David Torres
De todos mis recuerdos de infancia, tal vez el más
vívido e inolvidable fue el día en que le pedí a mi padre que me
dejara acompañarlo al trabajo. Yo tendría, no sé, ocho, nueve años; mi padre
treinta y tantos; me cogió de la mano, salimos del portal, rodeamos el
edificio, descendimos las escaleras hasta un pasadizo oscuro y lleno de
pintadas que era la frontera de mi niñez y allí mi padre me dijo que regresara
a casa, que él tenía que irse. "Pero papá, yo quiero ir contigo" le
dije. "Lo sé" respondió él. "Pero eso lo dices porque eres
pequeño, ya verás cuando seas mayor
como sólo querrás ir con tus amigos". "No,
papá" protesté. "Yo siempre querré estar contigo". Mi padre
sonrió, me dio un beso en la mejilla, me acarició la cabeza y cruzó la calle
rumbo al trabajo.
Esta mañana mi padre se ha ido para siempre. Se ha ido en
brazos de mi hermano, -que es fuerte como una roca-, al lado de mi madre -que
ha asistido a su muerte desde la niebla del alzhéimer-, después de una larga y
dolorosa estancia en el Ramón y Cajal de donde salió seis días atrás, el día
que cumplía noventa años, prácticamente hecho pedazos. No sé si
todo el sufrimiento espantoso que ha arrastrado durante mes
y medio habrá valido la pena sólo por el instante en que se reencontró con mi
madre: un abrazo de amor con sesenta años de edad, invulnerable a la
vejez y a la erosión del tiempo. No conozco, ni en la realidad ni en la
ficción, un amor semejante al de mis padres: más puro, más bello, más intacto.
Tampoco logro imaginar otro lugar mejor donde morir que entre los brazos de mi
hermano Dani.
Además de esa laboriosa agonía y de otros varios
achaques que hubieran acabado con cualquiera, la vida de mi padre ha sido
una hermosa y ajetreada lucha señalada desde la fecha misma de su
nacimiento: enero de 1936. Trabajó como una bestia en tantos
oficios que apenas puedo recordarlos bien: fue pastor a los siete años,
llevando y trayendo cabras por los montes de Almuñécar; panadero a los doce;
pescador en una traíña a los dieciocho; mecánico naval en un carguero a los
veintitantos; mecánico de coches a los treinta, profesión que alternó en
ocasiones haciendo horas extra, de acomodador en un cine de verano; camionero a
los treinta y tantos, hasta que, con más de medio siglo a las
espaldas, un bloqueo cardíaco a la altura de La Carolina, al volante de un
camión de tres ejes, lo apartó para siempre del mundo laboral.
Mi padre no tuvo infancia ni escuela ni juguetes: tuvo
que hacerse hombre casi de golpe, mucho antes de tiempo, a la fuerza.
Aprendió a leer y escribir cuando ya era mayor de edad, una proeza
intelectual que no valoré en toda su dimensión hasta que empecé a dar
clases en una academia a varios ancianos analfabetos que luchaban palote a
palote contra una indescifrable sopa de letras. De joven cruzó medio
mundo a lomos del mar, el Mediterráneo y el Atlántico, y luego toda la
geografía española conduciendo un tráiler, pero en ninguno de esos viajes,
plagados de bellezas y peligros, vio jamás una maravilla comparable a los ojos
de mi madre, Dolores, de quien se enamoró a primera vista y de la que sólo ha
podido separarle la muerte. En la dedicatoria de mi mejor novela, El mar
en ruinas, escribí: "A mi padre, que inventó el mar. A mi madre, que
lo sigue tejiendo".
Como tantos otros españoles que crecieron a la sombra del
franquismo, mi padre trabajó toda la vida sin pensar en otra
cosa que en mi madre, en mi hermano y en mí,
en que nunca nos faltara comida en la mesa. Y ahorró
peseta a peseta para que Dani y yo tuviéramos lo que él nunca
tuvo: una educación, una niñez, un colegio. Pocas veces lo
vi más orgulloso que el día en que entré en la universidad, una alegría superada
únicamente cuando publiqué mi primer libro y que aumentó
todavía más el día en que nació Jaime, su nieto, mi sobrino.
Habría querido que yo fuese médico, pero con lo hipocondríaco que soy, sabía
que como mucho sólo podría ser enfermo imaginario. Jamás
lamentó ni cuestionó la decisión que tomé al elegir una carrera, la
de Filología Hispánica, que a él le sonaba a chino, pero qué diablos, si
era lo que a mí me gustaba, adelante.
A familiares, amigos, vecinos, conocidos y médicos les daba
la tabarra con mis libros y mis artículos, y siempre contaba que, el día
en que yo nací, él estaba pescando gambas en la costa de Senegal, donde un
barco francés le llevó la noticia. Mi hermano me dijo que, días atrás, en el
hospital, desorientado por la medicación y el sufrimiento, llegó
a explicarle a una enfermera que yo había nacido en Senegal. La
última vez que lo vi, el lunes a mediodía, le dije cuánto lo quería y respondió
con un hilo de voz: "Ya lo sé". No supe pedirte perdón, padre, por
todas las veces que perdí los papeles contigo, porque me tratabas como a ese
niño de ocho o nueve años al que dejaste al borde de ese pasadizo
oscuro, más oscuro que nunca, porque contigo siempre me comportaba como un
niño. Más de una vez me dijiste que tenía que escribir una novela con tu vida,
pero ¿quién iba a creerse esa novela, papá? ¿Quién podría
escribir una vida tan grande, tan dura y tan hermosa como la que
viviste?
PÚBLICO DdA, XXII/6244

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