuevo en «Contra el imperio» no lo es en absoluto. A lo largo del siglo pasado hemos tenido que lidiar con diversos imperialismos. En ocasiones, algunos recibieron apoyo porque (en opinión de la izquierda) eran mejores para el mundo o porque, a nivel nacional, representaban el mal menor entre las opciones disponibles. La situación no es diferente hoy en día. Los imperios también estuvieron presentes durante la era neoliberal. No se inventaron ayer.
1. Además, el ejemplo de Muñoz Molina no es del todo correcto desde el punto de vista técnico, ya que el gobierno de los Jemeres Rojos, tras ser derrocado por los vietnamitas, recibió el apoyo de Estados Unidos, y no de la izquierda “antiimperialista”.
Fuente: Global Inequality and More 3.0, 1 de febrero de 2026. Traducción española publicada y revisada en Letras Libres 2 de febrero de 2026

Contra el imperio
Antonio Muñoz Molina
Mientras practicamos esa costumbre de ahora que es la conversación desolada sobre las calamidades del presente —las internacionales y las domésticas, por usar el nuevo calco infeccioso del inglés— la amiga que se sienta a mi lado me dice, no sé si con ímpetu combativo o con la ironía de la resignación:
—Se ve que tenemos que volver al antimperialismo de nuestra juventud.
Esa palabra, imperialismo, que leíamos y usábamos tanto en aquellos años, se había extinguido en el vocabulario de muchos de nosotros, de esa manera enigmática en la que ciertas palabras raramente usadas se multiplican en una progresión geométrica como la de las especies de bacterias, de plantas o insectos, y en un tiempo muy breve desaparecen sin dejar rastro. De la omnipresencia se pasa a la invisibilidad. Por eso me gustan tanto esas ferias de lo que en Estados Unidos llaman ephemera, las cosas sin ningún valor que todo el mundo usa y tira sin prestarles atención, postales, cajas de cerillas, bolígrafos, entradas de teatro o de cine, residuos en los que en el momento nadie repara, aunque están en todas partes, y que precisamente por eso, al cabo de los años, se convierten en pepitas de tiempo en estado puro. Una vez, mientras escribía una novela situada en los años treinta, encontré en una de esas ferias algo que sin tener utilidad para la trama me dio la sensación que uno necesita cuando escribe sobre un pasado que no conoció. Era una especie de libreta con un bello transatlántico dibujado en la portada, que contenía el calendario de comidas del restaurante de a bordo. Yo estaba tocando algo que no habría podido saber cómo era, pero que formaría parte de la realidad material de los personajes que inventaba: un pasaje de barco.
Hasta hace nada la palabra imperialismo era una reliquia olvidada, no porque el concepto que nombra se hubiera vuelto irrelevante, sino porque yo creo que nosotros, sus antiguos usuarios, habíamos perdido la capacidad racional de usarla, aunque también porque simplemente obedecíamos al capricho de la moda, que un poco antes nos la hacía imprescindible. Habíamos leído y desmenuzado en seminarios letárgicos El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en la ardua prosa de Lenin, o de los traductores del ruso que trabajarían a destajo en la editorial Progreso de Moscú, y aunque no perteneciéramos a la rara especie antifranquista de los prochinos estábamos tontamente familiarizados con un cierto número de consignas de Mao, extraídas del Libro Rojo que los alegres guardias juveniles de la Revolución Cultural esgrimían mientras quemaban templos o manuscritos inmemoriales, colgaban a alguien por el delito de llevar gafas o humillaban a los profesores culpables de saberes burgueses haciéndoles desfilar con orejas de burro entre los estacazos y pedradas de sus estudiantes. Decía Mao: “Los imperialistas son tigres de papel”.
Imperialismo, para nosotros, era por definición el imperialismo americano. En 1968, el Partido Comunista de España, honrosamente, se había pronunciado contra la invasión soviética de Checoslovaquia, pero no llegó a calificarla de imperialista. Uno de los hechos fundadores de nuestra conciencia política fue el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno de la Unión Popular en Chile. Pero nuestro rechazo a la opresión no nos llevó a protestar contra las matanzas de Mao, el encierro de disidentes soviéticos en hospitales psiquiátricos, la tiranía devastadora de Ceaucescu en Rumania, por no hablar de la de Fidel Castro en Cuba. Creo que fue hacia 1970 cuando Mario Vargas Llosa sostuvo una polémica con uno de los grandes portavoces de la intelectualidad europea, Günter Grass, ardiente defensor entonces del régimen cubano y de las sublevaciones guerrilleras latinoamericanas, en una de las cuales los militares habían ejecutado a Ernesto Che Guevara. Lo que dijo Vargas Llosa, con toda la razón, y con el escándalo de bastantes colegas, fue que muchos intelectuales del primer mundo defendían para el tercero regímenes en los que ellos nunca aceptarían vivir.
La debilidad de nuestro antimperialismo era la ceguera parcial y voluntaria que nos aquejaba. Veíamos, con toda la razón del mundo, los crímenes de Estados Unidos en Chile, en Guatemala, en Argentina, en Uruguay, el descaro con el que armaron y patrocinaron la negra noche de las dictaduras en los años setenta. Simpatizábamos con la lucha de Vietnam del Norte, pero no con las víctimas del régimen de Ho Chi Minh, y menos aún con los survietnamitas que después de la guerra huían por millones, jugándose las vidas desesperadamente en el mar. Éramos tan contrarios al imperialismo que estábamos dispuestos a aprobar con entusiasmo a cualquier líder o cualquier movimiento que se declarase antimperialista, casi cualquier guerrilla que usara ese lenguaje y cumpliera con ciertas normas indumentarias y capilares establecidas por la revolución castrista. En julio de 1979, era lícito alegrarse sin reserva de la victoria de los sandinistas contra el tirano Somoza, pero en enero de ese año nos habíamos alegrado tanto de la caída de un “títere del imperialismo”, como era el sah de Irán que no se nos ocurrió poner reparo al ceño lúgubre de clérigo Torquemada del ayatolá Jomeini. Si el sah había impuesto autoritariamente las costumbres occidentales a su pueblo, ¿no sería un signo de liberación que las mujeres iraníes llevaran de nuevo el velo, tan propio de aquella cultura? ¿Quién iba a creer que los Jemeres Rojos, llevando ese nombre y habiendo derrotado a un golpista impuesto por los Estados Unidos, iban a cometer en Camboya uno de los dos o tres peores genocidios del mundo?
Los disidentes del este de Europa y de Rusia descubrieron con amargura en los años noventa que después del comunismo lo que venía era un capitalismo sin ley, del que se beneficiaban sobre todo los antiguos dirigentes comunistas. En China, se ha comprobado que capitalismo y comunismo, aquellos grandes enemigos de la Guerra Fría, son perfectamente compatibles, a condición de que se prescinda de la democracia. Y no parece que la democracia sea ahora una prioridad, aunque sí una molestia, para las oligarquías que en Estados Unidos controlan desde el Tribunal Supremo hasta la más vil y banal de las redes sociales. Así que no nos queda más remedio que hacernos de nuevo antimperialistas, y esta vez no contra uno, sino contra tres imperios, dotados cada uno de unas capacidades de vigilancia, control y destrucción que no habían existido nunca.
Fuente: El País 31 de enero de 2026
CONVERSACIÓN SOBRE LA HISTORIA
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