El tiempo no pasa en vano: se queda.
Se queda en las arrugas que no esconden cansancio, sino caminos recorridos.
En las manos que ya no corren, pero saben sostener la memoria.
En la mirada que ha aprendido a cerrar los ojos para ver mejor.
Cada huella es una historia vivida, una pérdida asumida, una alegría que dejó marca.
El tiempo no roba: transforma. Pule la prisa, apaga el ruido y deja lo esencial.
Lo que fue urgencia se vuelve silencio, y el silencio, sabiduría.
Aquí no hay vejez, hay profundidad.
No hay desgaste, hay verdad.
Porque al final, el tiempo no nos quita el rostro…
nos revela quiénes somos.
DdA, XXII/6259

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