Esa felicitación de Nicolás Maduro esposado en Nueva York esconde mucho más de lo que parece, según escribe el profesor de filosofía de la Universidad de Salamanca. Venezuela, según Sarrión Andaluz, no es una victoria imperial, es una confesión de debilidad. Mucho músculo, mucha bandera y mucho ruido para ocultar una realidad simple: el control se está perdiendo. Y cuando un imperio entra en esa fase, se vuelve más agresivo, porque ya no sabe mandar de otra manera. Mientras tanto, creer que el gobierno venezolano se va debilitar por esta acción es tener los conocimientos políticos de un berberecho.
José Sarrión
El último gran troleo de Maduro al Cheeto, ese “Good night, Happy New Year”, esconde mucho más de lo que parece.
Como explica el economista Richard Wolff, los imperios no recurren a la fuerza cuando están fuertes, sino cuando empiezan a perder el control por vías económicas y políticas.
Por eso, no es descabellado pensar que la intervención de Estados Unidos en Venezuela no sea una muestra de poder, sino de debilidad.
Y ahí saltaron las alarmas. Porque Venezuela no es el problema central. El problema es el precedente. Si un país con ese volumen de recursos puede operar fuera del dólar y no hundirse, el castillo empieza a temblar. Y eso es lo que no perdonan.
Entrar a sangre y fuego a raptar a un presidente es la respuesta de un Imperio que se siente acorralado: fuerza bruta y gasto público masivo. Miles de millones en operaciones militares que acaban en el complejo militar-industrial. Subidas inmediatas en bolsa de Exxon, Chevron y compañía. Beneficios privados, costes sociales.
Pero la clave, en mi opinión, es esta: si EE. UU. tuviera el control que presume, no haría falta nada de esto. El uso de la fuerza no demuestra liderazgo; demuestra que las herramientas normales ya no funcionan. Cuando necesitas tanques y secuestros de Presidentes para sostener tu modelo económico, es que ese modelo está fallando.
Solo el tiempo dirá si la pataleta surte efecto o si les sale por el lado contrario. Si el golpe sirve para disciplinar, o si cada intervención empuja a más países hacia BRICS, hacia sistemas alternativos, hacia menos dólar y menos obediencia. Veremos si en lugar de frenar el mundo multipolar, lo aceleran. Menos aliados, menos consenso y más Estados buscando salida.
De momento, Venezuela no es una victoria imperial, es una confesión de debilidad. Mucho músculo, mucha bandera y mucho ruido para ocultar una realidad simple: el control se está perdiendo. Y cuando un imperio entra en esa fase, se vuelve más agresivo, porque ya no sabe mandar de otra manera.
Mientras tanto, creer que el gobierno venezolano se va debilitar por esta acción es tener los conocimientos políticos de un berberecho.
DdA, XXII/6219

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