Recuperamos el artículo escrito para la firmante con motivo del octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado, en el que se habla de la relación entre el poeta y el escritor José Bergamín con motivo del Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Por la carta que don Antonio dirigió a su amigo, menos de dos semanas antes de su muerte, pareciera que Machado tenía proyectos de vida a los 64 años que frustraría su fallecimiento como consecuencia de una neumonía que acabó con sus maltrechos pulmones de fumador empedernido. La ayuda que le prestó Bergamín fue póstuma, editando en 1940 en México sus Obras completas, las que le siguen dando larga vida a su voz y ejemplo.
Margarita Garbisu Buesa
El pasado 22 de febrero se cumplieron ochenta años de la muerte de Antonio Machado en la localidad francesa de Colliure. Los homenajes en torno a su obra y figura se sucedieron en forma de exposiciones, lecturas, jornadas y artículos en prensa. Los medios diarios recordaron especialmente el exilio del poeta, su huida a Francia meses antes del final de la Guerra Civil. Desde aquí quiero poner la mirada en una de las últimas cartas que escribió desde ese exilio: iba dirigida a su amigo José Bergamín.
La amistad entre ellos se había fraguado a raíz de la celebración del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado entre Valencia, Barcelona y Madrid en julio de 1937, y en el que participaron numerosos intelectuales unidos por la lucha contra el fascismo. Tiempo antes de su inauguración, Bergamín, uno de sus artífices, propuso a Machado que asumiera la presidencia literaria de la convención. Se lo pidió en un café del Paseo de Recoletos, tal y como años después recordó en el periódico ABC el también poeta Luis Rosales, testigo mudo de la velada:
Durante aquella charla —escribió—, Machado atendía a Bergamín sin pronunciarse, ni afirmaba ni negaba. Ante el primer requerimiento de Bergamín, Machado respondió sugiriendo otro nombre: el de Miguel de Unamuno. Pero Bergamín se opuso. Claro. Bergamín era muy listo, y sabía que a don Miguel no le manejaba nadie. […] De nuevo el poeta sugirió otro nombre, esta vez el de José Ortega. Tampoco le complacía.
Bergamín insistía en que el presidente del congreso «debía ser Antonio Machado, quien, finalmente, puso suavemente sobre la mesa el nombre de Juan Ramón, el poeta, que, en aquel momento, disfrutaba de mayor prestigio. Pero Bergamín y Juan Ramón se habían peleado…». Todo el mundo lo sabía, también Machado, pero probó por si había suerte; no la hubo, acabó aceptando y presidió el célebre congreso.
Año y medio después de su celebración, Barcelona caía en manos de los nacionales y Machado emprendía el camino del exilio hacia Francia. Cruzó la frontera junto a cientos de compatriotas, exiliados como él, bajo una lluvia insistente y el frío atroz de los inviernos de entonces. El 28 de enero de 1939 llegaba a la estación de la localidad de Colliure acompañado por su madre, su hermano José y su cuñada, y el periodista Corpus Barga, que nunca cejó en su apoyo al escritor. Las gentes francesas los acogieron con calidez y la familia se instaló en el hotel Bougnol-Quintana.
En los días sucesivos Machado no escribió demasiados versos, pero sí algunas cartas. Una de ellas, fechada el 9 de febrero de 1939, iba dirigida a su amigo Bergamín. Entre sus líneas Machado exponía el horror vivido en el viaje desde España y mostraba su preocupación ante un futuro incierto, sin trabajo y sin dinero; hablaba de un «éxodo lamentable», de las dificultades del «acabar el mes corriente» y, a este respecto, de su intención de buscar algo en la URSS, «donde encontraría amplia y favorable acogida».
Machado fallecía trece días después de haber escrito esta misiva. Sus maltrechos pulmones no soportaron ni la travesía desde España ni la aflicción de una nueva vida. No pudo viajar a Rusia y ni siquiera acabó el mes corriente. Bergamín tampoco pudo ayudarle, pero en 1940 publicó en México sus Obras completas, un homenaje póstumo a su memoria.
DdA, XXI/6271

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